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Tri State Mexicali Ardiente

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Tri State Mexicali Ardiente

El sol del desierto de Baja California se ponía como un fuego naranja sobre Mexicali, tiñendo las calles de un calor que se pegaba a la piel como miel derretida. Yo, Lupe, había llegado esa tarde desde Tijuana en mi viejo Tsuru, con el aire acondicionado tosiendo como un borracho. Mexicali siempre me había llamado, con su vibra fronteriza, ese calientón que se siente en el aire, mezcla de tacos al pastor humeantes y noches que prometen desmadre. Pero esta vez, mi carnala me había platicado del Tri State Mexicali, ese antro legendario donde se juntan la banda de tres estados: Baja, California yanqui y Arizona. "Ahí la arman cabrón, Lupe, puro descontrol chido", me dijo por WhatsApp. Mi cuerpo ya ardía de anticipación, un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba en paz.

Me puse mi falda corta negra, esa que se sube un poquito cuando bailo, y una blusa escotada roja que dejaba ver el encaje de mi brasier. El perfume de vainilla y chile que me echaba olía a tentación pura. Salí del hotel, el Hotel Araiza, con sus luces neón parpadeando, y caminé unas cuadras hasta el Tri State Mexicali. La música norteña con toques de banda ya retumbaba desde la entrada, un ¡bum-bum! que vibraba en mi pecho. Olía a cerveza fría, sudor fresco y algo más, ese aroma almizclado de cuerpos listos para lo que fuera.

Adentro, el lugar era un desmadre chingón: luces estroboscópicas bailando sobre la pista, güeyes y morras sudando al ritmo de cumbias rebajada. Me pedí un michelada bien helada, el limón chorreando sal en mis labios, y me recargué en la barra. Ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales duros como piedra del desierto. Sus ojos negros me clavaron como un pinche flechazo.

"Órale, ¿y este pendejo qué pedo? Me está viendo como si ya me tuviera en su cama",
pensé, mientras un calor subía por mi cuello.

Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia barata y hombre de verdad. "Qué onda, preciosa. ¿Primera vez en el Tri State Mexicali?" Su voz era grave, como un ronroneo que me erizaba la piel. Le contesté con una risa coqueta: "Sí, carnal, pero ya me late que no será la última. ¿Y tú, de dónde sales tan galán?" Charlamos de la frontera, de cómo el Tri State Mexicali era el punto donde se cruzaban miradas calientes de tres lados. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, rozando el borde de mi falda. Sentía su aliento caliente en mi oreja, su pecho duro contra mis tetas, y entre mis muslos ya se me hacía agua. "Estás bien rica, Lupe", me susurró, y yo le mordí el lóbulo suave: "Tú tampoco te quedas atrás, cabrón".

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Cada roce era eléctrico: sus dedos trazando mi espinazo, mi cadera presionando contra su verga que ya se notaba dura como fierro.

"No aguanto más, este güey me va a volver loca. Quiero sentirlo adentro, ya",
me decía mi mente mientras lo jalaba al baño del fondo, pero él me detuvo con un beso que sabía a tequila y deseo puro. Lenguas enredadas, saliva dulce mezclada, sus manos amasando mis nalgas firmes. "Vamos a mi depa, está cerca", jadeó. Asentí, el pulso latiéndome en la garganta.

Acto dos: la escalada. Su departamento era modesto pero chido, en una colonia luminosa de Mexicali, con vista al desierto negro de noche. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, sus labios devorando mi cuello, chupando hasta dejarme una marca roja que ardía delicioso. Olía a su sudor limpio, a jabón de sándalo, y yo gemía bajito: "¡Ay, Javier, no mames, qué rico!". Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis pechos llenos, los pezones duros como chiles secos. Los lamió con lengua experta, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directas a mi clítoris hinchado.

Caímos en su cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante de limón. Yo lo desvestí lento, saboreando cada centímetro de su torso tatuado: un águila en el pecho, músculos que se contraían bajo mi toque. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, y la chupé despacio, saboreando su gusto salado, musgoso. Él gruñía: "¡Qué chingona chupas, Lupe! Me vas a hacer acabar ya". Le subí los huevos suaves, lamiendo el tronco hasta la base, mientras mis dedos se colaban en mi tanga empapada, frotando mi coño resbaloso.

Pero no quería acabar tan rápido. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Mi falda aún puesta, pero la subí, restregando mi humedad contra su pija dura.

"Siente cómo te quiero, pendejo. Este calor del Tri State Mexicali nos prendió a los dos",
le dije, mientras él me clavaba los dedos en las caderas. Me penetró de un golpe, llenándome hasta el fondo, un estirón exquisito que me hizo gritar. "¡Sí, cabrón, así! ¡Fóllame duro!". Cabalgaba como loca, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros, el plaf-plaf de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. Él me volteó, poniéndome en cuatro, embistiéndome desde atrás, su panza contra mis nalgas, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos.

La intensidad subía: mi corazón tronando como tamborazo, el olor a sexo llenando la habitación, pieles resbalosas pegándose y despegándose.

"No pares, Javier, estoy cerca... ¡me vengo!",
grité, y el orgasmo me azotó como ola del Pacífico, contrayendo mi coño alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, clavándose profundo, llenándome de su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía en mis entrañas.

Quedamos tirados, jadeando, su brazo alrededor de mi cintura, pieles pegajosas enfriándose al aire nocturno. El desierto susurraba fuera de la ventana, un viento fresco que olía a tierra mojada. "Eres una diosa, Lupe", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando su pecho con uñas: "Y tú un semental del Tri State Mexicali. Esto no acaba aquí, ¿eh?". Nos quedamos así, cuerpos entrelazados, el afterglow envolviéndonos como manta suave. Mañana volvería al antro, o quizás nos iríamos a Yuma, pero esa noche, Mexicali era nuestro paraíso privado.

Al amanecer, el sol entraba tiñendo todo de oro. Me desperté con su boca entre mis piernas otra vez, lengua lamiendo mi coño sensible, despertando chispas nuevas. "¡Buenos días, pendejo travieso!", reí, jalándolo arriba para un polvo matutino lento, sensual, lleno de besos y caricias. Terminamos exhaustos, riendo, planeando más desmadres. El Tri State Mexicali había sido el inicio perfecto de algo chingón.

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