Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Ardiente Trio Latino XXX El Ardiente Trio Latino XXX

El Ardiente Trio Latino XXX

6647 palabras

El Ardiente Trio Latino XXX

La noche en la playa de Cancún estaba caliente como el tequila reposado que corría por nuestras gargantas. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo, con el cuerpo pidiéndome a gritos un poco de diversión. El sol se había escondido, pero el aire seguía cargado de sal y ese olor a mar que te eriza la piel. La fiesta en el resort era de esas que reúnen a gente guapa, con música reggaetón retumbando desde los altavoces, y cuerpos morenos moviéndose al ritmo del dembow.

Allí los vi: Marco y Luis, dos chavos latinos que parecían sacados de un sueño húmedo. Marco, alto, con tatuajes que asomaban por su camisa ajustada, ojos negros como la noche y una sonrisa pícara que decía "ven pa'cá, mami". Luis, más compacto, con músculos de gimnasio y una barba recortada que te imaginabas rozando tu piel. Estaban bailando cerca de la barra, sudados, con camisetas pegadas al torso por el calor. Neta, mi cuerpo reaccionó al instante: un cosquilleo en el estómago que bajó directo a mi entrepierna.

¿Qué carajos estoy haciendo? –pensé–. Hace meses que no me suelto la melena, y estos dos... ay, wey, parecen perfectos para un desmadre.

Me acerqué con una cerveza en la mano, moviendo las caderas al ritmo de la música. "¡Órale, qué buena fiesta, carnales!", les grité por encima del ruido. Marco se giró primero, me escaneó de arriba abajo –mis shorts cortitos y el top que dejaba ver el ombligo tatuado– y soltó un "¡Qué onda, güerita! ¿Vienes a calentar la noche?". Luis se rio, acercándose tanto que sentí su aliento con sabor a ron. Charlamos un rato, coqueteando sin vergüenza. Ellos eran de la CDMX, aquí de vacaciones, solteros y con ganas de aventura. Yo les conté que andaba sola, lista para lo que pintara.

La tensión creció como la marea. Marco me rozó la mano al pasarme un shot, y Luis me susurró al oído: "Mamacita, con nosotos vas a volar". Mi piel ardía donde me tocaban, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera. No tardamos en decidirlo: "Vamos a mi suite, allá hay más privacidad", propuse, y ellos asintieron con ojos brillantes. Caminamos por la playa, la arena tibia bajo los pies descalzos, el viento trayendo el aroma de sus colonias mezclada con sudor masculino. Mi corazón latía fuerte, anticipando el trio latino XXX que se avecinaba.

En la suite, el aire acondicionado era un alivio fresco contra nuestra piel caliente. Las luces tenues pintaban sus cuerpos en tonos dorados. Me senté en la cama king size, ellos de pie frente a mí, quitándose las camisas despacio. Marco tenía un pecho liso y definido, con vello oscuro bajando hasta el ombligo; Luis, más peludo, con pectorales que pedían ser lamidos. "Ven, Ana", murmuró Marco, y yo obedecí, arrodillándome para desabrochar sus jeans.

El olor a hombre excitado me golpeó: ese almizcle terroso, mezclado con el jabón de su piel. Saqué la verga de Marco primero, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. "¡Qué chingona!", exclamé, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Luis gimió a mi lado, sacando la suya, más larga y curva. La alterné, chupando una mientras pajeaba la otra, sus manos enredándose en mi pelo, guiándome con gentileza. Qué rico se siente tener dos vergas latinas en la boca, pensé, mientras mi concha se contraía de pura necesidad.

Me levantaron como si no pesara nada, Marco besándome con lengua hambrienta –sabor a tequila y deseo–, Luis mordisqueándome el cuello, sus dientes enviando chispas por mi espina. Me quitaron la ropa entre risas y jadeos: "¡Mira ese culazo, wey!", dijo Luis, dándole una nalgada juguetona que resonó en la habitación. Mi piel erizada, pezones duros como piedras bajo sus dedos. Me tumbaron en la cama, y Marco se hundió entre mis piernas, lamiendo mi panocha con maestría. Su lengua plana y caliente trazaba círculos en mi clítoris, succionando suave, mientras yo gemía alto, arqueándome. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, y el sonido húmedo de su boca me volvía loca.

Luis se posicionó sobre mi pecho, metiéndome su verga en la boca de nuevo. El ritmo era perfecto: Marco devorándome abajo, Luis follándome la garganta arriba. Mi cuerpo temblaba, el sudor nos unía en una capa resbaladiza.

Esto es el paraíso, neta –me dije–. Dos latinos haciéndome suya, y yo mandando el jale.
Cambiamos posiciones; yo cabalgando a Marco, su verga llenándome hasta el fondo, grueso y duro, chocando contra mi punto G con cada rebote. Luis detrás, untando lubricante en mi culo –frío y resbaloso al principio, luego puro fuego–. "Despacio, carnal", le pedí, y él entró milímetro a milímetro, su grosor estirándome deliciosamente. El dolor inicial se convirtió en placer doble cuando empezaron a moverse, sincronizados, uno entrando mientras el otro salía.

¡Dios! La sensación era indescriptible: plenitud total, sus vergas rozándose a través de la delgada pared, pulsando en unisono. El cuarto olía a sexo puro –sudor, lubricante, fluidos–. Sonidos de carne contra carne, slap-slap-slap, mezclados con nuestros gruñidos: "¡Más duro, pendejos!", les exigía yo, y ellos obedecían, acelerando. Marco me pellizcaba las tetas, Luis me jalaba el pelo. Mi orgasmo subió como ola gigante: contracciones violentas, chorros de placer mojando sus bolas. Grité su nombre, el mundo blanco por segundos eternos.

No pararon. Me voltearon, ahora Luis en mi concha, Marco en mi boca. Sus embestidas feroces, piel chocando piel, el sabor de mi propia esencia en la verga de Marco. Sudor goteaba de sus frentes a mi cuerpo, salado en mi lengua. Sentía sus pulsos acelerados, sus respiraciones entrecortadas. "¡Me vengo, Ana!", rugió Luis primero, llenándome con chorros calientes que desbordaban. Marco siguió, explotando en mi boca –espeso, amargo, tragándolo todo con avidez.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el aire pesado con nuestro aroma compartido. Marco me besó la frente, Luis acarició mi espalda. "Eso fue un trio latino XXX épico, ¿verdad?", dijo Marco riendo bajito. Yo asentí, exhausta pero radiante, el cuerpo zumbando en afterglow. Nos quedamos así un rato, charlando pendejadas, bebiendo agua fría que sabía a victoria. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con promesas de repetir. Salí a la playa sola, arena fresca bajo los pies, el mar susurrando secretos. Mi piel aún guardaba sus toques, mi alma satisfecha. Neta, la vida es chida cuando te atreves.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.