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El Trío de Colegialas Prohibidas

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El Trío de Colegialas Prohibidas

Era una noche de esas que te prenden el alma en la Ciudad de México, con el aire cargado de humedad y el bullicio de Polanco de fondo. Yo, Alex, acababa de cumplir veintiocho y andaba en una fiesta privada en un penthouse de lujo, rodeado de gente guapa y copas que no paraban de llenarse. El DJ soltaba un ritmo reggaetón que hacía vibrar el piso, y el olor a tequila reposado se mezclaba con perfumes caros. Ahí las vi por primera vez: tres morras que se veían como salidas de un sueño húmedo, vestidas con falditas plisadas cortísimas, blusitas blancas semitransparentes atadas al ombligo y calcetas altas que subían hasta los muslos. Colegialas, neta, pero no cualquieras. Eran adultas, de esas que juegan a ser chicas malas de la prepa, con curvas que gritaban experiencia y ojos que prometían travesuras. Se llamaban Carla, Sofía y Daniela, todas en sus veintitantos, amigas de la uni que habían armado ese disfraz para la fiesta temática.

Me acerqué con una cerveza en la mano, sintiendo el pulso acelerado como tamborazo zacatecano. Órale, carnalas, ¿vienen a romper corazones o qué? les dije, con esa sonrisa pícara que siempre me saca del apuro. Carla, la morena de pelo largo y labios carnosos, se rio primero, su voz ronca como el humo de un buen puro. Mejor a romper otras cosas, ¿no crees? respondió, rozando mi brazo con sus uñas pintadas de rojo. El tacto fue eléctrico, piel suave contra mi piel erizada. Sofía, la güerita con tetas que desafiaban la gravedad de la blusa, me guiñó un ojo, y Daniela, la de ojos verdes y culo redondo que se marcaba bajo la falda, me pasó un shot de tequila directo de su boca a la mía. El líquido ardiente bajó quemando, con sabor a limón y sal en su lengua jugosa.

Empezamos a platicar, bailando pegaditos en la pista improvisada. Sus cuerpos se movían contra el mío, caderas ondulando al ritmo, sudorcitas brillando bajo las luces neón. Olía a vainilla y a algo más primitivo, ese aroma de hembra en celo que te pone la verga dura como piedra. ¿Qué chingados estoy haciendo? Tres pinches diosas queriendo juego... pensé, mientras Carla susurraba en mi oído: Nosotros tres somos un trío de colegialas que necesita un profesor particular esta noche. Su aliento caliente me erizó el vello de la nuca.

Acto uno: La chispa

Nos salimos del penthouse hacia el balcón, donde la brisa fresca de la medianoche contrastaba con el calor de nuestros cuerpos. La ciudad se extendía como un mar de luces, el sonido lejano de cláxones y risas. Nos sentamos en unas loungers, ellas a mi alrededor, piernas entrelazadas con las mías. Sofía se recargó en mi pecho, su mano bajando despacito por mi abdomen, dedos juguetones rozando el botón del pantalón. ¿Te late el roleplay, profe? Somos tus alumnas traviesas, murmuró Daniela, lamiéndose los labios mientras desabotonaba mi camisa. El roce de sus yemas era seda contra mi piel tensa, y mi corazón latía como motor de vocho tuneado.

Carla tomó la iniciativa, besándome con hambre, su lengua explorando mi boca como si fuera un territorio virgen. Sabía a tequila y a menta, dulce y picante. Sofía y Daniela no se quedaron atrás; una chupaba mi cuello, dejando marcas húmedas que ardían delicioso, la otra masajeaba mi paquete por encima del jeans, sintiendo cómo se ponía tieso. Neta, esto es un sueño, no mames, me dije, mientras mis manos subían por sus muslos suaves, sintiendo la humedad que ya empapaba sus tanguitas. El aire olía a jazmín del jardín y a su excitación, ese musk femenino que te nubla la razón.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Querían más, y yo también. Vámonos a mi depa, está cerca, propuse, voz ronca. Ellas asintieron, ojos brillantes de deseo puro.

Acto dos: La escalada

Mi departamento en la Roma era perfecto: luces tenues, cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban al pecado. Apenas cerramos la puerta, se desataron. Carla me empujó contra la pared, besándome con furia mientras Sofía y Daniela se quitaban las blusitas, revelando senos perfectos, pezones rosados endurecidos como cherritos. El sonido de cremalleras y telas cayendo al suelo era música erótica, piel contra piel resonando en el silencio.

Las llevé a la cama, desnudándolas despacio para saborear cada centímetro. Carla tenía un tatuaje de rosa en la cadera, que lamí con devoción, sintiendo su temblor y el gemido gutural que soltó. ¡Ay, cabrón, qué rico! exclamó, arqueando la espalda. Sofía se sentó en mi cara, su coñito depilado y jugoso rozando mis labios. La probé, salada y dulce como mango con chile, lengua hundiéndose en sus pliegues mientras ella se mecía, gimiendo Sí, profe, chúpame así. El olor de su arousal me volvía loco, mezclado con su perfume floral.

Daniela no esperaba; montó mi verga dura como fierro, deslizándose despacio, centímetro a centímetro. El calor de su interior me envolvió, apretado y húmedo, como terciopelo vivo. Pinche paraíso, tres morras adultas y cachondas, todo consensual y al tiro, pensé, mientras empujaba hacia arriba, sintiendo sus paredes contraerse. Rotamos posiciones: yo de rodillas, cogiendo a Carla por atrás, nalgadas suaves que sonaban como aplausos, su culo rebotando contra mi pelvis. Sofía y Daniela se besaban entre ellas, lenguas enredadas, manos en tetas ajenas, gimiendo en coro.

La intensidad subía. Sudor perlando sus cuerpos, resbalando por curvas, salado en mi lengua cuando las besaba. El cuarto olía a sexo puro: fluidos, piel caliente, un toque de Chanel No5. Internamente luchaba por no acabar pronto, Aguanta, pendejo, hazlas gozar primero. Las hice correrse una por una: Carla gritando mi nombre al frotarle el clítoris, Sofía convulsionando en mi boca, Daniela apretándome hasta el límite con sus contracciones.

Ellas me voltearon, trío de colegialas dominantes ahora. Me mamaron en tándem: Carla chupando la cabeza, lengua girando como tornado, Sofía lamiendo las bolas con succiones suaves, Daniela metiendo un dedo juguetón en mi culo para masajear la próstata. El placer era cegador, venas pulsando, bolas tensas. Córrete para nosotras, profe, suplicó Sofía, voz entrecortada.

Acto tres: El clímax y el eco

No aguanté más. Me puse de pie, ellas arrodilladas como diosas paganas. Eyaculé en chorros calientes, salpicando tetas, caras, lenguas ávidas que lo lamían todo. El orgasmo me sacudió como terremoto, piernas temblando, visión borrosa. Ellas se rieron, besándose con mi semen en la boca, compartiendo el trofeo con gemidos satisfechos.

Caímos en la cama exhaustos, cuerpos entrelazados en un nudo pegajoso de sudor y fluidos. El silencio roto solo por respiraciones jadeantes y el zumbido del aire acondicionado. Carla trazaba círculos en mi pecho con su uña. Eres el mejor profe que hemos tenido, carnal, dijo Sofía, besándome la frente. Daniela acurrucada en mi otro lado, suspiro contento: Esto hay que repetirlo, neta.

Me quedé pensando en el balcón de la fiesta, cómo un roce inocente derivó en esta locura gloriosa. Sus pieles suaves contra la mía, el calor residual de sus coños, el sabor persistente en mi boca. No era solo sexo; era conexión, deseo mutuo que nos empoderaba a todos. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que este trío de colegialas había marcado mi alma para siempre. Nos despedimos con promesas de más noches locas, cuerpos satisfechos y sonrisas picas.

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