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El Tri en Bellas Artes Pasión Desnuda

5933 palabras

El Tri en Bellas Artes Pasión Desnuda

Entré al Palacio de Bellas Artes con el corazón latiéndome a todo lo que daba, el aire cargado de ese olor a historia y emoción que solo México sabe dar. Era la noche de El Tri, el concierto que todos los weyes rockeros esperábamos como si fuera el fin del mundo. Las luces del techo brillaban como estrellas caídas, y el murmullo de la gente se mezclaba con el eco de las guitarras afinándose. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, poderosa, con el sudor ya empezando a perlar mi piel por el calor de la multitud.

Me acomodé en mi asiento cerca del escenario, el pulso acelerado no solo por Alex Lora y su voz ronca que prometía romper todo. Ahí estaba él, un tipo alto, moreno, con esa camiseta de El Tri pegada al pecho musculoso por el sudor. Nuestras miradas se cruzaron cuando sonó el primer riff de "Triste canción de amor". Sus ojos, negros como la noche mexicana, me clavaron en el sitio.

¿Quién es este pendejo que me mira así? Neta, me está poniendo caliente sin tocarme.
Sonreí, juguetona, y él se acercó durante el intermedio, con una cerveza en la mano.

Órale, güerita, ¿vienes sola a ver a El Tri en Bellas Artes? —me dijo con esa voz grave que vibraba hasta mis entrañas.

—Simón, wey, pero ahora ya no —respondí, rozando su brazo con los dedos. Su piel estaba caliente, áspera por el roce de la tela, y olía a hombre, a cerveza y a rock puro.

La música explotó de nuevo, y nos pegamos bailando en el pasillo. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, enviaban chispas por mi espina. El bajo retumbaba en mi pecho, sincronizándose con mi corazón desbocado. Sudábamos juntos, cuerpos rozándose en la penumbra, el aroma de su cuello mezclándose con el humo de los reflectores. Cada acorde de El Tri avivaba el fuego; yo sentía su aliento en mi oreja, caliente, prometiendo más.

Al final del concierto, cuando Alex gritó "¡Viva México, cabrones!", la adrenalina nos tenía locos. Salimos tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con nuestro calor. Caminamos por la Alameda, las luces de la ciudad parpadeando como testigos.

Quiero probarlo, neta, su boca debe saber a victoria.

—Vamos a mi depa, está cerca —susurró, su mano bajando por mi espalda hasta mi nalga, apretando justo lo necesario para que un gemido se me escapara.

—Llévame, carnal —le dije, mordiéndome el labio.

En su coche, un cacharro viejo pero con buen stereo, pusimos otra vez a El Tri. Sus dedos jugaban en mi muslo mientras manejaba, subiendo despacio, rozando el borde de mi tanga. El roce era eléctrico, mi piel erizándose, el olor a cuero viejo mezclándose con mi excitación que ya humedecía todo. Paró en un semáforo y me besó, su lengua invadiendo mi boca con hambre, saboreando a sal y deseo. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca.

Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar chido con posters de rock y velas que encendió de inmediato. La luz tenue bailaba en las paredes, el incienso de sándalo llenando el aire. Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorándome como si fuera la diosa de Bellas Artes. Desnuda, solo con tacones, sentí su mirada quemándome la piel.

—Eres una chulada, güera —murmuró, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Sus labios bajaron por mi clavícula, chupando mis pezones que se endurecieron al instante, enviando ondas de placer directo a mi centro. Gemí, arqueándome, mis manos enredándose en su pelo revuelto.

Lo empujé a la cama, king size con sábanas frescas que crujieron bajo nosotros. Le arranqué la camiseta, besando su pecho ancho, saboreando el salado de su piel, el vello áspero bajo mi lengua. Bajé más, desabrochando su jeans con dientes, liberando su verga dura, palpitante, oliendo a macho puro. La tomé en mi boca, lenta al principio, sintiendo su grosor llenándome, su gemido ronco como música de El Tri. Chupé más fuerte, mi lengua girando en la punta, sus caderas embistiéndome suave.

Ay, pendeja, me vas a matar —gruñó, jalándome arriba.

Me monté en él, guiando su verga a mi entrada húmeda, resbaladiza. Entró despacio, estirándome delicioso, el placer punzante haciendo que viera estrellas. Cabalgaba con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos apretando mis caderas. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor a sexo impregnando la habitación. Sudor goteando, mezclándose, mi clítoris rozando su pubis con cada bajada.

Esto es mejor que cualquier concierto, neta, él es mi riff perfecto.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, sus ojos en los míos, conexión total. Sus labios en mi boca, besos salvajes, lenguas danzando. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mi interior contrayéndose, acercándome al borde. Aceleró, el colchón crujiendo, mis piernas envolviéndolo, uñas en su espalda dejando marcas rojas.

—Ven conmigo, cariño —jadeó, y explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como un solo de guitarra, olas de placer convulsionándome, gritando su nombre inventado en mi mente: Rocker. Él se derramó dentro, caliente, llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeando, enredados, el corazón latiendo al unísono. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho, a noche inolvidable. Me acarició el pelo, besando mi frente.

El Tri en Bellas Artes nos unió, güerita. ¿Repetimos?

Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido pero vivo.

Simón, wey, esto apenas empieza.
La ciudad dormía afuera, pero nosotros, encendidos por el rock y la pasión mexicana, sabíamos que la noche era eterna.

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