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Trios Seco que Queman la Piel

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Trios Seco que Queman la Piel

La brisa del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminábamos por la playa privada de la villa que rentamos para el fin de semana. Yo, Ana, con mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas, iba tomada de la mano de mi novio Marco. Él, alto, moreno, con ese tatuaje en el pecho que me volvía loca cada vez que lo veía sudar. Habíamos hablado de fantasías antes, neta, en la cama después de unos tequilas, y él siempre sacaba el tema de un trío. Pero nunca lo habíamos hecho. Hasta esa noche.

En la fogata que armamos con nuestro amigo Luis, que se unió a la vacación porque es bien carnal nuestro de la uni, el ambiente se puso pesado. Luis era guapo, con ojos verdes y cuerpo de gym, el tipo de wey que hace que las morras volteemos dos veces. Bebíamos mezcal, reíamos de pendejadas, y el humo del fuego mezclaba su aroma ahumado con el salitre del mar. Sentí la mano de Marco subiendo por mi muslo, juguetona, y miré a Luis que no quitaba los ojos de mis tetas.

¿Y si lo hacemos? Solo un poco de roce, nada de penetración. Un trío seco, como en esas historias que leemos en secreto, pensé, mientras mi chichi se ponía duro bajo el bikini.

Wey, ¿qué tal si jugamos a algo más caliente? —dijo Marco, con esa voz ronca que me derrite—. Un trío seco, pa' probar. Todo con consentimiento, ¿va?

Luis sonrió, pícaro. —Órale, carnal. Si Ana está de acuerdo, yo entro al quite.

Mi corazón latía como tambor en fiesta. Asentí, mordiéndome el labio. —Sí, cabrones. Pero seco, ¿eh? Solo roce, besos, lo que pinte.

Nos movimos a la terraza de la villa, con vista al mar negro y estrellado. La luna iluminaba todo como reflector natural. Me quité el bikini de un jalón, sintiendo el aire fresco en mis pezones erectos. Marco y Luis se desvistieron rápido, sus vergas ya semi-duras balanceándose. El olor a hombre, a sudor limpio y loción de coco, me invadió las fosas nasales.

Empecé con Marco, besándolo profundo, lengua contra lengua, mientras Luis se acercaba por detrás. Sus manos grandes me rozaron la cintura, bajando a mis nalgas, amasándolas suave. Qué rico, pensé, el calor de sus palmas contrastando con la brisa marina. Marco me chupó un pezón, tirando leve, y un gemido se me escapó, vibrando en mi garganta.

Nos recostamos en las colchonetas de la terraza, yo en medio. Marco a mi derecha, Luis a la izquierda. Sus cuerpos calientes flanqueándome como guardianes. Sentí las vergas de ellos presionando mis muslos, duras como piedra, pero sin entrar. Solo roce. Marco deslizó su mano entre mis piernas, dedos juguetones en mi clítoris hinchado, ya mojado de anticipación. El sonido de mi humedad era leve, chap chap, mezclado con nuestras respiraciones agitadas.

Esto es lo que quería: sentirme deseada por dos, sin prisa, solo piel contra piel.

Luis besaba mi cuello, mordisqueando la oreja, su aliento caliente oliendo a mezcal dulce. —Eres una ricura, Ana —murmuró, y su verga se frotó contra mi cadera, dejando un rastro de pre-semen tibio. Yo la tomé con la mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas pulsantes bajo mi palma. Marco hacía lo mismo con la mía, su boca devorando mi otra teta, succionando hasta que dolió rico.

El ritmo empezó a subir. Me puse a cuatro patas, invitándolos. Marco se arrodilló adelante, su verga rozando mis labios. La lamí, saboreando el salado de su piel, el sabor almizclado que me hacía agua la boca. Luis detrás, su glande frotando mi entrada sin entrar, solo deslizándose por mis labios vaginales, lubricados por mi propia excitación. Cada pasada era fuego, un cosquilleo eléctrico que subía por mi espina.

¡Ay, wey, qué chido! —gemí, mientras Marco empujaba su verga en mi boca, no profundo, solo lo suficiente para llenarme. Luis aceleró el roce, sus bolas golpeando mis nalgas con plaf plaf suave, el sudor goteando de su pecho a mi espalda. Olía a sexo puro, a deseo crudo, mezclado con el jazmín del jardín cercano.

Cambié de posición, montándome en Marco. Su verga dura entre mis piernas, frotándola contra mi clítoris como si fuera una espada caliente. Subía y bajaba, mis jugos lubricando todo, haciendo que el desliz fuera resbaloso, delicioso. Luis se paró frente a mí, y yo lo tomé en la boca mientras me frotaba contra Marco. Sus gemidos se mezclaban: el grave de Marco, el agudo de Luis. Mis tetas rebotaban, pezones rozando el pecho velludo de Marco, enviando chispas a mi cerebro.

La tensión crecía como ola en tormenta. Sentía mis músculos internos contrayéndose, rogando por más, pero nos manteníamos en el límite. Trío seco, me recordaba, y eso lo hacía más intenso. Marco me apretó las nalgas, guiando mi movimiento, su respiración entrecortada contra mi cuello. —Te sientes cabrona, Ana. No pares.

Luis se masturbaba viéndonos, su mano volando en su verga, luego se unió, frotándola contra mi espalda mientras yo cabalgaba. Tres cuerpos en sinfonía, piel sudada pegándose y despegándose con sonidos húmedos. El olor era embriagador: sudor salado, excitación femenina dulce, vergas musgosas. Mi clítoris palpitaba, hinchado, cada roce como lengua de fuego.

Estoy al borde, pinche placer que me parte en dos. Dos hombres para mí, solo para mí esta noche.

Marco me volteó boca arriba, abriendo mis piernas. Él y Luis se turnaron frotando sus vergas contra mi sexo, una tras otra, glande contra clítoris, bolas contra mi ano sin presionar. Yo me tocaba las tetas, pellizcando pezones, gimiendo alto, el mar de fondo rugiendo como eco de mi voz. —Más rápido, cabrones, ya vengo —supliqué.

Ellos obedecieron, frotándose con furia controlada. Marco besaba mi boca, Luis mi cuello. El clímax me golpeó como tsunami: contracciones violentas en mi vientre, jugos salpicando sus vergas, un grito ahogado que salió de lo más hondo. Mi visión se nubló, estrellas bailando con las del cielo. Sentí sus eyaculaciones casi al unísono: Marco gruñendo, su semen caliente salpicando mi vientre y tetas, espeso y blanco bajo la luna. Luis sobre mi pecho, chorros calientes que olían a sal y hombre, resbalando por mi piel.

Jadeábamos los tres, cuerpos entrelazados en un montón sudoroso. El afterglow era puro éxtasis: pulsos calmándose, pieles sensibles rozándose suaves. Marco me besó la frente, Luis mi mano. —Qué chingón estuvo ese trío seco, dijo Marco, riendo bajito.

Me incorporé, sintiendo el semen secándose en mi piel, pegajoso y satisfactorio. Nos limpiamos con toallas, riendo de lo intenso que fue. El mar susurraba paz, la fogata crepitaba a lo lejos. En mi mente, el recuerdo de sus roces, sus olores, sus gemidos, se grababa eterno.

Repetimos cuando quieran, dijo Luis, guiñando.

Yo sonreí, abrazándolos. —Claro, pinches pervertidos. Pero la próxima, con más mezcal.

Nos quedamos ahí, bajo las estrellas, en esa villa de ensueño, sabiendo que habíamos cruzado un umbral delicioso. El trío seco no solo quemó mi piel, sino que encendió algo nuevo en nosotros tres.

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