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El Trío Ardiente con Mi Esposa Mexicana

7281 palabras

El Trío Ardiente con Mi Esposa Mexicana

La noche en nuestra casa de playa en Cancún estaba cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como una promesa. Yo, Alejandro, acababa de servir unos tequilas reposados en vasos helados, mientras mi esposa mexicana, Lupe, reía con esa carcajada ronca que me volvía loco desde el día que la conocí en un antro de la Zona Rosa. Lupe era pura fuego: piel morena como el chocolate amargo, curvas que desafiaban la gravedad, tetas firmes que se marcaban bajo su blusa escotada y un culo redondo que pedía a gritos ser apretado. Sus ojos negros brillaban con picardía, y su acento chilango, con ese "wey" que soltaba como confeti, me hacía sentir el hombre más afortunado del pinche mundo.

Estábamos con Carlos, mi carnal de la prepa, un morro alto y atlético, con sonrisa de galán de telenovela y un tatuaje de águila en el pecho que asomaba por su camisa entreabierta. Habíamos coincidido en una carnita asada esa tarde, y la plática fluyó hasta las fantasías más cabronas. Neta, pensé, esta noche huele a algo chido. Lupe se recargaba en mi hombro, su mano rozando mi muslo, y de repente soltó: "Órale, weyes, ¿y si platicamos de tríos? Imagínense un trío con mi esposo mexicano, pero yo soy la estrella". Carlos se carcajeó, pero sus ojos se clavaron en las chichis de Lupe, y yo sentí un cosquilleo en la verga que no era solo del tequila.

¿De veras vamos a hacer esto? Mi mente daba vueltas. Lupe siempre había sido abierta, pero ¿con Carlos? El wey era confiable, y verla así de juguetona me ponía la sangre a hervir. Si ella quiere, yo le entro al quite.

La música de cumbia rebajada retumbaba bajito desde los bocinas, ese ritmo que hace mover las caderas sin querer. Lupe se paró y empezó a menearse, su falda corta subiendo por esos muslos carnosos. "¡Ven, carnal!", le gritó a Carlos, tirando de su mano. Él se levantó, y de pronto estaban bailando pegaditos, las luces tenues pintando sombras en sus cuerpos sudorosos. Yo los veía desde el sofá, mi verga ya medio parada, oliendo el perfume de vainilla de Lupe mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta.

El aire se espesaba con tensión. Lupe se giró hacia mí, mordiéndose el labio inferior, ese gesto que significaba trouble delicioso. "Ale, ¿te late?", murmuró, mientras Carlos le pasaba las manos por la cintura. Asentí, la garganta seca. Ella se acercó, sus tetas rozando mi pecho, y me besó con lengua, saboreando a tequila y a ella misma, dulce como tamarindo. Carlos observaba, ajustándose los pantalones. "Pinche suerte la tuya, wey", dijo riendo, pero su voz salió ronca.

La cosa escaló rápido. Lupe nos jaló a los dos hacia la recámara, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies. La cama king size nos esperaba con sábanas blancas revueltas, y el ventilador giraba perezoso, moviendo el aroma a jazmín de las velas que ella había encendido antes. Se quitó la blusa de un tirón, dejando ver sus chichis perfectas, pezones oscuros ya duros como piedritas. "Vengan, cabrones, no se queden viendo", ordenó con esa autoridad juguetona que me derretía.

Me desvestí primero, mi verga saltando libre, gruesa y lista. Carlos la siguió, revelando un cuerpo marcado por el gym, su pito largo y venoso apuntando al techo. Lupe se lamió los labios, arrodillándose entre nosotros. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el lejano romper de las olas. Tomó mi verga en una mano, la de Carlos en la otra, y empezó a chuparlas alternadamente, su boca caliente y húmeda succionando con maestría. ¡Qué chingón! Sentí su lengua girando alrededor de mi glande, saboreando el precum salado, mientras con la otra mano masajeaba las bolas de Carlos.

Esto es un sueño, wey. Mi esposa mexicana chupando verga como diosa, compartiéndonos. El calor de su boca, el roce de sus tetas contra mis muslos... no aguanto.

La llevamos a la cama, yo besándole el cuello, oliendo su sudor mezclado con loción de coco. Carlos le mamaba las tetas, succionando fuerte, dejando marcas rojas que ella gemía de placer. "¡Sí, así, pinches machos!", jadeaba Lupe, sus uñas clavándose en mi espalda. Le quité la falda y las tangas, revelando su panocha depilada, ya brillando de jugos, hinchada y lista. El olor a excitación femenina me invadió, almizclado y adictivo.

La puse a cuatro patas, su culo en pompa invitándome. Carlos se colocó enfrente, y ella lo tomó en la boca mientras yo la penetraba de una embestida. ¡Madre santa! Su coño estaba ardiendo, apretándome como guante de terciopelo húmedo. Empujé lento al principio, sintiendo cada pliegue, el sonido chapoteante de mi verga entrando y saliendo. Lupe mugía alrededor de la pija de Carlos, vibraciones que lo volvían loco. Él le agarraba el pelo, follando su boca con ritmo.

El sudor nos chorreaba, piel contra piel resbalosa. Cambiamos posiciones: Lupe encima de mí, cabalgándome con furia, sus caderas girando como en un baile de salsa. Sus tetas rebotaban, y Carlos se paró detrás, untando saliva en su ano. "¿Te late por atrás, mamacita?", preguntó. Ella asintió, ojos en blanco de puro gozo. "¡Métela, wey, pero despacito!". Él obedeció, su verga gruesa abriéndose paso en su culo apretado. Lupe gritó de placer, atrapada entre nosotros dos, doblemente llena.

El cuarto olía a sexo puro: semen, sudor, panocha mojada. Nuestros gemidos se mezclaban con el slap-slap de carne contra carne. Yo sentía la verga de Carlos a través de la delgada pared que nos separaba dentro de ella, un roce prohibido que me llevaba al borde. Lupe temblaba, su clítoris frotándose contra mi pubis, "¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!". Su coño se contrajo como un puño, ordeñándome, chorros calientes empapando mis bolas.

Verla así, mi reina mexicana en éxtasis, compartida pero mía... esto es lo que necesitaba. El pulso en mis sienes, el ardor en la verga, todo explotando.

Carlos gruñó primero, llenándole el culo de lefa caliente, que chorreaba por sus muslos. Yo no aguanté más, bombeando profundo, soltando chorros espesos dentro de su panocha palpitante. Lupe colapsó sobre mí, jadeando, su corazón latiendo contra el mío como tamborazo zacatecano.

Nos quedamos así un rato, enredados en un montón sudoroso y satisfecho. Carlos se retiró con un beso en la nalga de Lupe, "Gracias, carnales, esto fue la neta". Se vistió y se fue con una sonrisa, dejándonos solos. Lupe me miró, ojos brillantes, y me besó suave. "Te amo, Ale. ¿Repetimos?". Reí, acariciando su pelo revuelto. El mar susurraba afuera, y el afterglow nos envolvía como manta tibia.

Desde esa noche, el recuerdo de ese trío con mi esposa mexicana se convirtió en nuestro secreto ardiente, una chispa que avivaba nuestra pasión. Lupe, mi morra chilanga, siempre lista para lo chido, me recordaba por qué la vida valía la pena. Y yo, pendejo enamorado, no pedía más.

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