Bedoyecta Tri Soriana el Elixir del Deseo
Entré al Soriana con el sol del mediodía pegándome en la cara como un beso ardiente. El aire acondicionado me recibió con un soplo fresco que erizó mi piel bajo la blusa ligera de algodón. Llevaba días sintiéndome muerta de cansancio, como si el trabajo y la rutina me hubieran chupado toda la energía. Órale, carnal, necesito una Bedoyecta Tri
, me dije a mí misma mientras empujaba el carrito por los pasillos llenos de olores a pan recién horneado y frutas maduras. El rojo de las manzanas brillaba como labios hinchados de deseo, y yo solo pensaba en esa inyección que prometía revivirme, darme ese empuje que andaba buscando.
En la farmacia del fondo, detrás del mostrador, estaba él. Un moreno alto, con ojos cafés que parecían pozos profundos, camisa ajustada marcando unos pectorales que gritaban mírame. Llevaba una caja de Bedoyecta Tri en la mano, igual que yo. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire entre nosotros se hubiera cargado de electricidad. ¿También vienes por la Tri?
me preguntó con una sonrisa pícara, voz grave que vibró en mis oídos como un ronroneo.
Sí, wey, neta que la necesito. Me siento como zombie
, respondí riendo, acercándome al mostrador. Olía a su colonia fresca, mezclada con un toque de sudor masculino que me aceleró el pulso. Pidió la suya primero, y mientras la farmacéutica preparaba la inyección, platicamos. Se llamaba Marco, trabajaba en construcción, y decía que la Bedoyecta Tri era su secreto para aguantar las jornadas largas. Yo, Ana, mesera en un restaurante del centro, le conté lo mismo. La tensión crecía con cada palabra; sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote sutil, y yo no podía evitar morderme el labio inferior.
Salimos juntos, con las ampollas en la bolsa. ¿Quieres que te aplique la tuya? Vivo cerca, y soy bueno con las agujas
, me dijo guiñando un ojo. Sentí un calor subiendo por mis muslos. ¿Por qué no? pensé. Era consensual, puro instinto adulto. Subimos a su camioneta, el motor rugiendo como un amante impaciente, y en diez minutos llegamos a su depa en una colonia decente, con vista al cerro. El lugar olía a limpio, con toques de café y madera.
Acto primero: la chispa. Me senté en el sofá de piel suave, que crujió bajo mi peso. Marco sacó la jeringa, esterilizándola con alcohol que picaba en la nariz. Relájate, mija, va a doler poquito pero después te sientes como diosa
. Se arrodilló frente a mí, su mano grande tocando mi nalga por encima del jeans. El pinchazo fue rápido, un ardor fugaz que se convirtió en un calor expandiéndose por mi vena. Luego me inyectó la suya, y nos quedamos mirándonos, el silencio cargado de promesas. Mi piel hormigueaba, el corazón latiendo fuerte, y entre mis piernas un pulso húmedo empezaba a despertar.
Empezamos con charlas inocentes, cervezas frías de la hielera que sabían a limón y sal. Pero sus rodillas rozaban las mías, y cada roce era fuego.
Este wey me prende como nadie, neta que la Bedoyecta Tri ya está haciendo magia o qué pedo, pensé mientras él se acercaba. Sus labios rozaron mi oreja:
Eres bien rica, Ana. Desde que te vi en Soriana supe que quería probarte. Mi cuerpo respondió arqueándose, pechos pesados contra la blusa.
El beso llegó como tormenta. Sus labios carnosos, ásperos por la barba incipiente, sabían a menta y deseo. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el bra. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Olía a su piel salada, a sudor fresco, y el mío se mezclaba, creando un aroma embriagador de excitación. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo la clavícula hasta que mis pezones se endurecieron como piedras bajo su aliento caliente.
El medio: la escalada. Caímos al piso alfombrado, cuerpos entrelazados. Sus dedos expertas bajaron mi zipper, deslizándose dentro del jeans, encontrando mi tanga empapada. Estás chingada de mojada, pinche deliciosa
, murmuró, voz ronca. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el roce suave pero firme contra mi clítoris hinchado. Jadeé, uñas clavándose en sus hombros anchos. El placer subía en olas, mi mente nublada por el torrente de sensaciones: el roce áspero de su barba en mis tetas, el chasquido húmedo de sus dedos entrando y saliendo, mi olor almizclado llenando la habitación.
Lo empujé para montarlo, quitándole la camisa. Su pecho velludo, músculos contraídos, olía a hombre puro. Desabroché su cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel caliente y tercioposa, goteando precum salado que lamí de la punta. ¡Carajo, qué rica boca!
gruñó él, caderas empujando. Chupé despacio, lengua girando alrededor del glande, saboreando su esencia masculina, mientras él me acariciaba el pelo, gimiendo bajo.
La tensión crecía, interna y feroz.
No aguanto más, lo quiero adentro, llenándome hasta reventar. Me quitó el jeans y tanga de un tirón, lamiendo mi coño depilado, lengua plana lamiendo lento, chupando mi clítoris hasta que vi estrellas. Grité su nombre, piernas temblando, jugos corriendo por sus labios. Él se posicionó, la cabeza de su pija rozando mi entrada húmeda.
Dime si quieres, mami.
Sí, chingádmela ya, pendejo, supliqué juguetona.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El ardor inicial se volvió éxtasis puro, su grosor llenándome hasta el fondo. Empezamos a movernos, ritmos sincronizados: él embistiendo profundo, yo cabalgando salvaje. Piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose, gemidos roncos llenando el aire. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, enviando chispas extra. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mi pared interna contrayéndose, ordeñándolo.
La Bedoyecta Tri nos tenía en llamas; el vigor era imparable. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, jalándome el pelo suave, follándome duro. El espejo del pasillo reflejaba nuestras siluetas: mi espalda arqueada, tetas rebotando, su culo firme contra mis muslos. Olía a sexo crudo, a semen y fluidos, sonidos obscenos de carne chocando. Esto es vida, neta, pensé en medio del delirio.
El fin: la liberación. El clímax se acercó como avalancha. Me vengo, cabrón
, avisé, y él aceleró, mano en mi clítoris frotando furioso. Exploté primero, coño convulsionando, chorros calientes empapando sus bolas, grito gutural rasgando mi garganta. Él rugió, hinchándose dentro, corriéndose a chorros, semen caliente inundándome, goteando por mis piernas.
Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos, corazones martilleando al unísono. Me acurruqué en su pecho, su brazo rodeándome protector. El aire olía a nuestro clímax compartido, pieles enfriándose lentamente. Gracias por la Bedoyecta Tri de Soriana, wey. Esto fue lo mejor que me han inyectado
, bromeé besando su cuello salado.
Nos quedamos así, reflexionando en silencio. La energía de la inyección se desvanecía, pero el fuego entre nosotros ardía más fuerte. Quizá regrese al Soriana por más, pensé sonriendo. Fue un encuentro perfecto, consensual, empoderador, que me dejó con el alma llena y el cuerpo satisfecho. Mañana, quién sabe, pero hoy, puro paraíso mexicano.