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Pasión Sudada en Asics Noosa Tri 8

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Pasión Sudada en Asics Noosa Tri 8

El sol de la Ciudad de México pegaba como plomo derretido esa mañana en el Bosque de Chapultepec. Me había puesto mis nuevas Asics Noosa Tri 8, esas tenis ligeras que se pegan al pie como una segunda piel, con su malla transpirable que deja que el aire bese cada centímetro de mis dedos. Neta, cuando las desaté en la tienda, sentí un cosquilleo raro, como si ya supieran que iban a ser parte de algo chingón. Me las amarré bien prietas, sintiendo cómo me abrazaban los tobillos, y salí a correr por el sendero de tierra compacta, con el corazón latiéndome fuerte desde el primer paso.

El ritmo de mis pisadas era hipnótico: pum-pum, pum-pum, el sonido amortiguado por la suela gruesa que devoraba el camino. El sudor ya empezaba a brotar, perlitas saladas que me resbalaban por la nuca y se colaban entre mis senos, atrapados en el top deportivo negro. Olía a tierra húmeda, a eucaliptos y a ese aroma fresco de runners que se cruzaban conmigo, jadeando. Yo, Ana, treinta y dos años, triatleta amateur con curvas que no me quitan el sueño, pero que hacen que los vatos me miren dos veces. Ese día, quería quemar la frustración de la semana laboral, esa mierda de oficina que me tenía hasta la madre.

¿Por qué carajos no puedo soltarme más? Necesito sentir algo vivo, algo que me haga latir como en la meta de un triatlón.

Entonces lo vi. Un morro alto, moreno, con músculos definidos bajo una playera ajustada que se pegaba a su torso por el sudor. Corría en sentido contrario, sus tenis relucientes chocando contra el suelo con fuerza. Nuestras miradas se cruzaron un segundo eterno: ojos cafés intensos, sonrisa pícara. Frené un poco, fingiendo atarme el zapato, pero en realidad quería olerlo pasar. Pasó, y su aroma me golpeó: mezcla de jabón masculino, sudor fresco y algo salvaje, como testosterona pura.

Volteó. "¡Órale, carnala! ¿Vas pa'l fondo?" gritó con esa voz ronca que vibró en mi pecho. Me reí, neta me salió sola. "¡Simón, wey! ¿Te animas a dar unas vueltas?" respondí, sintiendo un calor que no era del sol. Se llamaba Marco, triatleta profesional, con veintiocho tacos y un cuerpo que parecía esculpido en gimnasio y piscina. Corrimos juntos, hombro con hombro, nuestras piernas sincronizándose. Cada zancada hacía que mis Asics Noosa Tri 8 se flexionaran perfectas, mandándome impulsos eléctricos por las pantorrillas hasta las nalgas.

El aire se llenaba de nuestras respiraciones pesadas, ja-ja-ja, y el roce accidental de su brazo contra el mío era como chispas. Sudábamos a chorros; yo sentía mi short deportivo pegajoso contra la piel, delineando mi concha que empezaba a palpitar de puro deseo. Hablábamos pendejadas: "¿Ya viste qué chingaderas hace el tráfico en Reforma?" decía él, y yo: "Pos ni se diga, pero correr así se siente de naca." Pero por dentro, mi mente era un desmadre: Su boca se ve tan suave, imagínatela en mis pezones... Ay, Ana, no seas mamona.

Después de cinco kilómetros, paramos en un claro sombreado por ahuehuetes. El suelo crujía bajo mis tenis, y me senté en una banca de madera áspera que raspó mis muslos. Marco se acuclilló frente a mí, con las manos en las rodillas, su pecho subiendo y bajando. Olía delicioso, a hombre en movimiento. "Tus Asics Noosa Tri 8 están cañonas, se ven rápidas como tú." Me guiñó el ojo, y su mirada bajó a mis piernas, deteniéndose en cómo las tenis delineaban mis pies arqueados.

Sentí un tirón en el bajo vientre. "¿Quieres tocarlas? Para ver si son tan suaves como parecen." solté, juguetona, con el corazón en la garganta. Se acercó, sus dedos callosos rozando la malla superior. El tacto fue eléctrico: cálido, firme, subiendo despacio por mi empeine. Chingado, esto es demasiado bueno. Nuestros ojos se trabaron, y sin palabras, sus labios encontraron los míos. Beso salado, hambriento, con lengua que sabía a chicle de menta y esfuerzo. Sus manos subieron por mis pantorrillas, masajeando los músculos tensos, mientras yo le clavaba las uñas en los hombros.

"Vamos a mi depa, está a dos cuadras," murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. No lo pensé dos veces. Caminamos rápido, mis Asics pisando aceras calientes, el roce de su mano en mi cintura enviando ondas de calor. Su departamento era minimalista, con vistas al parque, olor a café y sábanas frescas. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Le arranqué la playera, lamiendo el sudor de su abdomen marcado, salado y adictivo. Él me quitó el top, chupando mis tetas con hambre, los pezones endureciéndose como piedras bajo su lengua áspera.

Esto es lo que necesitaba, neta. Sentirlo todo: su peso, su calor, su verga dura contra mí.

Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, y me llevó a la cama king size. Caímos rebotando, riendo como pendejos. Sus manos bajaron mi short, exponiendo mi tanga empapada. "Estás chorreando, preciosa," gruñó, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gimió, un sonido gutural que me erizó la piel.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda mientras me quitaba las tenis. Desató los cordones despacio, sensual, oliendo mis pies sudorosos. "Hasta tus Asics Noosa Tri 8 huelen a sexo." Me masajeó las plantas, lamiendo entre los dedos, y yo arqueé la espalda, gimiendo como loca. Su lengua subió por mis muslos, abriendo mis nalgas para devorar mi concha desde atrás. Lamidas lentas, profundas, chupando mi clítoris hinchado. El placer era un torrente: ja-ja-ja escapando de mi garganta, jugos resbalando por mis piernas.

No aguanté más. "Métemela ya, cabrón," supliqué, volteándome para verlo. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y se hundió en mí de un solo empujón. Lleno, estirándome perfecta. Empezó lento, cada embestida un choque de pieles húmedas, plaf-plaf-plaf, olor a sexo invadiendo la habitación. Aceleró, mis uñas arañando su espalda, piernas enredadas. Sudábamos como en una carrera, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sentía su verga golpeando mi punto G, oleadas de placer subiendo por mi espina.

El clímax nos pegó como un rayo. Yo primero, convulsionando, gritando "¡Sí, chingado, sí!", mi concha apretándolo como un puño. Él se vino segundos después, rugiendo mi nombre, colapsando sobre mí. Permanecimos así, jadeando, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El aire olía a nosotros: sudor, semen, esencia compartida.

Después, en la ducha, el agua caliente lavando el esfuerzo, nos besamos suaves. "Esto fue lo máximo, Ana. ¿Repetimos la carrera?" dijo, guiñando. Sonreí, sintiendo mi cuerpo saciado, poderoso. Salí con las Asics Noosa Tri 8 de nuevo en los pies, pisando el mundo con nueva energía. Neta, esas tenis no eran solo para correr; eran el inicio de algo que me hacía sentir viva, deseada, chida.

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