Colangitis de la Triada de Charcot en Caliente
Estaba en la consulta del doctor Ramirez, un tipo guapo de unos cuarenta, con esa mirada penetrante que te hace sentir desnuda sin quitarse los lentes. Yo, Ana, de treinta y dos, había llegado con un dolor punzante en el lado derecho del abdomen, fiebre que me hacía sudar como en pleno agosto en el DF y una piel amarillenta que mi espejo no mentía. Triada de Charcot, me dijo el doc mientras palpaba mi vientre, sus dedos firmes presionando justo donde dolía más. Colangitis aguda, diagnosticó, pero en su voz había algo más, un ronroneo que no era solo profesional.
Me recetó antibióticos y me mandó a reposo, pero el cabrón me invitó a su casa esa misma noche para "monitorear el progreso". ¿Qué pedo? pensé, pero mi cuerpo traicionero ya palpitaba. Llegué a su depa en Polanco, oliendo a jazmín del jardín y a su colonia amaderada que me mareaba. Él abrió la puerta en bata, el pecho velludo asomando, y me jaló adentro con una sonrisa pícara.
Si este pendejo cree que por tener colangitis voy a dejarme manosear, está chido, pero nomás un rato pa' ver qué pasa.
Me sentó en el sofá de piel suave, que crujió bajo mis nalgas, y me sirvió un te de manzanilla caliente, el vapor subiendo con aroma dulce que calmaba mi fiebre interna. Sus manos volvieron a mi abdomen, esta vez sin guantes, rozando la piel expuesta cuando levantó mi blusa. "Siente aquí", murmuró, su aliento cálido en mi oreja, "la colangitis late, pero yo sé cómo bajarla". Sus dedos trazaron círculos lentos, enviando chispas de placer mezclado con el dolor agudo de la triada.
El principio fue puro juego médico. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel amarilla que odiaba, lamiendo el sudor salado de mi cuello. Su lengua sabe a menta y deseo, pensé mientras gemía bajito. Yo le desaté la bata, revelando un torso musculoso, marcado por horas en el gym, y bajé la mano a su entrepierna, donde ya se notaba el bulto duro como piedra. "Doctorcito, ¿esto es parte del tratamiento?", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo.
Nos mudamos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza, y hundió la cara en mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua experta lamió mis labios mayores, saboreando el néctar que fluía copioso, mientras sus dedos presionaban mi abdomen derecho, haciendo que el dolor de la colangitis triada de Charcot se confundiera con éxtasis punzante. Grité, arqueando la espalda, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas.
Pero no era solo físico. En mi mente bullían recuerdos: mi ex, un mamón que nunca me tocó así, y este doctor que me hacía sentir viva pese a la enfermedad. Él me quiere por mí, no por lástima, me repetía mientras lo montaba, mis caderas girando sobre su verga gruesa, que entraba y salía con un chapoteo húmedo. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo llenando la habitación, mezclado con el perfume de su piel morena. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones erectos hasta que dolían rico.
La tensión subía como la fiebre de mi colangitis. Él me volteó boca abajo, mi culo en pompa, y embistió desde atrás, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. "¡Ay, cabrón, más duro!", le grité, clavando las uñas en las sábanas. Sentía su glande rozando mi punto G con cada thrust, el dolor abdominal convirtiéndose en olas de placer que me nublaban la vista. Él gemía en mi oído, "Tu triada me enciende, Ana, eres fuego puro".
No es solo follar, es sanar. Su verga cura lo que los antibióticos no alcanzan.
Yo lo volteé, queriendo control. Lo cabalgué como reina, mis jugos chorreando por sus bolas peludas, el slap-slap de piel contra piel acelerando mi pulso. Él me miró a los ojos, café intenso contra mis verdes febriles, y susurró, "Ven pa'cá, mi chula enfermita". El clímax llegó como erupción biliar, mi coño contrayéndose alrededor de su pija, ordeñándola mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Grité su nombre, el mundo explotando en colores, el dolor de la triada olvidado en ese pico de éxtasis.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, su semen goteando de mí sobre las sábanas. Él me besó la frente, suave, y palpó mi abdomen. "La fiebre baja", dijo sonriendo. Yo reí, ronca, oliendo nuestro sudor mezclado. Colangitis o no, esto es vida.
Al día siguiente, el espejo mostró piel menos amarilla, y en mi clítoris, un hormigueo residual. El doctor Ramirez se volvió mi amante fijo, chequeos semanales que terminaban en orgasmos curativos. La triada de Charcot se fue, pero el fuego quedó, ardiendo cada vez que sus manos volvían a mi cuerpo. En México, hasta las enfermedades se follan con pasión.