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El Precio Ardiente del Tri B12 Inyectable

6419 palabras

El Precio Ardiente del Tri B12 Inyectable

En la farmacia del centro de Guadalajara, donde el sol tapatío pega fuerte y el aire huele a café de olla y tacos al pastor, conocí a Karla. Yo era Javier, un médico general de treinta y cinco, con bata blanca que apenas disimulaba mis músculos de gym y una sonrisa que siempre derretía a las pacientes. Ella entró pidiendo tri b12 inyectable precio, con voz ronca que me erizó la piel. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como si fueran invitaciones prohibidas, el cabello negro suelto cayendo en cascada hasta la cintura.

"¿Cuánto cuesta el tri b12 inyectable?", preguntó, mordiéndose el labio inferior mientras sus ojos cafés me recorrían de arriba abajo. Le di el precio, pero no pude evitar notar cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración, el aroma de su perfume floral invadiendo el mostrador como una promesa pecaminosa.

"Este pendejo me mira como si quisiera comerme viva", pensé, mientras yo sentía mi verga endurecerse bajo la bata. "Pero qué rica está, con esas nalgas que piden a gritos una palmada".

Le expliqué los beneficios del tri b12 inyectable: energía pura, vitaminas que avivan el fuego interior. "Es perfecto para cuando necesitas un boost", le dije, acercándome un poco más. Nuestros dedos se rozaron al pasarle la caja, y fue como electricidad pura, un cosquilleo que subió por mi brazo directo a la entrepierna.

Acto uno: la chispa. Karla no era cualquier clienta. Era enfermera en el hospital cercano, y hablábamos de turnos eternos, de cuerpos agotados que pedían alivio. "A veces un shot de tri b12 es lo que salva el día", dijo ella, guiñándome un ojo. Yo propuse aplicárselo ahí mismo, en la sala de procedimientos al fondo. Ella aceptó con una sonrisa pícara: "Solo si me lo pones suavecito, doctor".

La llevé a la habitación privada, cerré la puerta con llave. El aire acondicionado zumbaba bajito, mezclándose con el latido acelerado de mi corazón. Le pedí que se subiera la falda, exponiendo un glúteo redondo y firme, piel morena suave como terciopelo. Limpié la zona con alcohol, el olor punzante contrastando con su esencia dulce de mujer excitada. "Relájate, carnal", murmuré, mientras la aguja entraba precisa. Ella gimió bajito, no de dolor, sino de placer anticipado.

Inyecté el tri b12 inyectable, sintiendo su músculo contraerse bajo mi tacto. Al retirar la aguja, presioné con el algodón, mi pulgar rozando la curva de su nalga. "Listo, pero si quieres más energía... tengo otros remedios". Ella se giró, ojos brillantes, y me jaló por la bata. Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, lenguas danzando como en una fiesta de mariachis, sabor a menta y deseo puro.

Acto dos: la escalada. Sus manos expertas desabotonaron mi bata, bajaron mis pants revelando mi erección tiesa como poste. "¡Órale, qué vergota traes, doctor!", exclamó ella riendo, mientras yo levantaba su vestido, encontrando encaje negro húmedo. El olor a su excitación me mareaba, almizcle caliente que llenaba la habitación. La senté en la camilla, besando su cuello salado, bajando a pechos generosos que liberé del brasier. Chupé sus pezones oscuros, duros como piedras preciosas, mientras ella arqueaba la espalda gimiendo: "¡Ay, papi, no pares!".

Mis dedos exploraron su coño empapado, resbaloso de jugos calientes. La penetré con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. "Estás chingona mojada", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su piel arrebolada. Ella me masturbó con mano firme, piel contra piel resbalando por el precum que brotaba de mi pija. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, jadeos entrecortados, el crujir de la camilla bajo nosotros.

"No puedo creer que esté pasando esto. Su verga es enorme, me va a partir en dos, pero ¡qué rico! El tri b12 ya me prendió el motor".

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. La puse de rodillas, ella devoró mi miembro con labios carnosos, succionando profundo hasta la garganta. Sentí su lengua girar alrededor del glande, saliva tibia chorreando por mis bolas. "¡Métemela ya, Javier!", suplicó, ojos vidriosos de lujuria. La recosté, abrí sus piernas musculosas, y embestí despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo caliente.

Follamos con ritmo creciente: lento al inicio, saboreando cada roce, cada contracción de sus paredes vaginales ordeñándome. El sudor nos unía, piel pegajosa brillando bajo la luz fluorescente. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición. Ella clavó uñas en mi espalda, arañando placer, mientras yo lamía el sudor de su clavícula salada. "¡Más duro, cabrón!", gritó, y aceleré, pelvis chocando contra pelvis con plaf rítmicos, sus tetas rebotando hipnóticas.

Internamente luchaba: "Esto es profesional, pero qué chido se siente. Su culo perfecto, su gemido que me calienta la sangre". Ella confesó en susurros: "Desde que entré supe que te quería dentro, el precio del tri b12 valió cada peso por esto". La volteé a cuatro patas, admirando su ano rosado y coño hinchado invitándome. La penetré de nuevo, palmadas en nalgas resonando como aplausos, rojo marcado en piel canela.

Acto tres: la liberación. El clímax se acercaba como volcán. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en palenque, caderas girando en círculos mágicos. Sentí sus jugos correr por mis bolas, el calor insoportable. "¡Me vengo, Javier!", chilló, cuerpo convulsionando, coño apretándome como prensa. Eso me lanzó al abismo: corrí dentro de ella, chorros calientes llenándola, gemido gutural escapando mi garganta.

Colapsamos jadeantes, pieles pegadas en sudor compartido. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas. El aroma a semen y femenino flotaba, mezclado con el leve antiséptico de la sala. "Eso fue mejor que cualquier inyección", murmuró ella, trazando círculos en mi pecho.

Nos vestimos riendo bajito, prometiendo discreción pero no repetición. Salí a la farmacia con piernas flojas, el tri b12 inyectable precio olvidado en su mente como excusa perfecta. Ella se fue contoneando, dejando estela de deseo. Yo, con sonrisa boba, atendí al siguiente cliente pensando: "Qué vida chida".

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