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Se Me Hizo Fácil El Trío

6276 palabras

Se Me Hizo Fácil El Trío

Era una noche de esas que no se olvidan en la Ciudad de México, con el aire cargado de jazmín del jardín de la casa de mi carnala en Polanco. Yo, Karla, acababa de cumplir veintiocho y me sentía en la cresta de la ola. Mi novio Marco, un morro alto y atlético con ojos que te derriten como chocolate caliente, me había sorprendido con una cena romántica. Pero lo que no esperaba era que su mejor amigo, Luis, el güey más guapo y simpático del barrio, se uniera a la fiesta. ¿Qué pedo? pensé al principio, pero la química entre los tres chispeaba como tequila con limón.

Estábamos en la terraza, con luces tenues que bailaban sobre la piscina infinita que se perdía en las luces de la ciudad. Marco me besó el cuello, su aliento cálido oliendo a mezcal ahumado, mientras Luis nos observaba con una sonrisa pícara. "¿Y si la hacemos más interesante, carnal?" soltó Marco, su mano deslizándose por mi muslo bajo el vestido corto rojo que me ceñía como segunda piel. Sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi espina, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

¿De veras voy a hacer esto? Neta, se me hizo fácil el trío desde el primer vistazo. Sus miradas me decían que todo iba a fluir como agua de coco en la playa.

Luis se acercó, su colonia fresca mezclándose con el aroma masculino de su piel sudada por el calor de la noche. Me tomó la mano y la besó, sus labios suaves y firmes al mismo tiempo. Qué rico, murmuré para mis adentros. Marco rio bajito, ese sonido ronco que me pone la piel de gallina, y me quitó el vestido de un tirón juguetón. Quedé en tanga y bra negro de encaje, expuesta bajo las estrellas, pero me sentía poderosa, como reina azteca.

El comienzo fue puro fuego lento. Marco me cargó hasta el sofá de mimbre, sus músculos tensos rozando mis pechos. Luis se unió, besándome la boca mientras Marco lamía mi ombligo, su lengua trazando círculos que me hicieron arquear la espalda. Olía a deseo crudo, a sudor fresco y perfume caro. Escuchaba sus respiraciones agitadas, sincronizadas con la mía, como un ritmo de cumbia prohibida. "Eres una diosa, Karla", susurró Luis, mordisqueando mi oreja. Su voz grave vibró en mi pecho, enviando ondas de placer directo al centro de mi ser.

En el medio de la noche, la tensión subió como el volcán Popocatépetl. Me arrodillé entre ellos, mis rodillas hundiéndose en las almohadas suaves. Marco y Luis se desabrocharon los pantalones, revelando sus vergas duras y palpitantes, venosas y listas. El olor almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales, embriagador como pulque fermentado. Tomé a Marco en mi boca primero, saboreando su piel salada, el pre-semen dulce en mi lengua. Luis gemía bajito, acariciando mi cabello negro largo mientras yo alternaba, chupando una y masturbando la otra con manos expertas.

Puta madre, qué chido se siente tenerlos así, rendidos a mí, pensé, el poder corriendo por mis venas como adrenalina. Marco me levantó y me sentó en su regazo, su verga entrando en mí de un solo empujón húmedo y profundo. Grité de placer, el estiramiento delicioso llenándome por completo. Luis se posicionó detrás, untando lubricante frío en mi culo, sus dedos explorando con ternura. "¿Estás lista, reina?" preguntó, y asentí, jadeando. Entró despacio, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro cuando los dos me llenaron al mismo tiempo.

El vaivén fue una sinfonía de cuerpos chocando. Piel contra piel, slap-slap-slap resonando en la terraza, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudor goteando por sus pechos definidos, salado en mis labios cuando los besaba. Marco embestía desde abajo, golpeando mi clítoris con su pubis, mientras Luis me tomaba por detrás, sus bolas rozando las de Marco en un roce prohibido que los hacía gruñir como lobos. Olía a sexo intenso, a jugos mezclados y esencia femenina. Mis pezones duros rozaban el pecho velludo de Marco, enviando chispas a mi cerebro nublado por el placer.

Se me hizo fácil el trío, neta. Fluye natural, como si hubiéramos nacido para esto. Sus manos en todas partes, explorando, apretando, adorando.

La intensidad creció con cada embestida. Cambiamos posiciones como en un baile experto: yo a cuatro patas, Luis en mi boca y Marco en mi coño empapado. Luego, de lado, con Luis en mi culo y Marco lamiendo mi clítoris hinchado. Sentía cada pulso, cada vena latiendo dentro de mí, el calor acumulado a punto de estallar. "¡Ven, Karla, córrete con nosotros!" rugió Marco, su voz quebrada. El orgasmo me golpeó como tsunami en Acapulco, olas y olas de contracciones que ordeñaban sus vergas. Grité su nombre, el de Luis, mordiendo la almohada para no despertar a los vecinos. Ellos explotaron segundos después: Marco llenándome el coño de semen caliente, espeso y abundante, Luis eyaculando en mi culo con espasmos que me hicieron temblar de nuevo.

En el final, colapsamos en un enredo de piernas y brazos sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire nocturno fresco secaba nuestra piel pegajosa, oliendo a jazmín mezclado con nuestro clímax. Marco me besó la frente, su barba incipiente raspando suave. "Eres increíble, amor", murmuró. Luis acarició mi espalda, trazando círculos perezosos. Qué paz, carnales, pensé, un afterglow que me envolvía como manta de lana en invierno.

Nos quedamos así, charlando bajito sobre tonterías, riendo de lo fácil que había sido todo. Se me hizo fácil el trío, como si el universo lo hubiera planeado. Marco y Luis se miraron con complicidad, prometiendo más noches así. Yo, Karla, me sentía completa, empoderada, con el cuerpo zumbando de satisfacción. La ciudad brillaba abajo, testigo muda de nuestra pasión. Y mientras el sol empezaba a asomarse, supe que esto era solo el principio de aventuras calientes.

Al día siguiente, el recuerdo persistía en cada músculo adolorido pero placentero. Caminaba con una sonrisa secreta, oliendo aún su esencia en mi piel. Órale, vida, qué rico trío. Y neta, se me hizo fácil.

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