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El Trio Pasional con Mi Compadre

7392 palabras

El Trio Pasional con Mi Compadre

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba perfecta, con el mar susurrando contra la arena y el aire cargado de sal y brisa cálida. Yo, Carlos, había invitado a mi compadre Juan a pasar el fin de semana en nuestra casita rentada, esa con vista al océano y hamacas en el porche. Mi esposa Lupe, con su risa contagiosa y esas curvas que me volvían loco desde el día uno, estaba radiante en su bikini rojo que apenas contenía sus tetas firmes. Juan, mi carnal de toda la vida, el que me había salvado el culo en mil pedos, llegó con una caja de chelas Indias frías y su sonrisa pícara.

¿Qué pedo si Lupe lo mira con esos ojos de fuego? pensé mientras abríamos las cervezas. Nos sentamos en las sillas de playa, el sonido de las olas rompiendo como un ritmo hipnótico. Lupe se recargó en mi hombro, su piel tibia oliendo a coco del bloqueador, pero sus ojos no se despegaban de Juan. Él, moreno y musculoso de tanto jalar en la construcción, contaba anécdotas de nuestras locuras de juventud, riendo con esa voz grave que hacía vibrar el aire.

—Órale, compadre, ¿te acuerdas cuando nos clavamos en ese antro en Guadalajara? —dijo Juan, guiñándome el ojo.

—Cómo no, cabrón. Tú ligando con la mesera y yo pagando las rondas —respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago al ver cómo Lupe se mordía el labio.

La tensión empezó sutil, como el calor que sube antes de la tormenta. Lupe se levantó a poner música ranchera moderna en el Bluetooth, moviendo las caderas al ritmo de Christian Nodal. Juan y yo la miramos, hipnotizados por el vaivén de su culo redondo. Ella nos jaló a bailar, primero conmigo, su cuerpo pegándose al mío, sus pezones endurecidos rozando mi pecho a través de la tela fina. Olía a deseo, a sudor dulce mezclado con sal marina.

—Ven, compadre, no te quedes viendo —dijo ella, extendiendo la mano a Juan.

Él se acercó, y de pronto éramos tres en un baile improvisado, cuerpos rozándose accidentalmente al principio. Su mano en la cintura de Lupe, la mía en su espalda, y ella en medio, jadeando leve por el calor. Sentí mi verga endurecerse contra los shorts, el pulso acelerado latiendo en mis sienes.

Entramos a la casa, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. La sala olía a velas de vainilla que Lupe había encendido. Nos servimos tequilas reposados, el líquido ámbar quemando la garganta como fuego líquido. Lupe se sentó entre nosotros en el sofá grande, su muslo presionando el mío, el de Juan al otro lado. Sus dedos jugaban con el borde de su bikini, bajándolo un poco, dejando ver el nacimiento de sus tetas bronceadas.

Esto está cañón, carnal. ¿Y si le entramos al trio con mi compadre? Nunca lo había pensado, pero joder, me prende verla así.

—Lupe, estás preciosa esta noche —murmuró Juan, su voz ronca, rozando su brazo con los nudillos.

Ella giró la cara, besándolo suave en los labios. Yo observé, el corazón retumbando como tambor. No celos, sino una excitación salvaje, como si el mundo se redujera a esa escena. Lupe se volvió a mí, besándome con lengua hambrienta, saboreando a tequila y a Juan en su boca. Sus manos bajaron a mi entrepierna, masajeando mi verga hinchada.

—Quiero a los dos, mis amores —susurró ella, los ojos brillantes—. ¿Se atreven?

—Claro que sí, morra —respondí, jalándola a mi regazo mientras Juan le quitaba el top del bikini.

Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros y duros como piedras. Juan las lamió primero, succionando con hambre, el sonido húmedo llenando la habitación. Lupe gimió, arqueando la espalda, su concha frotándose contra mi dureza. Olía a ella, a humedad almizclada que me volvía loco. La bajé al sofá, quitándole el bottom, exponiendo su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos.

Yo me arrodillé, inhalando su aroma dulce y salado, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su néctar. Ella gritó, agarrando mi pelo. Juan se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre, pre-semen goteando. Lupe la tomó en la mano, masturbándolo lento, la piel suave deslizándose sobre el tronco rígido.

—Chúpamela, Lupe —pidió Juan, y ella lo hizo, engulléndola hasta la garganta, gorgoteando saliva.

Yo metí dos dedos en su chocha, curvándolos contra su punto G, sintiendo las contracciones. El aire estaba espeso de gemidos, sudor y sexo. Nos movimos a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Lupe se puso a cuatro patas, ofreciéndose. Yo me posicioné atrás, frotando mi pinga contra su raja húmeda antes de clavarla de un empujón. Estaba tan apretada, caliente, envolviéndome como terciopelo mojado.

—¡Ay, sí, Carlos! ¡Más duro! —gritó ella.

Juan se arrodilló frente a ella, metiéndosela en la boca. Éramos un engranaje perfecto, embistiéndola desde ambos lados. Sus tetas se mecían al ritmo, piel chocando contra piel con palmadas resonantes. Sudor corría por mi espalda, el olor de nuestros cuerpos mezclándose en éxtasis.

Cambié posiciones, recostándome. Lupe se montó en mí, cabalgándome con furia, su concha tragándome entero, jugos chorreando por mis bolas. Juan se pegó a su espalda, lubricando su ano con saliva y sus dedos. Ella asintió, ansiosa.

—Doble penetración, compadres —jadeó.

Juan empujó lento en su culo, centímetro a centímetro, hasta que estuvimos ambos dentro, separados por una delgada pared. Lupe aulló de placer, el cuerpo temblando. Nos movíamos coordinados, yo abajo follándola la panocha, él arriba reventándole el culo. Sentía su verga rozar la mía a través de su carne, una fricción prohibida que me llevaba al borde.

Esto es el paraíso, un trio con mi compadre que nunca olvidaré. Su verga gruesa estirándola, mis embestidas profundas, ella en medio explotando.

Los gemidos subían de tono, el colchón chirriando, la brisa marina colándose por la ventana abierta trayendo olor a yodo. Lupe se corrió primero, su chocha convulsionando, ordeñándome, chorros calientes empapando mis huevos. Gritaba mi nombre y el de Juan, uñas clavadas en mi pecho.

—¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!

Juan gruñó, sacándola y eyaculando en su espalda, chorros blancos gruesos salpicando su piel canela. Yo la volteé, poniéndola boca arriba, y me desahogué dentro de su concha, semen caliente llenándola hasta rebosar. Colapsamos los tres, entrelazados, pechos agitados, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

El afterglow fue dulce. Lupe entre nosotros, besándonos alternadamente, lenguas perezosas saboreando el resto de sal y semen. Juan me dio una palmada en el hombro, riendo bajito.

—Gracias, compadre. Esto fue chingón.

—Lo mismo digo, carnal. Lupe es una diosa —respondí, acariciando su vientre suave.

Nos quedamos así, escuchando el mar, el corazón latiendo en un ritmo compartido. No hubo arrepentimientos, solo una conexión más profunda, un secreto ardiente que fortalecía nuestra amistad. Lupe suspiró satisfecha, su mano en mi verga flácida y la de Juan en su teta.

El trio con mi compadre no rompió nada; lo hizo eterno. Mañana repetimos, ¿verdad?

La luna se colaba por las cortinas, bañándonos en plata, mientras el sueño nos vencía en un abrazo colectivo, oliendo a sexo y promesas de más noches así.

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