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Triada Epidemiologica de la Diabetes Pasional

7537 palabras

Triada Epidemiologica de la Diabetes Pasional

Estaba en mi consulta privada en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto, y el olor a café recién molido flotando desde la sala de espera. Yo, el doc Javier, especialista en endocrinología, acababa de terminar una plática informal con Ana y Sofía, dos chavas que no solo eran mis colegas en el mundo de la diabetes, sino que me traían loco con sus curvas y sus miradas pícaras. Ana, la enfermera jefa, con su piel morena brillando bajo la luz fluorescente, tetas firmes que se marcaban en su bata blanca ajustada, y un culo que pedía a gritos ser apretado. Sofía, la nutrióloga, güerita de ojos verdes, labios carnosos que imaginaba chupando mi verga, y unas piernas largas que cruzaba despacio mientras hablábamos.

Habíamos empezado charlando de la triada epidemiológica de la diabetes: el agente, el huésped y el ambiente. "Mira, carnales", les dije, recargándome en mi escritorio de caoba, oliendo su perfume mezclado con el desinfectante, "el agente es ese pinche desbalance de insulina, el huésped es el cuerpo vulnerable, y el ambiente son todos esos tacos al pastor y refrescos que nos matan de gusto". Ana se rió, su risa ronca como un gemido ahogado, y rozó mi brazo con sus dedos calientes. "¿Y si el ambiente se pone caliente?", soltó Sofía, lamiéndose los labios, y sentí mi pija endurecerse de golpe bajo el pantalón.

El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, subiendo por mi pecho. Las vi a las dos, sentadas frente a mí, sus blusas entreabiertas dejando ver el encaje de sus sostenes. Ana olía a vainilla y sudor fresco, Sofía a flores silvestres y algo más dulce, como miel. "Imagínense", seguí, con la voz ronca, "si el huésped resiste al agente en un ambiente controlado... se puede volver adictivo". Mis palabras eran excusa, pero el aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

¿Qué chingados estoy haciendo? Son mis colegas, pero estas nenas me tienen con el huevos revueltos. Si no las toco ahora, me voy a volver loco.

Ana se levantó primero, caminando despacio hacia mí, sus caderas balanceándose como en un baile de reggaetón. "Doc, explícame más de esa triada... con demostración", murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a menta. La jalé hacia mí, sentándola en mis piernas, sintiendo su culo redondo presionando mi erección dura como piedra. Sofía no se quedó atrás; se paró y nos rodeó, sus manos bajando por mi pecho, desabotonando mi camisa. "Yo soy el agente", dijo Sofía juguetona, "dulce y pegajosa como la glucosa alta".

La besé primero a Ana, sus labios suaves y jugosos, lengua danzando con la mía, saboreando su saliva dulce. Sus manos me arañaban la espalda, enviando chispas por mi piel. Sofía se unió, lamiendo mi cuello, su lengua húmeda trazando círculos, mientras sus tetas se apretaban contra mi hombro. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la consulta, mezclado con el tic-tac del reloj y el zumbido del ventilador. Desabroché la bata de Ana, revelando su piel suave, pezones oscuros endurecidos como caramelos. Los chupé, succionando fuerte, oyendo su gemido: "¡Ay, Javier, qué rico, cabrón!".

Sofía se quitó la blusa, quedando en bra de encaje negro, y se arrodilló entre mis piernas. Desabrochó mi cinturón con dientes, sacando mi verga palpitante, venosa y lista. "Mira qué agente tan potente", rio, lamiendo la punta, su lengua caliente y húmeda haciendo que mi pulso se acelerara. El sabor salado de mi pre-semen en su boca, el calor de su garganta cuando me tragó hasta el fondo. Ana se bajó de mis piernas, quitándose la falda, mostrando su tanga empapada. Se sentó en el escritorio, abriendo las piernas: su coño depilado brillaba de jugos, olor almizclado y dulce invadiendo el aire.

Me puse de pie, empujando a Sofía suavemente para que se levantara. La triada se armaba perfecta: yo el ambiente controlador, Ana el huésped receptivo, Sofía el agente infeccioso de placer. La besé a Sofía mientras metía dos dedos en Ana, sintiendo sus paredes calientes apretándome, chorreando. "Estás bien mojada, nena", le dije, y ella jadeó: "Es tu culpa, pendejo, con esa verga gruesa". Sofía se recargó en la pared, masturbándose despacio, sus dedos hundiéndose en su chochito rosado, gemidos suaves como música.

El calor subía, sudor perlando nuestras pieles, el olor a sexo crudo mezclándose con el perfume. Cambiamos posiciones: Ana en cuatro sobre el escritorio, culo en pompa, invitándome. La penetré de un golpe, mi verga abriéndose paso en su calor apretado, sintiendo cada vena rozando sus paredes. "¡Sí, doc, así, fóllame duro!", gritó, sus tetas balanceándose. Sofía se acostó debajo de ella, lamiendo su clítoris mientras yo embestía, mi huevos chocando contra su piel con palmadas húmedas. Lamí los pezones de Sofía, mordiéndolos suave, oyendo sus quejidos placerosos.

Esto es la triada perfecta: agente de lujuria, huésped ansioso, ambiente de puro vicio. No hay cura, solo más dosis.

La intensidad crecía, mis caderas chocando rítmicamente, el escritorio crujiendo bajo nosotros. Ana se corrió primero, su coño contrayéndose como un puño alrededor de mi pija, chorros calientes mojando mis muslos, gritando "¡Me vengo, chingado!". Sofía la siguió, frotando su clítoris contra la lengua de Ana, que ahora la lamía mutuamente en un 69 improvisado. Yo resistía, sintiendo el orgasmo bullir en mis bolas, pero quería alargar el placer.

Cambié: saqué mi verga chorreante de Ana y la metí en Sofía, que estaba de rodillas ahora, arqueando la espalda. Su coño era más estrecho, succionándome como boca hambrienta, jugos escurriendo por sus piernas. Ana se masturbaba viéndonos, dedos volando sobre su clítoris hinchado. "Ahora la triada completa", gruñí, embistiendo fuerte, el sonido de carne contra carne resonando. Sofía se volteó, montándome en el sillón de cuero, que crujía con cada salto. Sus tetas rebotaban en mi cara, las chupé, mordí, mientras Ana se sentaba en mi rostro, su culo abriéndose para mi lengua, saboreando su ano dulce y su coño empapado.

El clímax llegó como avalancha: Sofía apretándome con sus contracciones, corriéndose con un aullido, "¡Javier, mi amor, lléname!". Ana se frotaba contra mi boca, explotando en otro orgasmo, sus jugos inundándome la cara. No aguanté más; mi verga palpitó, eyaculando chorros calientes dentro de Sofía, llenándola hasta rebosar, semen blanco escurriendo por sus muslos. Gemí ronco, el placer cegador, pulsos en cada músculo.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a sexo intenso, semen, sudor y perfume mezclado. Ana besó mi pecho, Sofía mi boca, lenguas perezosas. "Esa triada epidemiológica de la diabetes se volvió contagiosa", bromeó Sofía, riendo suave. Acaricié sus espaldas, sintiendo la piel tibia, el latido de sus corazones contra el mío.

Esto no es solo un polvo; es conexión, como si hubiéramos curado algo profundo. Mañana repetimos la clase, pero sin batas.

Nos vestimos despacio, robándonos besos, promesas susurradas. Salimos de la consulta con piernas flojas, el DF nocturno esperándonos con sus luces neón. La triada nos unía ahora, un secreto dulce y adictivo, listo para más epidemias de placer.

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