El Tri Fue Como Un Sueño De Placer
Era una noche de esas que se viven con el alma en la garganta, aquí en el depa chido de la Condesa, con la tele prendida a todo lo que daba transmitiendo el partido de El Tri contra los gringos. Yo, Ana, sentada en el sillón de piel suave, con las piernas cruzadas sobre las de Marco, mi carnal desde hace dos años. Él, con su camiseta verde ajustada que marcaba cada músculo de su pecho moreno, no le quitaba los ojos a la pantalla. Olía a su colonia fresca mezclada con el sudor ligero de la emoción, ese aroma que siempre me ponía la piel chinita.
Órale, qué rico se ve cuando se emociona así, pensé, mientras mordía mi labio inferior. Afuera, la ciudad bullía con cláxones lejanos y gritos de la gente en las calles, pero adentro solo estábamos nosotros, la cerveza fría en mi mano y el calor que empezaba a subir entre mis muslos. El estadio en la tele rugía, el balón volaba como un cohete, y cada jugada me hacía apretar más las piernas. Marco volteó a verme, con esa sonrisa pícara que dice te quiero comer sin palabras.
—Neta, Ana, si meten gol, te juro que te parto en dos —me dijo, guiñando el ojo mientras pasaba su mano por mi muslo desnudo, bajo la falda corta que me había puesto a propósito.
Reí bajito, sintiendo el roce áspero de su palma callosa contra mi piel suave. —Pos aver, cabrón, a ver si puedes —le contesté, arqueando la ceja. El deseo ya picaba, como esa comezón que no te deja en paz. El Tri corría en la cancha, sudando, luchando, y yo imaginaba sus cuerpos chocando igual que los nuestros pronto lo harían.
El primer tiempo se acababa, y de repente, ¡pum! Chicharito la clavó de cabeza. El depa explotó en gritos. Marco saltó del sillón, me levantó en brazos como si no pesara nada, y me plantó un beso que sabía a chela y a victoria. Sus labios duros, la lengua invadiendo mi boca con hambre, el sabor salado de su piel cuando le mordí el cuello. —¡Eso, mi rey! —grité yo, riendo, mientras él me apretaba el culo con fuerza, amasándolo como masa.
Pero no paramos ahí. El medio tiempo llegó con nosotros enredados en el piso, alfombra mullida bajo mi espalda. Sus manos subieron por mi blusa, quitándosela de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. Las chupó con ganas, el sonido húmedo de su boca succionando mis pezones duros, enviando chispas directo a mi centro. Olía a su excitación, ese musk varonil que me mareaba, y yo ya estaba mojadísima, la tanguita pegada como segunda piel.
Esto apenas empieza, y ya siento que voy a explotar. El Tri nos está prendiendo la mecha
Marco se recargó en un codo, mirándome con ojos negros brillantes. —Quítate eso, mamasita, déjame verte toda —ordenó, voz ronca. Obedecí, deslizando la falda y la tanga, abriéndome de piernas para él. El aire rozó mi panocha depiladita, sensible, hinchada de ganas. Él se quitó la playera, mostrando ese torso torneado de tanto gym, y bajó la cabeza. Su aliento caliente primero, luego la lengua plana lamiendo mi clítoris despacio, saboreándome como si fuera el mejor gol del mundo.
—¡Ay, wey, qué rico! —gemí, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después, dulce y salado. Afuera, la ciudad parecía contener la respiración con nosotros, esperando el segundo tiempo. Pero Marco no paraba, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el sonido chapoteante de mi humedad llenando el cuarto. Mi pulso latía en las sienes, en el cuello, entre las piernas. Esto es puro fuego, puro México en vena.
El partido reanudó, y nosotros con él. Él se paró, se bajó el pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. —Ven, métemela ya —le rogué, pero él negó con la cabeza, juguetón.
—No mames, Ana, vamos a esperar el golazo. Hazme la mamada que tanto te sale.
Me arrodillé en la alfombra, el olor de su sexo invadiéndome, terroso y adictivo. La chupé despacio al principio, lengua rodeando la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, mano en mi nuca, empujando suave. El televisor gritaba con el narrador: ¡Va Chucky Lozano! Y yo succionaba más fuerte, garganta profunda, lágrimas de esfuerzo en los ojos pero puro placer en el alma. Sus caderas se movían, follando mi boca con ritmo, el sonido obsceno de saliva y piel.
Entonces, el gol. ¡Golazo de penal! El Tri empataba, no, ¡remontaba! Marco rugió como león, me levantó de un jalón y me tiró al sillón boca abajo. —Ahora sí, culona —dijo, escupiendo en su mano para lubricar. Su verga presionó mi entrada, resbalosa, y entró de una, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, el roce de sus bolas contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento primero, cada embestida un trueno en mi vientre.
Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, el sudor chorreando por mi espalda, goteando en la piel de él. Olía a sexo puro, a esfuerzo, a pasión mexicana. —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —gritaba, y él obedecía, pellizcando mis pezones, mordiendo mi hombro. El partido iba de ida y vuelta, igual que nosotros: él salía casi todo, volvía con fuerza, rozando mi punto G hasta que vi estrellas.
El Tri corría en la pantalla, y yo corría al orgasmo. Esto es vida, carajo
La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su respiración agitada en mi oreja. —Me vengo, Ana, neta me vengo —jadeó. Yo ya estaba ahí, el calor subiendo desde las entrañas, explotando en olas que me hacían temblar entera. Grité su nombre, el cuarto dando vueltas, el sabor de mi sudor en los labios mordidos. Él se hundió profundo, soltando chorros calientes dentro de mí, gruñendo como bestia.
Nos quedamos pegados, jadeando, el Tri ganando 3-2 en la tele, silbato final. El estadio enloquecía, y nosotros con él. Marco se salió despacio, su semen escurriendo por mis muslos, cálido y pegajoso. Me volteó, besándome suave ahora, lengua perezosa. —El Tri fue como un sueño, murmuró contra mi boca, y yo asentí, riendo bajito.
—Sí, mi amor, pero este sueño fue mejor. Tú y yo, sudados, jodidos y felices.
Nos acurrucamos en el sillón, piel contra piel, el ventilador secando nuestro sudor. Afuera, fuegos artificiales estallaban por la victoria, luces verdes tiñendo la noche. Mi mano en su pecho, sintiendo su corazón aún acelerado, el olor a nosotros impregnado en todo. Esto no se acaba aquí, pensé, mientras él me acariciaba el pelo. Mañana sería otro día, pero esta noche, con El Tri coronando y nuestro clímax eterno, todo era perfecto. Puro placer mexicano, de esos que te dejan el cuerpo contento y el alma llena.