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El Trío Ardiente de Aida Cortés

6756 palabras

El Trío Ardiente de Aida Cortés

La noche en el roof top de la Condesa estaba en su mero mole. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas chuecas a tus pies, y el aire traía ese olor a tacos de la calle mezclado con perfume caro. Tú, con tu chela en la mano, observabas el desmadre cuando la viste: Aida Cortés, la morra que volvía locos a todos. Alta, con curvas que gritaban pecado, piel morena como el chocolate de Oaxaca y unos ojos negros que te clavaban hasta el alma. Vestía un vestido rojo ajustado que dejaba poco a la imaginación, moviéndose al ritmo del reggaetón que retumbaba en los parlantes.

Se acercó con una sonrisa pícara, su amiga Sofia pegada a ella como sombra. Sofia era rubia, flaca pero con tetas que desafiaban la gravedad, y una risa que sonaba a promesas sucias. ¿Qué pedo, guapo? te dijo Aida, su voz ronca rozando tu oreja como una caricia. Olía a vainilla y algo más, algo que te ponía la piel chinita. Charlaron de pendejadas: el pinche tráfico, el calor que ahogaba, pero sus miradas decían otra cosa. Te rozó el brazo con sus uñas pintadas de negro, y sentiste el calor de su cuerpo filtrándose por tu camisa.

Neta, esta morra me va a matar, pensaste, mientras tu verga empezaba a despertar como si tuviera vida propia.

De repente, Aida te jaló del brazo. Ven con nosotras, carnal. Vamos a mi depa a echarnos un mezcal y... lo que salga. Sofia guiñó el ojo, y tú, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano, asentiste. El trío de Aida Cortés era legendario entre los cuates, un rumor que corría como pólvora en las fiestas: la forma en que compartía placer sin tabúes, dejando a los hombres rogando por más.

En el Uber rumbo a su penthouse en Polanco, el ambiente se cargó de electricidad. Aida se sentó en medio, su muslo apretado contra el tuyo, caliente y suave bajo la falda corta. Sofia le besaba el cuello, riendo bajito. Tú sentías el roce de sus dedos en tu rodilla, subiendo despacio, explorando. El olor a su excitación empezaba a mezclarse con el cuero de los asientos y el humo de la ciudad que entraba por la ventanilla. ¿Estás listo para esto, wey? murmuró Aida, su aliento caliente en tu cuello. Asentiste, la boca seca, imaginando lo que vendría.

El depa era un sueño: ventanales del piso al techo con vista al skyline, luces tenues, una cama king size en el cuarto principal que parecía gritar folla aquí. Sacaron el mezcal artesanal, ese de espinas que quema la garganta como fuego. Brindaron, riendo, pero la tensión crecía. Aida puso música suave, cumbia rebajada, y empezó a bailar pegada a ti. Sus caderas se mecían contra tu entrepierna, y sentiste su culo firme presionando, duro como promesa.

Sofia se unió, besando tu boca mientras Aida te mordía el lóbulo de la oreja. Sabrosa, pensaste, probando los labios carnosos de Sofia, dulces como tamarindo. Sus lenguas se enredaron en un beso a tres, húmedo y salvaje, con saliva que goteaba y gemidos que llenaban el aire. Te quitaron la camisa, sus uñas arañando tu pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Olías su perfume mezclado con sudor fresco, ese aroma almizclado que te ponía la cabeza loca.

Esto es real, pendejo. Dos morras como diosas queriendo comerte vivo.

Aida te empujó al sofá de terciopelo, arrodillándose entre tus piernas. Desabrochó tu jeans con dientes, liberando tu verga tiesa que saltó como resorte. Mira qué chula, dijo Sofia, lamiéndose los labios. Aida la tomó en su boca primero, chupando despacio, su lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el precum salado. El sonido era obsceno: succiones húmedas, pop cuando salía, gemidos ahogados. Tú agarras su cabello negro, suave como seda, guiándola mientras Sofia te besaba el pecho, mordiendo tus pezones hasta que dolían de placer.

Cambiaron. Sofia se la tragó entera, garganta profunda que te hacía ver estrellas, mientras Aida se quitaba el vestido, revelando lencería negra que apenas contenía sus tetas grandes y redondas. Se trepó a ti, restregando su coño mojado contra tu cara a través del encaje. Olía a miel y deseo puro, ese olor que te hace babear. La lamiste por encima de la tela, sintiendo su clítoris hinchado pulsar. ¡Ay, cabrón, qué rico! gritó ella, empapándote la boca con sus jugos.

La tensión subía como volcán. Las llevaste a la cama, sus cuerpos desnudos brillando bajo la luz de la luna que entraba por el vidrio. Piel contra piel: Aida suave y curvilínea, Sofia firme y atlética. Las besaste por turnos, mamando tetas, lamiendo vientres, hasta llegar a sus coños depilados y relucientes. Aida se abrió de piernas, invitándote. La penetraste despacio, sintiendo sus paredes calientes apretarte como guante. Más duro, wey, jadeó, clavando uñas en tu espalda. Sofia se sentó en su cara, y Aida la comió con avidez, lengua hundiéndose mientras tú bombardeabas.

Los sonidos llenaban la habitación: carne chocando, plaf plaf, gemidos roncos, el crujir de las sábanas de algodón egipcio. Sudor goteaba, salado en tu lengua cuando lamías el cuello de Sofia. Cambiaron posiciones: tú de rodillas, Aida montándote reversa, su culo rebotando contra tus huevos, mientras Sofia te chupaba los huevos y lamía donde te unías. ¡Neta, esto es el paraíso! gritaste, el placer acumulándose en tu espina como rayo.

No aguanto más, pero quiero que duren eternas estas morras.

Aida se corrió primero, temblando entera, su coño contrayéndose en espasmos que te ordeñaban. ¡Sí, sí, pendejo, dámelo! Sofia la siguió, frotando su clítoris contra tu muslo, chorros calientes mojando las sábanas. Tú explotaste dentro de Aida, chorros calientes llenándola, el orgasmo sacudiéndote como terremoto, visión borrosa, pulso atronador en oídos.

Se derrumbaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Aida te besó suave, Gracias, carnal. El mejor trío de Aida Cortés hasta ahora. Sofia acurrucada al otro lado, trazando círculos en tu pecho con el dedo. El aire olía a sexo crudo, mezcal y paz. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero adentro, el mundo era perfecto.

Se quedaron así horas, hablando pendejadas, riendo de lo intenso. Aida te sirvió agua fresca con limón, refrescante en la garganta reseca. Vuelve cuando quieras, dijo con guiño. Tú sabías que lo harías. Esa noche cambió algo en ti: el sabor del Aida Cortés trío se te grabó en la piel, un recuerdo que te pondría duro solo de pensarlo.

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