Alex Lora El Tri Ardiente
El estadio retumbaba con los acordes salvajes de El Tri, esa banda que me ha hecho vibrar desde chava. El sudor del público se mezclaba con el olor a cerveza y tabaco, y yo, Lora, estaba en primera fila, gritando como poseída cada vez que Alex Lora rugía al micrófono. Su voz ronca, ese carisma de rockero eterno, me ponía la piel chinita. Llevaba una playera negra ajustada que marcaba mis curvas, shorts vaqueros que dejaban ver mis piernas bronceadas por el sol de la Ciudad de México, y el corazón latiéndome a mil por hora. Neta, nunca imaginé que esa noche cambiaría todo.
El concierto terminó con un estruendo de guitarras, y el público enloqueció. Yo aplaudía como loca, empapada en sudor, cuando de repente sentí una mano en mi hombro. Volteé y ahí estaba él: Alex Lora, con su melena revuelta, barba de tres días y una sonrisa pícara que me derritió. ¿Qué pedo, mamacita? ¿Te late el desmadre? me dijo, su voz aún más grave de cerca, oliendo a whisky y rock and roll. Balbuceé algo de que era su fan número uno desde El Tri en los noventa, y él se carcajeó, invitándome al backstage con un guiño. Ven, no muerdo... mucho.
En el camerino, el aire estaba cargado de humo y risas. Los músicos platicaban, pero Alex me llevó a un rincón, ofreciéndome una chela fría. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo sentía un calor subiéndome por el pecho hasta la cara.
Este wey es neta el mero mero, Lora. No seas pendeja, aprovéchalo, me dije mientras chocábamos botellas. Hablamos de todo: de la vida en el DF, de cómo El Tri sigue rompiendo madres después de tantos años, de mis sueños de ser fotógrafa de conciertos. Su mano rozó mi brazo al gesticular, y un escalofrío me recorrió la espina. El deseo crecía como una ola, lento pero imparable.
Salimos del estadio en su camioneta vieja, con el radio a todo volumen tocando "Triste canción de amor". El tráfico de la noche mexicana nos dio chance de platicar más. Alex confesó que andaba soltero, harto de groupies falsas, y yo le conté de mi ex, un pendejo que no sabía ni dónde estaba el clítoris. Reímos, y de pronto su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito. Sentí su palma áspera, curtida por las cuerdas de la guitarra, y mi piel se erizó. Sí, carnal, esto va pa'rriba, pensé, mordiéndome el labio.
Llegamos a su depa en Polanco, un lugar chido con posters de El Tri en las paredes y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, su boca capturando la mía en un beso hambriento. Sabía a cerveza y a algo salvaje, su lengua explorando con maestría de rockstar. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo mientras él me devoraba el cuello, mordisqueando suave. Qué rico huele, a hombre de verdad, no a colonia barata.
Me quitó la playera con urgencia, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. Estás de vuelvoneta, Lora, murmuró, lamiendo mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo arqueé la espalda, sintiendo su verga tiesa presionando contra mi panza a través de los pantalones. Le desabroché el cinturón, bajando el zipper con dedos temblorosos, y saqué su miembro grueso, palpitante. ¡Madre santa, qué pedazo de pinga! La acaricie despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba.
Me cargó como si no pesara nada y me tiró en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Se desvistió rápido, su cuerpo atlético cubierto de tatuajes de El Tri y calaveras brillando con sudor. Se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con gentileza. ¿Quieres que te coma la concha, reina? Asentí, jadeando, y su boca se hundió ahí. Su lengua era fuego, lamiendo mi clítoris en círculos perfectos, chupando mis labios hinchados. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mientras él gemía contra mi piel. Metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G, y yo exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre.
No pares, Alex, fóllame ya, cabrón, le rogué, con la voz ronca. Se puso un condón –el wey era responsable, qué chido– y se posicionó en mi entrada, frotando la punta contra mi humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, mientras él gruñía Estás bien apretadita, Lora, me vas a matar. Empezó a moverse, primero lento, profundo, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos y jadeos. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor mezclado con su colonia.
La intensidad subió. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas con fuerza, embistiéndome como animal. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada, y yo empujaba hacia atrás, pidiendo más. ¡Más duro, pinche rockero! Él aceleró, su mano bajando a frotarme el botón mientras me penetraba sin piedad. Sentía mi corazón retumbando en los oídos, el placer acumulándose como una tormenta. Grité cuando vine de nuevo, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo.
Alex se tensó, rugiendo como en un solo de guitarra, y se vació dentro del condón con espasmos violentos. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso cálido sobre mí. Me besó la frente, suave ahora, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Eres increíble, Lora. Neta, la mejor fan que he tenido, susurró, riendo bajito.
Nos quedamos así un rato, envueltos en sábanas revueltas, escuchando el tráfico lejano del DF. Hablamos de volver a vernos, de ir a otro concierto de El Tri, pero con menos ropa esta vez. Me sentía empoderada, deseada, como si hubiera conquistado al rey del rock mexicano. Cuando salí al amanecer, con su chamarra prestada oliendo a él, supe que esa noche ardiente con Alex Lora de El Tri sería mi secreto más chido, un recuerdo que me calentaría en las noches solitarias.