Bedoyecta Tri para Diabeticos El Fuego Renovado
Me llamo Laura, tengo treinta y cinco años y vivo en la Condesa, ese barrio de la Ciudad de México donde las calles huelen a café recién molido y jazmines en flor. Soy diabética desde hace diez años, pero no dejo que eso me frene. Mi carnal, mi esposo Javier, es un chulo de esos que te miran y ya te prenden. Llevamos casados ocho años, pero la rutina y mi pinche diabetes a veces nos apagan el fuego. Últimamente, me sentía cansada, como si mi cuerpo no respondiera. Fui al doc y me recetó Bedoyecta Tri para diabéticos. "Esto te va a dar un boost de vitaminas B, Laura, te vas a sentir como nueva", me dijo con esa sonrisa de médico que sabe lo que prescribe.
Me apliqué la inyección esa mañana, en el glúteo derecho, con un piquetito que dolió un chorro pero prometía milagros. El líquido fresco se esparció por mi músculo, y al rato sentí un cosquilleo subir por mi espina dorsal. Órale, pensé,
esto sí que va a ser interesante esta noche con Javi.Me miré al espejo: curvas en su punto, piel morena brillando bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana. Me puse un vestido rojo ceñido, sin bra, nomás para provocarlo. Olía a vainilla de mi crema corporal, y el corazón ya me latía fuerte de anticipación.
Javier llegó puntual, con esa camisa blanca que le marca los pectorales y jeans que abrazan sus nalgas firmes. "¡Mamacita, estás para comerte viva!", me soltó al verme, y me jaló de la cintura para darme un beso que sabía a tequila reposado. Sus labios carnosos presionaron los míos, lengua juguetona explorando mi boca, y yo respondí con hambre. Lo empujé suave contra la puerta. "Espera, mi amor, hoy traigo sorpresa", le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. Cenamos ligero: tacos de cochinita de un puesto cercano, el vapor picante subiendo y mezclándose con su colonia masculina, ese olor a madera y sudor limpio que me enloquece.
En la sala, con velas prendidas que parpadeaban sombras suaves en las paredes blancas, nos sentamos en el sofá de terciopelo. Su mano grande subió por mi muslo, rozando la piel sensible bajo el vestido. Sentí el calor de sus dedos, ásperos por el trabajo en construcción, pero tiernos conmigo. Qué rico, pensé, mientras mi concha empezaba a humedecerse. "Laura, estás distinta hoy, más... viva", murmuró él, olfateando mi cuello. Le conté de la Bedoyecta Tri para diabéticos. "Me la apliqué hoy, carnal, y mira nomás cómo me siento: lista para darte guerra toda la noche". Se rio, esa carcajada grave que vibra en mi pecho. "Pues a ver qué tanto aguantas, diabla".
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Lo besé profundo, saboreando el rastro de salsa en su lengua. Mis manos bajaron a su entrepierna, sintiendo la verga endureciéndose bajo la tela, gruesa y palpitante. Él gimió bajito, un sonido ronco que me erizó la piel. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Los chupó con avidez, succionando fuerte, lengua girando en círculos que mandaban chispas directo a mi clítoris.
¡Ay, Diosito, esta Bedoyecta sí que funciona! Mi sangre corre como río en crecida.Olía a su excitación, ese almizcle salado que impregna el aire.
Me recostó en el sofá, besando mi vientre suave, bajando hasta mi panocha depilada. La separé con los dedos, mostrándosela rosada y brillante de jugos. "Mírala, Javi, toda para ti". Él inhaló profundo, "huele a miel caliente", y hundió la cara. Su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris hinchado. Gemí alto, arqueando la espalda, el sofá crujiendo bajo nosotros. Sentía cada lamida como fuego líquido, pulsos acelerados en mis sienes, el sudor perlando mi frente. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "¡Más, pendejo, no pares!", le rogué, jalándole el pelo negro revuelto.
Pero quería más. Lo empujé al piso, alfombra persa mullida bajo mis rodillas. Le bajé el zipper, liberando la verga tiesa, venosa, con gota de pré-semen en la punta. La olí: puro hombre, salado y viril. La lamí desde la base, lengua plana como él me había hecho, hasta chupar la cabeza con labios apretados. Él gruñó, caderas subiendo instintivo. Sabía a piel caliente, a deseo puro. La tragué profunda, garganta relajada por práctica, sintiendo latir en mi boca. Sus bolas pesadas en mi mano, suaves y arrugadas. "Laura, me vas a hacer acabar ya", jadeó, voz quebrada.
Lo monté como reina. Me abrí encima de él, concha tragándosela centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llenura, cabrón! Empecé a cabalgar lento, sintiendo cada roce de su pubis contra mi clítoris, tetas rebotando libres. Él las amasó, pellizcando pezones, enviando descargas. El aire olía a sexo crudo, sudor mezclado con velas de sándalo. Aceleré, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Mis paredes internas lo ordeñaban, jugos chorreando por su verga.
La Bedoyecta Tri para diabéticos me tiene como leona en celo, sin fatiga, solo puro instinto.
Cambié de posición: él encima, misionero intenso. Piernas en sus hombros, penetrando hondo, golpeando mi cervix con cada embestida. El sonido era obsceno: chap chap chap de carne mojada, gemidos entrecortados. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Te amo, Laura, eres mi todo", susurró, ojos negros clavados en los míos. Sentí el orgasmo construyéndose, espiral apretada en mi bajo vientre. "¡Ven conmigo, Javi, córrete dentro!", grité. Él aceleró, verga hinchándose más. Explosión: mi concha convulsionó, chorros calientes saliendo, olas de placer cegándome. Él rugió, llenándome de semen espeso, pulsos calientes inundándome.
Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su peso cómodo sobre mí, corazón galopando contra el mío. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a clímax compartido. "Gracias a esa Bedoyecta, mi reina, fue épico", murmuró él, acariciando mi pelo. Yo sonreí, piernas temblando aún. Mi diabetes no manda hoy; yo controlo mi placer. Nos arrastramos a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio abrazándonos. Dormimos enredados, el amanecer filtrándose rosado por las cortinas.
Al día siguiente, el cosquilleo persistía, energía renovada. Pedí más Bedoyecta Tri para diabéticos. Javier guiñó: "Ora sí, prepárate para la revancha". Y así, nuestra vida se encendió de nuevo, fuego eterno en la gran ciudad.