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El Trio de Reinas Desatadas

7278 palabras

El Trio de Reinas Desatadas

En la terraza de mi penthouse en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces al atardecer, me encontraba yo, Karla, rodeada de mis dos mejores amigas. Lupe y Mari, las otras dos reinas de nuestro trio de reinas. Siempre nos habíamos llamado así, desde la uni, cuando éramos las chavas que mandaban en las fiestas, las que hacían que los pendejos babearan con solo una mirada. Pero esa noche, algo en el aire olía diferente. El viento traía el aroma salado de la lluvia lejana mezclándose con el tequila reposado que serví en vasos de cristal tallado.

Neta, ¿por qué mi corazón late tan cabrón? pensé mientras observaba a Lupe recostada en la tumbona, su piel morena reluciendo bajo la luz ámbar de las velas. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como si fuera hecho a mano por un dios cachondo. Mari, con su melena negra suelta y esos ojos verdes que hipnotizan, se acercó con una sonrisa pícara, rozando mi brazo con sus dedos fríos del hielo del trago.

—Órale, Karla, ¿qué traes? Te ves como si hubieras visto un fantasma... o algo más chido —dijo Mari, su voz ronca como el humo de un puro cubano.

Me reí, pero el roce de su piel mandó una corriente eléctrica directo a mi entrepierna. Habíamos coqueteado antes, bromas subidas de tono en las borracheras, pero nunca cruzamos la línea. Éramos reinas, independientes, con carreras que nos ponían en la cima: yo en moda, Lupe en finanzas, Mari en arte. Pero esa noche, con el calor pegajoso del verano mexa envolviéndonos, sentí que la tensión que siempre flotaba entre nosotras estaba a punto de estallar.

Nos sentamos en el sofá de cuero blanco, piernas entrelazadas sin pudor. El tequila bajaba suave, quemando la garganta y soltando las lenguas. Hablamos de exnovios pendejos, de cómo los hombres no sabían ni dónde tocar para hacernos volar. Lupe se inclinó hacia mí, su aliento dulce con toques de limón y chile.

—Imagínense si nosotras tres... —susurró, y sus ojos se clavaron en mis labios.

Mi pulso se aceleró.

¿Esto va en serio? ¿El trio de reinas por fin va a reinar de verdad?
El sonido de la ciudad abajo, cláxones lejanos y risas nocturnas, se mezclaba con el latido en mis oídos. Extendí la mano y tracé la curva de su muslo, sintiendo el calor irradiar a través de la tela. Mari no se quedó atrás; se pegó a mi espalda, sus tetas firmes presionando contra mí, y besó mi cuello con labios húmedos.

El primer beso fue como un trueno. Lupe capturó mi boca, su lengua danzando con la mía, saboreando a tequila y deseo puro. Olía a su perfume de jazmín y sudor fresco. Mari mordisqueaba mi oreja, sus manos deslizándose bajo mi blusa, pellizcando mis pezones que ya estaban duros como piedras. Gemí contra la boca de Lupe, el mundo reduciéndose a esa terraza infinita.

Nos levantamos como en un trance, quitándonos la ropa con urgencia juguetona. Mi vestido cayó al piso con un susurro suave, dejando mi cuerpo expuesto al aire cálido. Lupe era una diosa: tetas grandes y redondas, cintura de avispa, culo que pedía ser apretado. Mari, más delgada pero con caderas anchas, piel oliva que brillaba. Nos miramos desnudas, riendo nerviosas pero empoderadas. Somos las reinas, carajo. Nadie nos manda.

Entramos a mi recámara, la cama king size con sábanas de satén negro esperándonos como un altar. El aroma de las velas de vainilla se mezclaba con el almizcle de nuestra excitación. Lupe me empujó suavemente sobre el colchón, su peso cálido encima de mí. Sus caderas se frotaron contra las mías, clítoris rozando clítoris en un ritmo lento que me hacía jadear. Sentía su humedad contra mi piel, resbaladiza y caliente.

—Qué rica estás, Karla... tan mojada ya —ronroneó Lupe, bajando a lamer mis tetas. Su lengua era fuego líquido, chupando un pezón mientras sus dedos exploraban mi panocha, abriéndose paso entre los labios hinchados. El sonido de mis jugos al ser penetrada por sus dedos era obsceno, chapoteante, y me volvía loca.

Mari se unió desde el lado, besando a Lupe con pasión mientras sus manos masajeaban mi vientre. Esto es el paraíso, neta, pensé, mientras Mari bajaba su cabeza entre mis piernas. Su aliento caliente me erizó la piel, y cuando su lengua tocó mi clítoris, vi estrellas. Lamía despacio, círculos perfectos, saboreándome como si fuera el mejor pozole del mundo. Lupe se sentó en mi cara, su chocha depilada rozando mis labios. Olía a sexo puro, salado y dulce. La lamí con hambre, metiendo la lengua profundo, sintiendo sus paredes contraerse.

El ritmo se aceleró. Gemidos llenaban la habitación: “¡Ay, sí, carnala!” gritaba Lupe, montándome la cara mientras sus jugos me empapaban la boca. Mari succionaba mi botón con fuerza, dos dedos dentro de mí curvándose justo en el punto que me hacía arquear la espalda. Sudábamos, pieles resbalosas chocando, tetas rebotando. El olor era intenso: sudor, panocha mojada, perfume mezclado.

Cambié de posición, queriendo darles lo mismo. Puse a Mari de rodillas, su culo perfecto alzado. Lupe y yo nos turnamos lamiéndola: yo su clítoris, Lupe su ano rosado, lengua danzando en círculos. Mari temblaba, gritando “¡No paren, reinas cabronas!”. Sus muslos vibraban contra mi cara, sabor a miel y sal. Luego, saqué mi juguete favorito del cajón: un doble dildo de silicona suave, negro como la noche. Lo unté con lubricante que olía a fresa.

—Ahora sí, el trio de reinas va a gozar en grande —dije, voz ronca.

Me coloqué en el centro. Lupe se penetró primero, gimiendo al sentirlo entrar, sus ojos rodando de placer. Empujé mis caderas, el otro extremo hundiéndose en mí como un rayo de éxtasis. Mari se unió, frotando su panocha contra la unión de nosotras, lubricándonos más. El slap-slap de pieles era música, mezclado con nuestros alaridos. Sentía cada vena del dildo dentro, rozando mis paredes, mientras Lupe rebotaba, tetas saltando hipnóticas.

La tensión crecía como una tormenta. No aguanto más, pensé, mientras mis músculos se contraían. Mari se corrió primero, chorro caliente salpicando nuestras piernas, gritando “¡Me vengo, putas!”. Lupe la siguió, su chocha apretando el dildo tan fuerte que me arrastró al borde. Explosé en oleadas, visión borrosa, cuerpo convulsionando, jugos chorreando. El orgasmo duró eterno, pulsos en cada nervio, olor a clímax impregnando todo.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Lupe acariciaba mi pelo, Mari trazaba círculos en mi espalda. El skyline parpadeaba afuera, testigo mudo de nuestro reinado.

—Esto fue épico, reinas. ¿Repetimos? —preguntó Mari con una sonrisa satisfecha.

Reí bajito, el cuerpo pesado de placer.

El trio de reinas nunca había reinado tan chido. Y esto apenas empieza.
Nos acurrucamos, piel contra piel, el calor residual latiendo. Afuera, México dormía, pero nosotras, las reinas, acabábamos de despertar.

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