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Tríada Película Caliente

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Tríada Película Caliente

Era una noche de esas en la colonia Roma, con el aire fresco de la ciudad colándose por la ventana entreabierta de mi depa. Yo, Ana, estaba recargada en el hombro de Luis, mi carnal desde hace dos años, viendo Netflix en el sofá mullido. La tele escupía una película gringa de esas con tríada película que te prende el ojo de volada. Tres cuerpos enredados, sudados, gimiendo como si el mundo se acabara ahí mismo. Neta, la escena me dejó con la piel chinita y un calorcito entre las piernas que no se iba ni con el abanico del techo.

Luis me apretó la mano, su aliento caliente en mi oreja. "¿Te late esa tríada película?" murmuró, con esa voz ronca que me derrite. Yo asentí, mordiéndome el labio. "Sí, carnal, está cañón. Imagínate nosotros así, con alguien más." Él rio bajito, su mano subiendo por mi muslo, rozando el borde de mis shorts. Pero no íbamos solos esa noche. Carla, mi compa de la uni, estaba sentada al otro lado del sofá, con una chela en la mano y los ojos clavados en la pantalla. La conocía desde siempre, alta, curvas de infarto, pelo negro largo y esa sonrisa pícara que dice "yo sé lo que quiero".

La película seguía, los tres en la cama, lenguas y manos por todos lados. Olía a palomitas quemadas y al perfume de Carla, algo dulce como vainilla mezclada con su aroma natural. Mi corazón latía fuerte, ¡pendeja!, ¿por qué me pongo así? pensé, pero el deseo ya me tenía atrapada. Luis miró a Carla, luego a mí. "México lindo, ¿y si la hacemos realidad?" dijo juguetón. Carla arqueó la ceja, su mirada brillando. "Si Ana dice que sí, yo estoy en la jugada. Neta, esa tríada película me dejó mojadita."

¿En serio? ¿Yo, la Ana de siempre, metida en esto? Pero supe que sí, porque el aire se sentía cargado, como antes de la lluvia.

Acto uno cerrado. Nos miramos los tres, el silencio roto solo por el zumbido del refri en la cocina. Me levanté primero, jalando a Luis de la mano. "Vámonos al cuarto, antes de que se me pase el antojo." Carla nos siguió, su risa ligera como plumas rozando mi espalda.

En el cuarto, la luz tenue del buró pintaba sombras suaves en las paredes blancas. Cerré la puerta y el mundo afuera desapareció. Luis me besó primero, sus labios salados por la chela, lengua invadiendo mi boca con hambre. Sentí su verga dura contra mi vientre, palpitando. Carla se acercó por detrás, sus tetas presionando mi espalda, manos suaves bajando por mis brazos. "Déjame probarte, ricura," susurró, mordisqueando mi cuello. Olía a ella, a sudor fresco y deseo, un olor que me mareaba.

Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis pezones duros como piedras. Luis gimió, "¡Qué chingona estás!" y se hincó, chupando uno mientras Carla lamía el otro. El contraste de sus bocas, áspera la de él con barba de tres días, suave la de ella, me hizo arquear la espalda. Tacto eléctrico, piel contra piel, el sonido de succiones húmedas llenando el cuarto. Mis manos enredadas en sus cabellos, uno corto y revuelto, el otro sedoso cayendo como cascada.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Luis me desvistió los shorts, exponiendo mi concha ya empapada. "Estás lista para la tríada película en vivo," dijo, ojos brillantes. Carla se desnudó, su cuerpo atlético brillando bajo la luz, vello púbico recortado invitando. Yo la jalé hacia mí, besándola por primera vez. Sus labios carnosos, sabor a menta de su chicle, lengua danzando con la mía. ¡Madre mía, sabe a gloria!

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Luis se quitó la ropa, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Yo la tomé en la mano, piel caliente, pulso latiendo contra mi palma. "Chúpala conmigo," le dije a Carla. Nos arrodillamos, lenguas lamiendo de lado a lado, saliva goteando. Él jadeaba, manos en nuestras cabezas, "¡Pinches diosas!" El sabor salado de su prepucio, el gemido ronco saliendo de su garganta, todo me volvía loca.

Pero quería más. Me recosté, abriendo las piernas. "Ahora a mí." Luis se hundió en mi concha de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué rico! Carla se sentó en mi cara, su coño húmedo rozando mis labios. Lamí despacio, saboreando su jugo ácido-dulce, clítoris hinchado bajo mi lengua. Ella se mecía, tetas rebotando, uñas clavándose en mis hombros. Luis embestía rítmico, piel chocando con piel, plaf plaf plaf, sudor perlando su pecho.

Esto es mejor que cualquier tríada película, pensé, mientras el placer me subía por la espina como fuego líquido. ¿Por qué no lo hicimos antes?

Cambiábamos posiciones como en un baile chingón. Carla ahora abajo, yo lamiéndole las tetas mientras Luis la cogía por detrás. Sus gemidos se mezclaban con los míos, el cuarto olía a sexo puro: almizcle, sudor, fluidos. Toqué mi clítoris, frotando rápido, el orgasmo acercándose como tormenta. "¡No pares, carnales!" grité. Luis aceleró, su verga hinchándose dentro de Carla, quien mordía la almohada para no chillar tan fuerte.

El clímax nos golpeó en cadena. Carla primero, cuerpo temblando, "¡Me vengo, chingado!" chorro caliente mojando las sábanas. Yo seguí, olas de placer rompiéndome, visión borrosa, gusto a ella aún en mi boca. Luis se retiró, eyaculando en mi panza, semen tibio salpicando, olor fuerte a macho satisfecho. Nos quedamos jadeando, enredados, piel pegajosa y corazones tronando.

Después, el afterglow fue puro mimo. Luis nos trajo agua fresca del refri, con limón y sal, como en las cantinas. Nos recargamos los tres, Carla en medio, mi cabeza en su teta, mano de Luis acariciando mi nalga. "Esa tríada película fue el detonador perfecto," dijo ella, riendo suave. Yo asentí, besando su hombro. "Neta, carnales, esto se repite. Me siento poderosa, como reina."

Luis me miró con ojos tiernos. "Tú mandas, mi amor. Somos equipo." El cuarto se enfriaba, brisa nocturna trayendo ecos de la ciudad: cláxones lejanos, perros ladrando. Pero aquí, en nuestra burbuja, todo era paz y promesas. ¿Quién dice que las tríadas son solo de película? pensé, mientras el sueño nos envolvía, cuerpos aún latiendo bajito.

Al amanecer, café negro humeante en la cocina, nos vestimos con sonrisas pendejas. Carla se despidió con un beso en la boca para cada uno. "Gracias por la noche de mi vida." Y se fue, meneando las caderas. Luis y yo nos abrazamos en la puerta, sabiendo que nuestra relación acababa de subir de nivel. Más fuerte, más abierta, más viva.

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