Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pruébalo Conmigo Pruébalo Conmigo

Pruébalo Conmigo

7468 palabras

Pruébalo Conmigo

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el arena de un dorado que parecía sacado de un sueño. Tú y yo, Sofia, nos habíamos conocido en un bar la noche anterior, entre risas y tequilas que sabían a mar y a aventura. Neta, desde el primer vistazo, supe que eras el wey que me iba a volver loca. Tus ojos cafés, profundos como el Pacífico, me miraban con esa chispa juguetona que prometía locuras. Caminábamos descalzos por la orilla, el agua tibia lamiendo nuestros pies, dejando huellas que el oleaje borraba al instante.

¿Y si probamos algo nuevo esta noche? me dijiste con esa voz ronca, mientras el viento jugaba con tu cabello negro y ondulado. Sentí un cosquilleo en la piel, un calor que subía desde el estómago. Tú sonreíste, pícaro, y asentiste. Pruébalo conmigo, respondí, mordiéndome el labio. La tensión ya estaba ahí, flotando como la sal en el aire, mezclada con el aroma de coco de mi protector solar y el sudor fresco de tu piel bronceada.

Regresamos al resort, un paraíso de palmeras y piscinas infinitas, donde la habitación nos esperaba con su cama king size y vistas al mar. Cerraste la puerta con un clic suave, y el mundo exterior se desvaneció. Te quité la camisa mojada, mis dedos rozando tus pectorales firmes, sintiendo el latido acelerado de tu corazón bajo la piel caliente. Olías a sal y a hombre, a esa esencia que me ponía los nervios de punta.

Órale, carnal, no te apures
, te dije riendo, pero mi voz temblaba de anticipación.

Nos besamos lento al principio, como si quisiéramos saborear cada segundo. Tus labios eran suaves pero exigentes, con gusto a tequila y menta de tu chicle. Mi lengua danzaba con la tuya, explorando, mientras tus manos bajaban por mi espalda, desatando el nudo de mi bikini. El top cayó al suelo con un sonido sordo, y mis pechos se liberaron, los pezones endureciéndose al roce del aire acondicionado. Qué chulos son, murmuraste, y los tomaste en tus palmas, masajeándolos con pulgares que giraban despacio, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Me empujaste suave contra la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Tus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de humedad que se enfriaba al instante. Gemí bajito, arqueando la espalda, mientras el sonido de las olas rompía a lo lejos, como un ritmo que marcaba nuestro pulso. Quiero que me pruebes toda, susurré, y vi en tus ojos ese fuego que me hacía mojarme más. Desabroché tu short, liberando tu verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas marcadas bajo la piel suave. La apreté suave, y tú gruñiste, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Pero no era solo eso. Recordé nuestra charla en la playa. Pruébalo conmigo, había dicho, refiriéndome a esa fantasía que te conté: ataduras suaves, yo entregándome a tus manos, probando el límite entre placer y rendición total. Saqué de mi maleta las sedas rojas que traje de la tiendita del lobby, finas como suspiros.

¿Listo para try it out?
te pregunté en spanglish juguetón, y reíste, asintiendo. Te dejaste atar las muñecas al cabecero, tus músculos tensándose contra la tela, un juego de fuerza y confianza que nos excitaba a los dos.

Ahora era mi turno de explorar. Me subí encima de ti, mis muslos rozando tus caderas, el calor de tu erección presionando contra mi panocha húmeda a través de la tela delgada de mi bottom. Lo arranqué, quedando desnuda, mi piel erizada por el contraste del aire fresco y tu cuerpo ardiente. Bajé despacio, besando tu pecho, lamiendo el sudor salado de tu ombligo, hasta llegar a tu verga. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, chupando la cabeza con labios que se estiraban alrededor de su grosor. Tú jadeabas, tirando de las sedas, el cabecero crujiendo. No mames, Sofia, qué rico, gemiste, y eso me prendió más.

Me detuve, queriendo más. Desaté tus manos con un tirón juguetón. Ahora tú, te dije, y te volteé boca abajo, mis uñas arañando tu espalda. El olor de tu excitación llenaba la habitación, mezclado con mi aroma dulce y almizclado. Te abrí las nalgas, besando la piel sensible, mi lengua trazando círculos alrededor de tu ano apretado. Pruébalo, wey, déjate llevar, murmuré, y unté lubricante fresco, resbaloso, que olía a vainilla. Mi dedo entró despacio, sintiendo tu calor apretado, tu gemido ronco como música. Te retorcías, pero empujabas hacia atrás, queriendo más. Era consensual, puro fuego mutuo, explorando tabúes con ternura y deseo.

La tensión crecía como una tormenta. Te volteé de nuevo, montándote con furia. Tu verga se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El sonido de carne contra carne, chapoteante y obsceno, se mezclaba con nuestros jadeos. Mis chichis rebotaban con cada embestida, tus manos apretándolos fuerte, pellizcando pezones que dolían de placer. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose, el aire cargado de sexo.

¡Fóllame más duro, pendejo!
grité, y obedeciste, tus caderas golpeando las mías con ritmo salvaje.

Pero queríamos probarlo todo. Cambiamos, yo de rodillas, culo en pompa. Prueba por atrás, mi rey, te rogué, y untaste más lubricante, tu dedo abriéndome primero, luego dos, preparándome con cuidado. Sentí la presión de tu cabeza contra mi ano virgen, el ardor inicial dando paso a un placer profundo, prohibido. Entraste centímetro a centímetro, el estiramiento quemando dulce, mi clítoris palpitando sin tocar. Gemí alto, el sonido reverberando en las paredes, mientras tú gruñías, Estás tan apretada, neta. Nos movíamos sincronizados, lento al principio, luego acelerando, el placer construyéndose como olas rompiendo.

Mi mano bajó a mi panocha, frotando el clítoris hinchado, círculos rápidos que me acercaban al borde. Tus embestidas se volvían erráticas, tu aliento caliente en mi nuca, mordiendo mi hombro. El clímax nos golpeó juntos: yo exploté primero, un grito ahogado, mi ano contrayéndose alrededor de ti, jugos chorreando por mis muslos. Tú te corriste segundos después, caliente y espeso dentro de mí, un rugido animal escapando de tu garganta. Colapsamos, temblando, pieles pegajosas, corazones latiendo como tambores.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando suave, el mar susurrando afuera. Tus dedos trazaban patrones en mi espalda, y yo besaba tu pecho, saboreando el sudor salado. ¿Y qué tal el try it out? pregunté riendo bajito. Tú sonreíste, besando mi frente.

Lo mejor que he probado, mamacita
. No era solo sexo; era conexión, confianza forjada en la entrega mutua. Afuera, el sol se ponía, pintando el cielo de rojos y naranjas, prometiendo más noches para probar, para sentir, para ser uno.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Jabón resbaloso en tus manos, explorando de nuevo, risas mezcladas con besos. Salimos a la terraza, envueltos en toallas, una cerveza fría en mano, mirando las estrellas. La brisa nocturna olía a jazmín y mar, y supe que esto era solo el comienzo. Pruébalo conmigo siempre, susurré, y tú asentiste, sellándolo con un beso que sabía a promesas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.