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Trío XXX Español Inolvidable

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Trío XXX Español Inolvidable

La noche en Playa del Carmen estaba cargada de ese calor pegajoso que te envuelve como un abrazo húmedo, con el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena y el olor a salitre mezclado con coco de los tragos. Yo, Alex, había llegado con mi novia Ana para unas vacaciones chidas, de esas que te sacan del pinche estrés de la Ciudad de México. Ana, con su piel morena brillando bajo las luces de la fiesta playera, movía las caderas al ritmo de la cumbia rebajada que ponía el DJ. Qué mamacita, pensé, mientras la veía bailar, su vestido ligero pegándose a sus curvas por el sudor.

Entonces apareció Carla. Wey, parecía salida de un sueño caliente: cabello negro largo, ojos cafés intensos y un cuerpo que gritaba pecado, con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Era de Guadalajara, nos dijo, aquí de pinta sola. Nos topamos en la barra, pidiendo unos micheladas bien frías. "¡Salud, carnales!", exclamó con esa sonrisa pícara que te hace sudar más que el trópico. Charlamos de la vida, de lo chido que era desconectarse, y pronto los tres estábamos riendo como viejos compas. Ana me miró con esa chispa en los ojos, la que conozco bien: deseo puro. El aire se sentía espeso, cargado de promesas.

Al rato, bailamos los tres pegaditos. Sentí el roce de las nalgas de Carla contra mi entrepierna mientras Ana se apretaba por delante, sus pechos suaves presionando mi pecho. El olor de sus perfumes se mezclaba con el sudor salado, y el pulso de la música retumbaba en mis venas como un tambor. "¿Qué onda si nos vamos a mi suite?", propuso Carla con voz ronca, mordiéndose el labio. Ana y yo nos miramos, y supe que era un sí rotundo.

"Esto va a estar de poca madre",
murmuró Ana en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel.

Subimos al hotel, el elevador oliendo a su excitación creciente. Apenas cerramos la puerta de la suite, con vista al mar oscuro, Ana se lanzó sobre Carla. Sus labios se unieron en un beso húmedo y profundo, lenguas danzando mientras yo las veía, mi verga ya dura como piedra dentro del short. Me acerqué por detrás a Ana, besando su cuello, saboreando el salitre de su piel. Mis manos bajaron a sus tetas, apretándolas suave, sintiendo los pezones endurecerse bajo la tela. Carla gemía bajito, "Ay, wey, qué rico", mientras sus dedos se colaban bajo el bikini de Ana.

Nos desvestimos despacio, saboreando cada revelación. La piel de Carla era suave como seda, con un tatuaje de una rosa en la cadera que me invitaba a lamerlo. Ana, con sus curvas generosas, se veía como una diosa mexicana. Me arrodillé frente a ellas, inhalando el aroma almizclado de sus conchas húmedas. Esto es un trío xxx español de los buenos, pensé, recordando esas fantasías que habíamos platicado en la cama. Lamí primero a Ana, su clítoris hinchado palpitando en mi lengua, sabor salado y dulce como maracuyá maduro. Ella jadeaba, "¡Sí, cabrón, así!", tirando de mi pelo.

Carla no se quedó atrás. Se abrió de piernas en la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo su peso. Su concha depilada brillaba de jugos, y la penetré con la lengua, chupando fuerte mientras mis dedos jugaban con sus labios hinchados. Ana se unió, besando a Carla y frotando sus tetas contra las de ella. El sonido de sus gemidos llenaba la habitación, mezclado con el lejano rumor del mar. Mi verga latía, pidiendo acción, pero quería alargar el tormento.

¿Cuánto más aguantamos antes de explotar?

La tensión subía como la marea. Ana me jaló al centro de la cama, montándose en mi cara mientras Carla se tragaba mi verga entera. ¡Puta madre! Su boca era un horno húmedo, lengua girando alrededor del glande, succionando con fuerza que me hacía arquear la espalda. Saboreaba mi precum salado, gimiendo vibraciones que me volvían loco. Ana cabalgaba mi lengua, sus jugos chorreando por mi barbilla, olor a mujer en calor invadiendo mis sentidos. "¡Chúpame más, amor!", rogaba, sus muslos temblando apretándome la cabeza.

Cambié posiciones, el sudor nos pegaba como glue. Puse a Carla a cuatro patas, su culo redondo invitándome. Entré en ella despacio, sintiendo su concha apretada envolviéndome centímetro a centímetro, calor líquido apretándome la verga. Ana se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mis huevos y el clítoris de Carla. Esto es puro fuego, pensé, embistiendo más fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos. Carla gritaba, "¡Métemela toda, pendejo caliente!", empujando hacia atrás. El olor a sexo era espeso, almizcle y sudor, con toques de su loción de vainilla.

Ana no quería quedarse fuera. Se subió encima de Carla, en 69 invertido, y yo salí de Carla para metérmela en Ana, alternando entre las dos. Sus conchas idénticas en calor pero distintas en sabor: Ana más dulce, Carla más intensa. Gemían en coro, cuerpos entrelazados brillando de sudor bajo la luz tenue. Mis manos amasaban tetas, pellizcaban pezones, mientras internalmente luchaba por no correrme ya.

Calma, wey, haz que dure
, me dije, sintiendo el orgasmo acechando como tormenta.

El clímax se acercaba imparable. Puse a Ana de misionero, follándola profundo mientras Carla se sentaba en su cara, frotando su concha contra la boca de Ana. Yo besaba a Carla, probando mis propios sabores en su lengua. El ritmo se aceleró, embestidas salvajes, camas crujiendo al borde del colapso. "¡Me vengo, cabrones!", aulló Carla primero, su cuerpo convulsionando, jugos salpicando la cara de Ana. Ana siguió, su concha contrayéndose alrededor de mi verga como un puño, "¡Sí, sí, Alex, lléname!". No aguanté más: corrí dentro de Ana con un rugido gutural, chorros calientes inundándola, placer cegador explotando en mi cerebro.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose al unísono. El aire olía a sexo satisfecho, con el mar susurrando afuera como aplauso. Carla nos besó a ambos, "Qué trío xxx español tan chingón", riendo suave. Ana se acurrucó en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía, mientras Carla trazaba círculos en mi abdomen. Esto no fue solo sexo, fue conexión pura, reflexioné, sintiendo un calor emocional que rivalizaba con el físico.

Nos quedamos así hasta el amanecer, platicando pendejadas, prometiendo más noches así. La playa se tiñó de rosa, y supe que este trío había marcado algo profundo en nosotros. No era solo placer carnal; era libertad, confianza, el pinche éxtasis de compartir sin celos. Ana me guiñó el ojo,

"Repetimos, ¿verdad?"
. Sonreí. Claro que sí, mamacita. Claro que sí.

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