Otro Intento de Fuego
Tú entras a la recámara con el corazón latiéndote como tambor en fiesta de pueblo. La luz del atardecer se cuela por las cortinas de lino, pintando todo de un naranja cálido que huele a jazmín del jardín de abajo. Órale, carnal, piensas, este es nuestro otro intento y no la voy a cagar. Hace dos noches fue un desastre: él apurado, tú nerviosa, terminaron riéndose en vez de gemir. Pero hoy, con esa mirada suya que te derrite como chocolate en comal, sientes que el aire se espesa con promesas.
Él está ahí, recargado en la cabecera de la cama king size, sin camisa, el pecho moreno brillando con un leve sudor del calor mexiquense. "Ven, mi reina", te dice con esa voz ronca que parece ron con canela. Te acercas despacio, tus sandalias de tiras crujiendo en el piso de loseta. El olor de su loción, esa de sándalo que compraste en el tianguis de Coyoacán, te envuelve como un abrazo. Tus dedos rozan su brazo, piel caliente contra piel tibia, y un escalofrío te sube por la espina.
Se miran un rato, sin palabras. Tú sientas la tensión en el estómago, esa mariposa que revolotea recordándote el fracaso anterior.
¿Y si otra vez no fluye? ¿Y si soy yo la que no prende?Pero él te jala suave, sus labios encuentran los tuyos en un beso lento, explorador. Sabe a menta del chicle que masticaba y a algo más profundo, a deseo contenido. Tus lenguas bailan, perezosas al principio, luego con hambre. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llena la habitación, mezclado con el claxon lejano de un vocho en la calle.
Acto primero: la chispa. Tus manos recorren su espalda, músculos firmes bajo tus palmas, como acariciar tronco de ahuehuete. Él desabrocha tu blusa de algodón bordado, botón por botón, dejando que el aire fresco bese tu piel expuesta. Tus pechos se liberan, pezones endureciéndose al roce de su aliento. "Qué chingones están", murmura, y tú ríes bajito, el pudor mezclándose con el fuego que ya te quema entre las piernas.
Te tumba en la cama con cuidado, el colchón hundiéndose suave bajo tu peso. Sus besos bajan por tu cuello, mordisqueando la clavícula, dejando rastros húmedos que se secan al instante con el calor de tu cuerpo. Hueles tu propio aroma, mezcla de perfume de vainilla y el almizcle naciente de tu excitación. Él lame tu ombligo, lengua juguetona, y tú arqueas la espalda, gimiendo suave: "Ay, wey, no pares".
El medio tiempo llega con la ropa volando. Tus jeans se deslizan por tus caderas, él besando cada centímetro de muslo que descubre. El roce de la tela contra tu piel sensible te hace jadear. Ahora desnudos, piel con piel, sientes su verga dura presionando tu vientre, caliente como hierro al rojo. Este otro intento va en serio, piensas mientras tus uñas se clavan en sus nalgas, guiándolo más cerca.
Pero hay lucha interna. Tú dudas:
La última vez me dolió un poco, ¿y si no estoy lo suficientemente mojada?Él lo nota, se detiene, ojos clavados en los tuyos. "¿Todo bien, amor? Dime si quieres parar". Su respeto te enciende más. "Sigue, pendejo, pero despacio", respondes juguetona, y él sonríe, ese hoyuelo que te enamora.
Escalada: sus dedos exploran tu concha, resbalosos ya de tus jugos. Deslizan lentos, círculos en el clítoris que te hacen ver estrellas. El sonido es obsceno, chasquidos húmedos en el silencio de la recámara. Hueles el sexo en el aire, ese olor terroso y dulce que embriaga. Tus caderas se mueven solas, buscando más fricción, mientras él chupa tus tetas, dientes rozando pezones hinchados. Qué rico, neta, esto es lo que necesitaba.
Él se posiciona, la punta de su verga rozando tu entrada. Entras despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándote hasta el fondo. Gimes fuerte, el placer punzante como chile fresco. Se queda quieto un segundo, dejando que te acostumbres, sus pulsos latiendo dentro de ti. Luego, el ritmo: embestidas lentas, profundas, piel chocando con piel en palmadas rítmicas. Sudor perla en su frente, gotea en tu pecho, salado al lamerlo.
Intensidad sube. Tú lo montas ahora, rodillas hincadas en la sábana revuelta. Tus tetas rebotan con cada vaivén, sus manos amasándolas. El clítoris roza su pubis, chispas de placer acumulándose. "Más rápido, carnal", jadeas, y él obedece, caderas subiendo para encontrarse contigo. El cuarto huele a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados. Sonidos: gemidos tuyos agudos, gruñidos suyos graves, cama crujiendo como vieja guitarra.
El clímax se acerca como tormenta de verano. Tus músculos se aprietan, visión borrosa. Otro intento perfecto, joder. Él te voltea a cuatro patas, entra de nuevo, mano en tu clítoris frotando furioso. El orgasmo te parte en dos: olas de éxtasis desde el centro, gritando su nombre, cuerpo temblando. Él sigue, embistes salvajes, hasta que se corre dentro, caliente chorros llenándote, rugido gutural escapando su garganta.
Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas. El afterglow es paz: respiraciones calmándose, dedos trazando patrones perezosos en pieles enrojecidas. Hueles el jazmín mezclado con el olor post-sexo, embriagador. Él te besa la sien: "Fue chido, ¿verdad? Mejor que el otro intento". Tú ríes, acurrucándote: "Mucho mejor, mi rey. Y habrá más".
Reflexión final: yaces ahí, cuerpo saciado, mente clara.
Los otros intentos fallidos valieron la pena por este. La vida es de probar hasta que prende el fuego. Afuera, la ciudad bulle, pero aquí, en este nido de pasión, todo es perfecto. Otro intento, pero el definitivo.