Intento Con Macy Gray En Español
Estaba en un bar chido de la Roma, con luces tenues y ese olor a mezcal que te envuelve como un abrazo caliente. La neta, no planeaba nada esa noche, solo quería un trago después del pinche trabajo. Pero entonces la vi: Macy, sentada en la barra, con el pelo negro ondulado cayéndole por los hombros y una sonrisa que prometía pecados. Su voz, ronca como la de la cantante gringa Macy Gray, me erizó la piel cuando pidió su tequila reposado. Órale, wey, esta morra es fuego puro, pensé mientras me acercaba, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
—¿Qué onda? ¿Te conozco de algún lado? le solté, sentándome a su lado. El aroma de su perfume, mezclado con jazmín y algo más salvaje, me pegó directo en la nariz.
Ella giró, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos. —Nah, pero siéntete libre de intentarlo, guapo. Soy Macy. ¿Y tú?
Juan, respondí, pidiendo dos shots. Charlamos de música, y de repente sacó su teléfono. —Mira, mi favorita. ¿Conoces a Macy Gray? Puso I Try, esa rola rasposa que habla de intentar resistir pero no poder. Yo, pendejo, saqué el mío y busqué "i try macy gray español" para ver si había versión en nuestro idioma. —Intento buscarla en español, pa' cantártela, le dije riendo, pero la química ya ardía. Sus dedos rozaron mi mano al tomar el shot, y sentí un chispazo eléctrico subiéndome por el brazo. El sabor salado de la lima en sus labios me llamó como un imán.
La noche avanzó con risas y miradas que decían todo. Ella hablaba con ese acento chilango suave, contando anécdotas de fiestas en la Condesa. Yo sentía el calor de su muslo contra el mío bajo la barra, el pulso acelerado latiéndome en las sienes.
No la cagues, Juan. Solo charla, no la invites ya, me dije, pero su risa ronca deshacía mis defensas. Al final, cuando la rola sonó de nuevo, me miró fijo: —¿Vamos a mi depa? Vivo cerca. Mi sí salió como un suspiro.
El taxi fue tortura deliciosa. Su mano en mi pierna, subiendo despacio, el roce de sus uñas sobre el denim me ponía la verga dura como piedra. Olía a su excitación sutil, ese almizcle femenino que se mezcla con el sudor ligero de la noche mexicana. Llegamos a su edificio en la Juárez, un lugar nice con balcón y vistas al Paseo. Apenas cerramos la puerta, sus labios chocaron contra los míos. Sabían a tequila y deseo puro, su lengua danzando con la mía en un ritmo frenético. La apreté contra la pared, sintiendo sus tetas firmes aplastándose en mi pecho, los pezones ya duros como balines bajo la blusa.
—Te quiero tanto, wey, murmuró ella, quitándome la camisa con urgencia. Sus manos exploraban mi torso, uñas arañando suave mi piel, enviando ondas de placer hasta mi entrepierna. Yo bajé la cremallera de su falda, revelando unas tangas negras que apenas cubrían su concha jugosa. El olor a su humedad me invadió, dulce y salado, haciendo que mi boca se hiciera agua. La cargué al sofá, besando su cuello, lamiendo el sudor salobre que perlaba su clavícula. Ella gemía bajito, ¡Ay, cabrón, no pares!, arqueando la espalda.
Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, el calor de su cuerpo contra el mío como una fogata en el desierto. Sus tetas perfectas, medianas y redondas, con areolas oscuras que invite a morder. Chupé un pezón, succionando fuerte, mientras mi mano bajaba a su entrepierna. Estaba empapada, los labios hinchados y resbalosos. Metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo su concha se contraía alrededor, caliente y apretada. —¡Sí, métemela toda! gritó, sus caderas moviéndose al ritmo de mi mano. El sonido húmedo de sus jugos era música obscena, mezclada con su voz rasposa jadeando mi nombre.
Pero quería más. La puse de rodillas, mi verga palpitante frente a su cara. Ella la miró con hambre, lamiendo la punta donde pregonaba una gota clara. —Qué rica verga, Juan, dijo antes de engullirla. Su boca era paraíso: cálida, húmeda, la lengua girando alrededor del glande mientras succionaba profundo. Sentí su garganta apretándome, el ronroneo de su garganta vibrando en mi carne. Agarré su pelo, follando su boca suave, el olor a sexo llenando la habitación. No voy a durar si sigue así, pensé, retirándome con esfuerzo.
La tiré en el sofá, abriéndole las piernas. Su concha brillaba, invitadora. Me hundí en ella de un solo empujón, sintiendo cómo me tragaba entera, caliente y viscosa. —¡Chingada madre, qué apretada! grité, embistiéndola fuerte. Sus paredes se contraían, ordeñándome, mientras sus uñas clavadas en mi espalda me marcaban. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con sus alaridos: ¡Más duro, pendejo, rómpeme! Sudábamos a chorros, el olor almizclado de nuestro arousal impregnando el aire. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, tetas rebotando, pelo volando. Yo pellizcaba sus nalgas firmes, sintiendo el vaivén hipnótico.
La tensión crecía, mis bolas apretadas listas para explotar. La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. Entré de nuevo, profundo, golpeando su clítoris con los dedos. Ella temblaba, gritando: —¡Me vengo, wey, no pares! Su concha se convulsionó, ordeñándome en oleadas, jugos chorreando por mis muslos. Eso me llevó al límite. —¡Me vengo yo también! rugí, llenándola de leche caliente, pulsación tras pulsación, hasta que colapsamos exhaustos.
Nos quedamos abrazados en el sofá, el aire pesado con olor a sexo y sudor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón desacelerarse. —Qué chingón estuvo eso, susurró ella, besándome el cuello. Yo acariciaba su espalda, sintiendo la suavidad de su piel, el leve temblor post-orgasmo. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese momento, éramos solo nosotros.
Intenté resistir, pero con Macy Gray en español, ¿quién podría?Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches calientes.