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Tríos de Maduras Insaciables

7778 palabras

Tríos de Maduras Insaciables

Era una noche calurosa en la playa de Puerto Vallarta, de esas que te pegan el sudor a la piel y te hacen soñar con cuerpos frescos rozándose bajo las estrellas. Yo, un wey de treinta y tantos, acababa de llegar de un viaje de trabajo y me hospedaba en un resort chido con vista al mar. No buscaba nada serio, solo relajarme con una chela fría y quizás coquetear un poco. Pero la vida, esa pinche cabrona, siempre tiene sorpresas.

Ahí estaban ellas, sentadas en la barra del bar playero: Laura y Carmen, dos maduras que desprendían un fuego que ni el Pacífico podía apagar. Laura, con sus cuarenta y tantos bien llevados, tenía el cabello negro azabache cayéndole en ondas sobre los hombros bronceados, y un vestido rojo ceñido que marcaba curvas generosas, pechos plenos que se movían con cada risa. Carmen, un poco más alta, con labios carnosos pintados de rojo fuego y ojos que te desnudaban con una mirada, llevaba un pareo transparente que dejaba ver sus muslos firmes y torneados. Ambas olían a coco y vainilla, mezclado con ese aroma almizclado de mujer madura que te eriza la piel.

Me acerqué con una sonrisa pícara, pidiendo tres tequilas reposados. ¿Qué hacen dos bellezas como ustedes solas en una noche como esta? les dije, y ellas soltaron una carcajada ronca, de esas que vibran en el pecho. Laura me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios. Buscando diversión, guapo. ¿Y tú? respondí que lo mismo, y en minutos ya charlábamos como viejos amigos. Hablaron de sus vidas: Laura, divorciada y dueña de un spa en Guadalajara; Carmen, viuda con un negocio de joyería en la CDMX. Maduras, independientes, con esa confianza que solo viene con los años.

La tensión creció con cada sorbo. Sus manos rozaban mi brazo al reír, sus rodillas se pegaban a las mías bajo la barra. Sentía el calor de sus cuerpos, el roce suave de la piel contra mi camisa. Estas chavas saben lo que quieren, pensé, mientras mi verga empezaba a endurecerse solo de imaginarlas. Carmen susurró: Nos encantan los tríos de maduras, ¿sabes? Pero solo con alguien que nos siga el paso. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tambor en las sienes.

Subimos a la suite de ellas, una habitación amplia con balcón al mar, luces tenues y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos. El aire estaba cargado de sal y anticipación. Laura me besó primero, sus labios suaves y calientes, saboreando a tequila y miel. Su lengua se enredó con la mía, mientras Carmen se pegaba por detrás, sus tetas grandes presionando mi espalda, manos bajando por mi pecho hasta mi cinturón.

¿Esto está pasando de veras? Dos maduras así, devorándome como si fuera su última cena. Neta, esto es un sueño chingón.

Me desvistieron lento, torturándome con caricias. Laura se arrodilló, desabrochando mi pantalón, y sacó mi verga ya tiesa como palo. Mira qué rica, Carmen, dijo con voz ronca, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando el precum salado. El calor de su boca me hizo gemir, el sonido ahogado por el beso de Carmen, que me mordisqueaba el cuello, oliendo a perfume floral y deseo crudo.

Las tumbé en la cama king size, quitándoles la ropa con urgencia contenida. Laura tenía pezones oscuros y erectos, grandes como monedas, que chupé hasta que gimió alto, arqueando la espalda. Su concha estaba depilada, hinchada y mojada, brillando bajo la luz de la luna que entraba por el balcón. Carmen, con vello recortado en triángulo negro, se tocaba mientras me veía devorar a su amiga. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle dulce y sudor fresco.

Empecé con Laura, metiendo dos dedos en su calor resbaloso, curvándolos para rozar ese punto que la hizo gritar ¡Ay, cabrón!. Carmen se unió, besando los pechos de Laura, lamiendo un pezón mientras yo la follaba con la mano. Sus gemidos se mezclaban con el rumor del mar, un coro erótico que me ponía al borde. No aguanto más, pensé, pero quise alargar el juego.

Cambiaron posiciones. Carmen se sentó en mi cara, su concha goteando jugos en mi lengua. Sabía a sal y néctar, espesa y adictiva. La chupé con hambre, succionando el clítoris hinchado mientras Laura montaba mi verga, bajando despacio, centímetro a centímetro. Su interior era un horno apretado, paredes aterciopeladas ordeñándome. ¡Sí, así, métemela toda, pendejo caliente! gritó Laura, cabalgándome con ritmo experto, sus nalgas rebotando contra mis muslos, piel sudorosa chocando con un plaf plaf húmedo.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sentía el pulso de Carmen en mi boca, su clítoris palpitando mientras la llevaba al orgasmo. Se convulsionó, ahogando un grito en la almohada, inundándome la cara con su corrida dulce. Laura aceleró, sus tetas saltando, uñas clavándose en mi pecho. Me vengo, chulo, ¡me vengo! Su concha se contrajo como puño, ordeñándome hasta que exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras rugía de placer.

Pero no pararon. Maduras insaciables, como el título de nuestra noche. Cambiamos: yo de rodillas, Carmen chupándome la verga aún dura, relamiendo mi semen mezclado con los jugos de Laura. Laura se puso a cuatro patas, ofreciéndome su culo redondo. La penetré por detrás, lento al principio, sintiendo su esfínter ceder, apretado y caliente. Carmen lamía mis huevos, succionando mientras yo embestía, el sonido de carne contra carne llenando el aire, mezclado con sus jadeos.

Esto es el paraíso, wey. Dos cuerpos maduros, curvas perfectas, entregándose sin reservas. Su piel contra la mía, el olor a sexo puro, el sabor en mi boca... no quiero que acabe nunca.

Laura se tocaba el clítoris, gimiendo como loca. Más fuerte, mamacita te lo pide! La cogí con todo, mis caderas chocando, sudor goteando por mi espalda. Carmen se metió debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga entrando y saliendo. El placer era abrumador, una ola building up desde los huevos hasta el cerebro. Laura se vino primero, temblando, gritando al mar. Carmen la besó, compartiendo saliva y gemidos, mientras yo las veía, al borde otra vez.

Me tumbaron boca arriba. Ambas se turnaron montándome, primero Carmen con su concha profunda y jugosa, luego Laura frotando su clítoris contra mi pubis. Sus cuerpos se rozaban, tetas aplastadas, besos lésbicos calientes sobre mí. El olor a conchas mojadas, semen y sudor era embriagador, como un elixir prohibido. Sentía sus pulsos acelerados, pieles febriles, el roce de muslos suaves envolviéndome.

El clímax llegó en cadena. Carmen se vino cabalgándome, su interior convulsionando. Laura se frotó contra nosotros hasta explotar, chorros calientes salpicando mi pecho. Yo no pude más: saqué la verga y eyaculé sobre sus tetas, chorros blancos cubriendo pezones duros, mientras ellas se lamían mutuamente, saboreando mi leche con risas roncas.

Nos derrumbamos en la cama, jadeando, cuerpos entrelazados en un nudo sudoroso. El mar susurraba afuera, fresco contraste al calor nuestro. Laura acarició mi mejilla: Eres perfecto para tríos de maduras como nosotras. Carmen rio, besándome el hombro. Esto fue más que sexo, pensé, fue conexión pura, empoderamiento compartido.

Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas, risas y besos suaves. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con promesas de más noches. Me fui con el cuerpo saciado, el alma encendida, sabiendo que los tríos de maduras como este cambian todo. Neta, México sabe a placer eterno.

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