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Trío con Mi Esposa y un Amigo

7779 palabras

Trío con Mi Esposa y un Amigo

Era una noche calurosa en nuestro departamento de la Roma, con el ventilador zumbando perezosamente sobre la mesa del comedor. Ana, mi esposa, andaba con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera una segunda piel, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Yo, sentado en el sofá con una cerveza fría en la mano, observaba cómo Carlos, mi carnal de toda la vida, no le quitaba los ojos de encima. Habíamos invitado al cabrón para una parrillada casual, pero la neta, desde que llegó, el aire se sentía cargado de algo más que humo de carne asada.

¿Y si le decimos?, pensé mientras veía a Ana reírse de un chiste tonto de Carlos. Llevábamos meses fantaseando con un trío con mi esposa y un amigo, pero siempre en susurros bajo las sábanas, cuando el deseo nos tenía sudando. Carlos era perfecto: guapo, atlético, y sobre todo, de confianza. No un pendejo cualquiera.

—Órale, carnal, ¿qué pedo con esa mirada? —dijo Carlos, dándome una palmada en el hombro, su voz ronca por las chelas.

Ana se acercó con una bandeja de tacos, su perfume de jazmín mezclándose con el aroma picante de los chiles. Se inclinó un poco, y juro que vi cómo Carlos tragaba saliva.

Si supiera lo que quiero hacer con los dos esta noche...

La cena fluyó entre pláticas de fútbol y anécdotas del trabajo, pero la tensión crecía como una tormenta. Ana rozaba mi pierna con la suya bajo la mesa, y yo notaba cómo sus pezones se endurecían contra la tela del vestido. Carlos, el muy sinvergüenza, contaba una historia de sus ligues en la playa de Cancún, y Ana lo interrumpía con risas coquetas.

—Neta, Carlos, eres un chingón para conquistar —le dijo ella, mordiéndose el labio inferior.

Yo sentí un cosquilleo en el estómago, una mezcla de celos jugosos y excitación pura. Es ahora o nunca, me dije.

—Oigan, ¿y si jugamos algo más interesante? —propuse, sirviendo otra ronda de tequilas—. Algo que Ana y yo hemos platicado...

Los dos me miraron, expectantes. Ana se sonrojó, pero sus ojos brillaban con picardía mexicana de la buena.

Acto uno cerrado, el deseo latía en el aire como el bajo de una cumbia en fiesta.

Nos mudamos al sofá, con música de fondo: un poco de rock en español que ponía el ambiente justo. Ana se sentó entre nosotros, su muslo caliente presionando contra el mío. Carlos, con esa sonrisa pícara, le ofreció su tequila.

—Salud por las locuras —brindamos.

El alcohol calentaba las venas, y pronto las manos empezaron a vagar. Yo acaricié el cuello de Ana, sintiendo su piel suave como seda bajo mis dedos, el pulso acelerado latiendo contra mi palma. Ella suspiró, un sonido suave que me erizó la piel. Carlos, valiente el cabrón, le rozó el brazo, y ella no se apartó. Al contrario, giró la cara y lo miró fijo.

Esto está pasando de verdad. Mi verga ya palpita como loca.

¿Quieren un trío con mi esposa y un amigo? —solté de golpe, la voz ronca. Ana jadeó, pero asintió con la cabeza, sus mejillas ardiendo.

—Sí, neta que sí —murmuró ella, y antes de que pudiera procesarlo, besó a Carlos.

Fue como ver fuego vivo: sus labios se unieron con hambre, lenguas danzando, el sonido húmedo de la saliva mezclándose con sus respiraciones agitadas. Yo no me quedé atrás; levanté el vestido de Ana, exponiendo sus nalgas firmes, redondas, oliendo a su excitación dulce y almizclada. Mis manos amasaron esa carne caliente, mientras ella gemía en la boca de Carlos.

La desvestimos entre los dos, como un ritual sagrado. El vestido cayó al piso con un susurro, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros y erectos como botones de chocolate. Carlos chupó uno, succionando con avidez, y Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mi muslo. Yo bajé la cabeza y lamí el otro, saboreando el salado de su piel sudada, el sabor a vainilla de su loción.

—Ay, cabrones, qué rico —gruñó ella, voz entrecortada.

La tensión subía como el calor de un comal. La llevamos al cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas frescas. Ana se arrodilló en el colchón, nos miró con ojos de puta en celo —perdón, de diosa mexicana deseosa— y nos jaló los pantalones. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venas pulsantes. La de Carlos era gruesa, venosa, apuntando al techo.

Ella las tomó en sus manos suaves, masturbándonos despacio, el sonido de piel contra piel como un tambor lento. Luego, su boca: primero la mía, chupando la cabeza con labios carnosos, lengua girando alrededor del glande, saboreando mi pre-semen salado. Gemí fuerte, el placer subiendo por mi espina como rayos.

—Cámbiate, amor —le ordené, y ella pasó a Carlos, engulléndolo hasta la garganta, arcadas suaves que la ponían más mojada. Yo me masturbaba viéndolos, oliendo su coño empapado, ese aroma terroso y dulce que me volvía loco.

La tumbamos boca arriba. Carlos se hundió entre sus piernas, lamiendo su panocha con hambre: clítoris hinchado, labios mayores jugosos, jugos chorreando por sus muslos. Ana gritaba, caderas moviéndose como en un baile de salsa.

Su lengua en ella, mi boca en sus tetas... esto es el paraíso chingón.

Yo besaba su cuello, mordisqueando la oreja, mientras mis dedos jugaban con sus pezones. Ella venía fuerte, el primer orgasmo la sacudió como terremoto, chorros calientes salpicando la cara de Carlos.

—¡Ya, métanmela! —suplicó.

Middle act peaking: la volteamos a cuatro patas. Yo primero, embistiéndola desde atrás, mi verga deslizándose en su calor resbaloso, apretado como guante de terciopelo húmedo. Cada estocada hacía slap-slap contra sus nalgas, el sonido ecoando en la habitación. Carlos se puso enfrente, y ella lo mamó con furia, saliva goteando por su barbilla.

Cambiábamos posiciones como en un baile coordinado: Carlos la cogía misionero, sus bolas golpeando su culo, mientras yo le metía la verga en la boca. Sudor nos cubría a todos, pieles brillantes, olor a sexo puro —salado, almizclado, adictivo—. Ana jadeaba en español sucio:

—¡Más duro, pendejos! ¡Chínguenme rico!

La intensidad crecía, pulsos acelerados sincronizados, respiraciones como fuelles. La puse encima de mí, cabalgándome con furia, tetas rebotando hipnóticas. Carlos se acercó por detrás, lubricó su verga con sus jugos y... ¡órale! Doble penetración. Su culo se abrió para él, apretado y caliente, mientras yo la llenaba el coño. Gemidos triples, cuerpos chocando en frenesí, el colchón crujiendo bajo nosotros.

El clímax se acercaba como volcán. Ana gritó primero, orgasmos en cadena, paredes internas contrayéndose alrededor de mis vergas —no, de la mía y la de él—. Carlos gruñó como bestia, llenándole el culo de leche caliente, chorros que sentí palpitar. Yo exploté segundos después, eyaculando profundo en su panocha, semen mezclándose con sus jugos, desbordando por sus muslos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos subiendo y bajando, el aire denso con olor a corrida y placer. Ana entre nosotros, besándonos alternadamente, lenguas perezosas ahora.

—Eso fue el mejor trío con mi esposa y un amigo —susurré, riendo bajito.

Ella sonrió, exhausta y radiante.

Nada cambió, todo mejoró. Somos más fuertes ahora.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches locas. La conexión era profunda, no solo carnal: confianza absoluta, amor envuelto en lujuria mexicana pura. Y así, en el afterglow, supe que esto era solo el principio.

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