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La Princesa de la Tríada Desatada

7104 palabras

La Princesa de la Tríada Desatada

El sol de la Riviera Maya caía a plomo sobre la villa privada, tiñendo de oro las olas que lamían la playa de arena blanca. Yo, Ana, la princesa de la tríada, me sentía como una diosa pagana en medio de tanto paraíso. Javier y Marco, mis dos amores, mis guerreros, preparaban la cena en la terraza con ese aire de complicidad que me volvía loca. Javier, con su piel morena y músculos tallados por horas en el gym, volteaba las carnes en la parrilla, el humo subiendo con aroma a achiote y chile que me hacía salivar. Marco, más delgado pero con esa mirada penetrante, picaba cebollas y cilantro, riendo con esa carcajada ronca que me erizaba la piel.

¿Cómo carajos llegué aquí? me preguntaba mientras me ponía el bikini rojo que apenas cubría mis curvas. Todo empezó hace un año en una fiesta en Polanco, cuando Javier me besó y Marco se unió sin pedir permiso. No hubo celos, solo fuego. Desde entonces, éramos la tríada, inseparables, compartiendo cama, risas y placeres que ningún tabú podía tocar. Hoy era nuestro aniversario, y el aire ya vibraba con promesas.

Salí a la terraza descalza, el piso de mármol caliente bajo mis pies. "¡Órale, miren qué mamacita!" gritó Javier, dejando la pinza para acercarse. Sus manos grandes me tomaron la cintura, su aliento a tequila rozando mi cuello. Marco se unió por detrás, sus labios besando mi hombro. "Estás para comerte viva, princesa", murmuró, y sentí su dureza presionando contra mis nalgas. El corazón me latió fuerte, un pulso que bajaba directo a mi entrepierna.

Comimos bajo las estrellas que empezaban a asomarse, el sonido de las olas como un tambor lejano. El vino tinto mexicano nos soltó la lengua. Hablamos de todo: de lo chido que era nuestra vida, de viajes a Tulum, de cómo la princesa de la tríada los tenía a sus pies. Javier me contaba anécdotas de su rancho en Jalisco, Marco de sus raíces oaxaqueñas, y yo reía, sintiendo el calor subir por mi pecho. Sus pies jugaban con los míos bajo la mesa, roces inocentes que prometían más.

No aguanto más, weyes. Quiero sentirlos ya.
Esa noche, la tensión era palpable, como el aire antes de la tormenta. Terminamos de cenar y nos fuimos a la piscina infinita, iluminada por luces azules que bailaban en el agua. Me quité el bikini con lentitud, dejando que me vieran. Mis pechos se liberaron, los pezones endureciéndose al roce del viento salado. Javier gimió, quitándose la camisa. Marco ya estaba en calzones, su verga marcada contra la tela.

Me metí al agua primero, el frescor contrastando con mi piel ardiente. Nadé hacia ellos, mis brazos cortando el agua con splashes suaves. Javier me atrapó, su boca devorando la mía. Sabía a carne asada y deseo. Su lengua exploraba, profunda, mientras sus manos amasaban mis senos. Marco se pegó a mi espalda, besando mi nuca, sus dedos bajando por mi vientre hasta mi monte de Venus. "Estás mojada, princesa", susurró, y metió un dedo en mi calor, haciéndome jadear.

El agua nos mecía, salpicando nuestros cuerpos entrelazados. Salimos a la orilla, tumbándonos en las loungers mullidas. Javier se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente sobre mi clítoris. "Déjame probarte, mi reina". Su lengua lamió despacio, saboreando mis jugos salados como el mar. Gemí alto, el sonido perdido en la brisa. Marco besaba mi boca, sus manos pellizcando mis pezones, tirando suave hasta que dolía rico.

Esto es el cielo, neta. Dos hombres que me adoran, que saben exactamente cómo volverme loca. La intensidad crecía. Javier chupaba mi botón con hambre, dos dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. Marco se quitó los calzones, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso bajo la piel. "Qué rica verga tienes, cabrón", le dije, y él rio, empujando en mi puño.

Cambiaron posiciones con fluidez, como si fueran uno solo. Marco ahora lamía mi coño, su barba raspando mis muslos internos, enviando chispas de placer. Javier se puso de rodillas sobre mi pecho, su pija rozando mis labios. La abrí, tragándola hasta la garganta. Sabía a él, a sal y hombre. Lo chupé con ganas, la saliva goteando, mientras Marco me follaba con la lengua. Mis caderas se movían solas, buscando más.

La noche avanzaba, el sudor mezclándose con el agua de la piscina que aún nos perlaba. Me levanté, temblando de anticipación. "Fóllenme ya, pendejos. Quiero sentirlos dentro". Javier me cargó como pluma, llevándome a la cama king size en la suite abierta al mar. Marco preparó lubricante, pero no lo necesitábamos; yo estaba empapada, lista para ellos.

Me puse a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Javier se colocó atrás, su verga gruesa abriéndose paso en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, qué chingón!" grité, el placer quemando. Marco se arrodilló frente a mí, ofreciendo su miembro. Lo mamé mientras Javier me embestía, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust.

El ritmo se aceleró. Javier me agarraba las caderas, clavándome profundo, el sonido de piel contra piel como un tambor primitivo. Marco follaba mi boca, suave pero firme, sus gemidos roncos llenando el aire. Olía a sexo, a sudor y arena, a nosotros tres fundidos. Sentía sus pulsos sincronizándose con el mío, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Soy la princesa, su reina, y esta tríada es eterna.
Cambiamos otra vez. Me tumbé de espaldas, Javier levantando mis piernas sobre sus hombros. Me penetró así, profundo hasta el alma, mientras Marco se acomodaba a mi lado, su verga en mi mano. Besaba mi cuello, mordisqueando, susurrando guarradas al oído: "Te vamos a llenar, princesa. Vas a correrte como nunca".

El clímax llegó en avalancha. Primero yo, explotando alrededor de Javier, mis paredes apretándolo, jugos salpicando. Grité su nombre, el de Marco, arqueándome como poseída. Javier se corrió segundos después, su leche caliente inundándome, gimiendo mi nombre. Marco se apartó, eyaculando en mis tetas, chorros calientes que lamí con deleite.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, el ventilador ceiling girando perezoso sobre nosotros. El mar susurraba afuera, testigo de nuestro éxtasis. Javier me besó la frente, Marco mi mano. "Eres nuestra princesa para siempre", dijo Javier, su voz ronca de satisfacción.

Yacimos así, respiraciones calmándose, pieles pegajosas enfriándose. La princesa de la tríada había encontrado su trono en sus brazos. Mañana habría más: desayunos con chilaquiles, paseos en yate, pero esta noche era nuestra. El deseo no se acababa; solo se recargaba, listo para la siguiente ola.

En la quietud, con sus cuerpos flanqueándome, supe que esto era real, puro, nuestro. Nada de dramas, solo amor multiplicado por tres. Cerré los ojos, sonriendo, el sabor de ellos aún en mi lengua.

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