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Cantinero El Tri Letra Ardiente

7456 palabras

Cantinero El Tri Letra Ardiente

Entré a la cantina El Águila Dorada con el cuerpo pesado del día que me había exprimido como limón en tequila. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor terroso a cerveza derramada que te pega en la nariz como un beso inesperado. La música tronaba fuerte, y justo en ese momento arrancó Cantinero de El Tri, la letra cruda y rockera que siempre me ponía la piel chinita. "¡Soy cantinero y qué!" gritaba la voz rasposa de Álex Lora, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, como si la canción me estuviera llamando.

Me acomodé en la barra de madera astillada, mis jeans ajustados rozando las nalgas contra el taburete alto. El cantinero se volteó hacia mí, y ¡órale! qué tipo. Alto, con brazos como troncos de mezquite, tatuajes asomando por las mangas arremangadas de su camisa negra, y una barba de tres días que le daba ese aire de pendejo peligroso pero chido. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que el escote de mi blusa roja no disimulaba. "¿Qué se te ofrece, preciosa?" dijo con voz grave, como si estuviera recitando la letra de la rola que aún sonaba.

¡Neta, este vato es el cantinero de la letra de El Tri hecho carnal! Me imaginé esas manos grandes sirviéndome más que un trago.

"Un tequila reposado, doble, con limón y sal" respondí, ladeando la cabeza y mordiéndome el labio. Él sonrió de lado, esa sonrisa que te derrite las rodillas, y preparó el trago con movimientos precisos. El cristal del vaso tintineó contra la barra, el líquido ámbar brilló bajo la luz mortecina de las lamparitas colgadas. Me lo pasó rozando mis dedos con los suyos, un toque eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho. Tomé la sal, la lamí de mi mano –lenta, mirándolo fijo– y luego el tequila quemó mi garganta como fuego vivo, el limón fresco explotando en mi lengua.

La cantina bullía: rancheros riendo a carcajadas, el clink de botellas chocando, el sudor de los cuerpos bailando al ritmo que ahora había cambiado a cumbia rebajada. Pero yo solo lo veía a él, al cantinero que limpiaba vasos con un trapo mientras tarareaba bajito la letra de El Tri. "Cantinero, cantinero, ¿por qué tan amargado?" le dije juguetona, citando la rola. Él carcajeó, profundo, y se inclinó sobre la barra, su aliento a menta y tabaco rozando mi oreja.

"No estoy amargado, mamacita. Solo esperando a la clienta correcta para endulzar la noche." Sus palabras me erizaron la nuca. Pedí otro trago, y esta vez él se quedó platicando. Se llamaba Marco, treinta y tantos, viudo hace un par de años –nada de dramas pesados, solo vida que sigue–. Yo le conté de mi curro estresante en la oficina del centro, cómo necesitaba soltar el estrés. Nuestras risas se mezclaban con la música, sus ojos devorándome, mi pie rozando su pierna por "accidente" bajo la barra.

El calor subía, no solo del tequila. Sentía mi piel ardiendo, el pulso latiendo fuerte en mi cuello, el aroma de su colonia masculina –mezclada con sudor fresco– invadiendo mis sentidos. "¿Bailas?" me preguntó cuando sonó una balada norteña lenta. Lo seguí a la pista improvisada, su mano grande en mi cintura, firme pero suave, guiándome. Nuestros cuerpos se pegaron, mis pechos contra su torso duro, sus caderas presionando las mías al ritmo. Olía a él por todos lados, piel salada, deseo crudo. Mi mano subió por su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo la camisa.

¡Qué chingón se siente esto! Como si la letra del Cantinero de El Tri se hubiera vuelto real, pero en vez de amargura, pura pasión contenida a punto de estallar.

Volvimos a la barra, pero la tensión era palpable, como electricidad estática antes de la tormenta. "¿Quieres que cerremos temprano?" murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Asentí, el corazón martillándome el pecho. Apagó las luces principales, dejó solo un foco tenue, y echó llave a la puerta. La cantina se volvió nuestro mundo privado: el eco de la música de fondo, el olor a madera vieja y excitación flotando.

Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a tequila y hambre, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello oscuro. Me levantó sobre la barra, el frío de la madera contrastando con el calor de sus palmas subiendo por mis muslos, desabrochando mis jeans. "Eres una tentación, pinche diosa" gruñó, bajando la cabeza para morder mi cuello suave, chupando hasta dejar una marca rosada.

Le arranqué la camisa, exponiendo su pecho velludo y tatuado –un águila con serpiente, puro México en su piel–. Mis uñas rasguñaron bajito, sintiendo su piel erizarse. Él me quitó la blusa, liberando mis tetas, y su boca las devoró: lengua girando en mis pezones duros, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. El placer era un rayo, bajando directo a mi entrepierna húmeda, palpitante. "¡Ay, Marco, no pares!" jadeé, mis caderas moviéndose solas contra su erección dura como fierro bajo los pantalones.

Me bajó los jeans y la tanga, sus dedos gruesos abriéndose paso entre mis pliegues resbalosos. "Estás chorreando, carnala" dijo ronco, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo ahí, frotando mi punto G con maestría. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes vacías, mis jugos cubriendo su mano. Él se arrodilló, su lengua reemplazando los dedos: lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores, metiendo la lengua profunda. Saboreaba mi miel salada-dulce, gruñendo de placer. Mis muslos temblaban, apretando su cabeza, el orgasmo construyéndose como ola gigante.

Lo jalé arriba, desesperada. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, bombeándola lento mientras él jadeaba. "Métemela ya, pendejo" le ordené juguetona. Se rio, me penetró de un empujón firme, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Su grosor estirándome, rozando cada pared sensible. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para entrar duro, nuestros cuerpos chocando con plaf húmedos.

La barra crujía bajo nosotros, sudor resbalando por su espalda que yo lamía, saboreando sal. Aceleró, mis piernas alrededor de su cintura, uñas clavadas en sus nalgas empujándolo más adentro. "¡Sí, así, cabrón! ¡Más fuerte!" gritaba, mi voz ronca. Él me besaba salvaje, mordiendo labios, lenguas batallando. El clímax me golpeó como rayo: mi coño apretándolo en espasmos, chorros de placer mojando sus bolas, el mundo explotando en luces blancas.

Marco rugió, hinchándose más, y se corrió dentro, chorros calientes bañándome las entrañas. Colapsamos jadeantes, su peso delicioso sobre mí, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Me bajó con cuidado, limpiándonos con el trapo de la barra, riendo bajito.

Nos vestimos entre caricias, el aroma de sexo impregnando el aire. "La letra de El Tri nunca sonó tan chida como esta noche" dije, besándolo una última vez. Él sonrió, abriendo la puerta. Salí al fresco de la noche, piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción. Caminé a mi casa con una sonrisa pendeja, sabiendo que volvería por más de ese cantinero y su letra ardiente.

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