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Bedoyecta Tri Similares en Venas de Fuego

7339 palabras

Bedoyecta Tri Similares en Venas de Fuego

Estaba hecha un desastre esa tarde en mi departamentito de la Roma, con el sol colándose por las cortinas y el calor pegajoso de la Ciudad de México haciendo que el aire se sintiera espeso. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había pasado la semana entera jalando doble turno en la oficina, sintiéndome como un trapo viejo. Neta, carnal, le dije a mi morro, Javier, mientras me tiraba en el sillón con las piernas abiertas, ventilándome con una revista vieja. Él, con su sonrisa de pendejo encantador y esos brazos tatuados que tanto me gustaban, me miró de arriba abajo, oliendo a jabón fresco y a ese desodorante que me ponía caliente al instante.

"Órale, mi reina, ¿qué onda contigo? Pareces zombie", me dijo mientras se acercaba, su voz grave retumbando en mi pecho. Lo jalé de la playera para que se sentara a mi lado, sintiendo el calor de su muslo contra el mío. "Es el pinche estrés, Javi. Necesito energía, algo que me levante el ánimo... y otras cosas", le confesé, mordiéndome el labio, porque la neta, lo que más quería era que me diera con todo, pero mi cuerpo no respondía.

Él se rió bajito, ese sonido ronco que me erizaba la piel, y sacó de su mochila una cajita. "Mira lo que traigo, preciosa. Bedoyecta Tri similares, tres viales que me recomendó el carnal del gym. Dicen que son puro poder para las venas, te dejan como león enjaulado". Los vi brillar bajo la luz: tres inyecciones idénticas, cristalinas, prometiendo ese chute de vitaminas B que en México todo mundo jura que revive a los muertos. Javier era de esos que se ponía las suyas antes de entrenar, y la verdad, se veía más vivo que nunca.

Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome un poquito más rápido. "¿Me las pones tú, wey? No vaya a ser que me clave mal y arme el desmadre". Él asintió, sus ojos oscuros clavados en los míos, con esa chispa juguetona.

¿Y si esto nos prende la mecha de una vez?
pensé, mientras él preparaba la jeringa con manos expertas, el olor metálico del alcohol impregnando el aire.

Acto uno cerrado, la aguja pinchó mi nalga con un piquetazo rápido, fresco como un beso helado. "Ya estuvo, mi amor. Siente cómo te corre por las venas". Me recosté en el sillón, esperando. Al principio nada, solo el ardor leve en la piel, pero de repente... ¡pum! Una oleada de calor subió por mi pierna, invadiendo mi vientre, haciendo que mi pulso tronara en los oídos. El mundo se volvió más nítido: el sudor perlado en el cuello de Javier olía a sal y hombre, su piel tibia rozando mi brazo era como terciopelo en llamas.

Me incorporé despacio, sintiendo cada músculo despierto, vibrante. "¡Chin güey, esto es la neta! Me siento... poderosa". Lo empujé juguetona contra el sillón, trepándome a horcajadas sobre él. Sus manos grandes se aferraron a mis caderas, apretando la carne bajo mis shorts, y gemí bajito al sentir sus dedos hundirse. "Te ves deliciosa así, Ana, con los ojos brillando como estrellas". Su aliento caliente en mi cuello, sabor a chicle de menta mezclado con deseo.

Nos besamos lento al principio, labios suaves explorando, lenguas danzando con un ritmo que aceleraba mi sangre vitaminada. Bajé las manos por su pecho firme, sintiendo los latidos desbocados bajo mi palma, el roce áspero de su barba incipiente en mi mejilla. Él me quitó la blusa con urgencia controlada, exponiendo mis tetas al aire acondicionado que zumbaba suave, los pezones endureciéndose al instante como piedritas duras. Qué rico se siente todo, pensé, mientras chupaba su labio inferior, saboreando el leve salado de su piel.

La tensión crecía como tormenta en el DF, nubes negras juntándose. Javier me cargó en brazos, sus bíceps tensos contra mi espalda, y me llevó a la recámara. El colchón crujió bajo nuestro peso, sábanas frescas oliendo a lavanda y a nosotros mismos de noches pasadas. Me tendí, arqueándome, invitándolo. "Tócame, Javi, neta que te necesito ya". Sus dedos bajaron por mi panza, rozando el ombligo, hasta meterse en mis calzones, encontrándome empapada, resbalosa de ganas.

"Estás chorreando, mi vida", murmuró, su voz ronca como gravel, mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía jadear. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados y su respiración agitada. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, caliente como hierro al rojo. La envolví con mi mano, sintiendo las venas gruesas bajo la piel suave, el prepucio retrayéndose con mi caricia. "Qué chingona se siente, gracias a esa Bedoyecta Tri", le dije entre risas jadeantes, lamiendo la gota perlada en su punta, salada y ligeramente dulce.

El medio acto se encendía: rodamos por la cama, cuerpos enredados, sudor brotando y pegándose piel con piel. Él me besó el cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Yo le arañé la espalda, sintiendo músculos contraerse bajo mis uñas. "Más fuerte, pendejo, dame todo", le exigí, y él obedeció, posicionándose entre mis piernas, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricada y ansiosa.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con esa plenitud que me cortaba el aliento.

¡Ay, cabrón, qué rico!
grité en mi mente, mientras él empujaba hondo, llenándome hasta el fondo. El ritmo empezó lento, caderas chocando con un slap slap rítmico, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, esa esencia íntima que nos volvía locos. Sus bolas golpeaban mi culo con cada embestida, suaves y pesadas.

Aceleramos, la cama cabeceando contra la pared, golpes sordos que seguro oían los vecinos. Yo clavé las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más profundo, más rápido. "¡Chíngame duro, Javi! ¡Sí, así!". Él gruñía, animalesco, succionando mi teta izquierda, lengua girando alrededor del pezón, dientes rozando. Mi vientre se contraía, el orgasmo construyéndose como volcán, gracias a esa energía imparable de la inyección.

De repente, exploté. Olas de placer me barrieron, mi panocha apretándolo como puño, jugos chorreando por mis muslos. Grité su nombre, visión nublada por chispas blancas, cuerpo temblando incontrolable. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que su propio clímax lo alcanzó: un rugido gutural, su verga hinchándose, caliente semen inundándome en chorros potentes, pegajosos.

Colapsamos juntos, jadeando, pieles pegadas por sudor frío ahora. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martilleando contra mi pecho. Besos suaves en la frente, risas cansadas. "Esa Bedoyecta Tri similares fue lo mejor que pudiste traerme, mi rey", susurré, oliendo su cabello húmedo. Él sonrió, acariciándome el pelo. "Siempre para ti, Ana. Mañana repetimos con las otras dos".

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de la ciudad como banda sonora. Mi cuerpo zumbaba aún con esa vitalidad, pero ahora era paz profunda, conexión total. Esto es lo que necesitaba: él, nosotros, y un empujoncito vitaminado para volar alto. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, prometiendo más noches así.

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