Exitos del Tri en Nuestra Piel
El estadio aún retumbaba en mis oídos cuando salí del bar en la colonia Roma, con el corazón latiéndome a mil por hora. México acababa de golear a su rival en la eliminatoria, y los éxitos del Tri eran el himno de la noche. La gente gritaba en las calles, las luces de los autos parpadeaban al ritmo de las bocinas, y el aire olía a chelas frías y elotes asados. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho pirulos que no se pierde un partido, choqué mi vaso con el de un wey alto y moreno que estaba a mi lado en la barra. Javier, se llamaba. Sus ojos cafés brillaban como si el gol de la victoria hubiera sido suyo.
Qué chingón este cuate, pensé mientras reía de su chiste sobre el portero pendejo del otro equipo. Su camiseta del Tri pegada al pecho por el sudor, marcando cada músculo. Olía a hombre de cancha: tierra, cerveza y algo salvaje que me erizaba la piel. Hablamos de los éxitos del Tri, de ese penalazo que nos mandó a semis, y de cómo la afición ardía como volcán. "Neta, hoy hay que celebrar como se debe", me dijo con esa sonrisa pícara, y su mano rozó la mía al pasarme la chela. Un toque eléctrico, como un foul que te deja temblando.
La tensión crecía con cada trago. Sus rodillas se pegaban a las mías bajo la mesa, y yo sentía el calor subir por mis muslos.
"¿Y si seguimos la fiesta en mi depa? Tengo una playlist de éxitos del Tri que te va a volar la cabeza",soltó él, y yo asentí sin pensarlo dos veces. Afuera, el viento fresco de la noche mexicana nos envolvió, pero el fuego adentro no se apagaba. Caminamos pegaditos, riendo, con sus dedos entrelazados en los míos. El deseo era como el minuto noventa: puro suspense.
En su departamento en la Condesa, todo era perfecto. Luces tenues, posters de la selección en las paredes y un stereo viejo que escupía los primeros acordes de la playlist. Éxitos del Tri: "Cielito Lindo" versionada con mariachi rockero, "México en la Piel" que nos hacía vibrar. Javier me sirvió un trago de tequila reposado, el aroma fuerte y terroso llenando el aire. Su boca se ve tan suave, me dije mientras lo veía tragar, la nuez de Adán subiendo y bajando. Se acercó, bailando al ritmo, sus caderas moviéndose como en un regate. Sus manos en mi cintura, tirando de mí. Bailamos pegados, mi espalda contra su pecho duro. Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, y un jadeo se me escapó.
La canción cambió a un ritmo más intenso, y Javier me volteó, besándome con hambre. Sus labios gruesos sabían a tequila y sal, su lengua explorando la mía como si marcara territorio. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca. Esto es mejor que cualquier gol. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. Olía a su colonia mezclada con el mío, un perfume de deseo crudo. Sus manos grandes amasaron mis tetas por encima del bra, los pezones endureciéndose como piedritas. "Estás rica, nena", murmuró contra mi piel, y yo reí, jalándolo hacia el sillón.
Nos tumbamos, la música de los éxitos del Tri latiendo como nuestro pulso. Le desabroché el cinturón, sintiendo el bulto palpitante. Qué vergota, pensé, mientras la liberaba. Gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gruñó, arqueando la espalda. Yo me quité el short, quedando en tanga, mis chichis libres. Él se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento caliente en mi monte de Venus, el olor de mi excitación flotando.
"Te quiero probar, Ana. Neta, hueles a gloria."
La tensión era insoportable. Sus dedos corrieron mi tanga, exponiendo mi concha húmeda y hinchada. Lamidas largas, desde el clítoris hasta el ano, chupando mis labios como si fueran elotes jugosos. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el sonido de su succión mezclándose con la guitarra de la rola. No pares, cabrón. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El jugo chorreaba por mis muslos, el slap slap de sus dedos acelerando. Yo lo jalé del pelo, rogando por más.
Pero quería montarlo. Lo empujé al sillón, subiéndome a horcajadas. La playlist seguía, éxitos del Tri narrando nuestra propia victoria. Tomé su verga, frotándola contra mi entrada resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba. ¡Ay, wey! Tan adentro. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El roce era fuego, cada embestida mandando chispas por mi espina. Sudábamos como en un partido de verano, piel contra piel resbalosa, el olor almizclado de sexo puro.
Él se incorporó, chupándome los pezones mientras yo rebotaba más rápido.
"¡Más duro, Javier! ¡Dame todo!"gritó él, y volteamos. Ahora él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome profundo. El sillón crujía, la música tronando. Sentía su verga golpear mi cervix, mis paredes contrayéndose. El clímax se acercaba como el pitazo final. Voy a explotar. Él aceleró, gruñendo como bestia, sus bolas golpeando mi culo. "¡Me vengo, Ana! ¡Juntos!" Y explotamos. Mi concha se apretó como prensa, chorros de placer sacudiéndome, él llenándome de leche caliente, pulsando adentro.
Caímos jadeantes, la playlist bajando a un volumen suave. Éxitos del Tri ahora como arrullo. Su semen goteaba de mí, mezclado con mi miel, el olor pegajoso y delicioso. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Esto fue épico, como un título mundial. Besó mi frente, riendo bajito. "La mejor celebración, ¿verdad?" Asentí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Afuera, la ciudad seguía festejando, pero nuestro triunfo era solo nuestro, grabado en la piel.