Encuentros Ardientes en el Teatro Octavio Trias
El aire de la noche en Polanco olía a jazmín y a promesas ocultas cuando crucé la entrada del Teatro Octavio Trias. Mi vestido negro ceñido rozaba mi piel como una caricia prohibida, y cada paso en mis tacones altos resonaba con la anticipación que me quemaba por dentro. Había quedado con él, Rodrigo, un tipo que conocí en una galería de arte la semana pasada. Sus ojos oscuros y esa sonrisa pícara me habían perseguido en sueños. Neta, ¿qué estoy haciendo? pensé, pero mi cuerpo ya sabía la respuesta.
El vestíbulo estaba lleno de gente elegante, copas de champagne tintineando, risas suaves flotando como humo. Lo vi de inmediato, apoyado en una columna, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes.
"¡Órale, qué chula llegas!"dijo acercándose, su voz grave enviando un escalofrío por mi espina. Me besó la mejilla, pero su aliento cálido se demoró en mi oreja, oliendo a menta y deseo.
Nos acomodamos en un palco privado, uno de esos rincones íntimos del Teatro Octavio Trias que parecen hechos para secretos. Las luces bajaron, el telón se abrió, y la obra empezó con una sinfonía de violines que vibraba en mi pecho. Rodrigo tomó mi mano, sus dedos ásperos entrelazándose con los míos, suaves por el lotion de vainilla que me había puesto. Su piel es tan cálida, como si me quemara desde adentro, pensé mientras él trazaba círculos lentos en mi palma.
La actriz en escena declamaba versos de pasión, pero yo solo sentía el pulso acelerado de Rodrigo latiendo contra mi muñeca. Su muslo rozó el mío, accidental al principio, luego intencional. El roce de su pantalón contra mi seda era eléctrico, un cosquilleo que subía por mis piernas. Olía su colonia, madera y cítricos, mezclada con el leve sudor de excitación que empezaba a perfumar el aire confinado del palco.
No puedo concentrarme en la pinche obra, me dije, mordiéndome el labio. Él se inclinó, sus labios rozando mi oreja:
"¿Sabes qué me dan ganas de hacerte aquí mismo, wey?"Susurró, y su aliento caliente me erizó la piel del cuello. Mi corazón tronó como tambores en la orquesta. Asentí apenas, el deseo ya humedeciendo mis bragas de encaje.
Acto primero terminó, pero nosotros apenas empezábamos. En el intermedio, bajamos al bar, sus manos en mi cintura guiándome como si ya me poseyera. Pedimos tequilas, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego líquido.
"Eres una tentación, Ana. Esa forma en que te mueves... me tienes loco."Dijo, sus ojos devorándome. Le sonreí, juguetona:
"Pues haz algo al respecto, cabrón."Nuestros labios se encontraron en un beso voraz, lenguas danzando con sabor a tequila y urgencia. Sus manos bajaron a mis caderas, apretándome contra su dureza creciente. ¡Qué verga tan dura ya! Grité en mi mente, sintiendo su erección presionando mi vientre.
Volvimos al palco para el segundo acto, pero la tensión era un nudo prieto en mi bajo vientre. Las luces apagadas nos envolvieron en penumbras, solo iluminados por los reflectores del escenario. Rodrigo deslizó su mano por mi muslo, subiendo lento, torturante. La seda de mi vestido se arrugaba bajo sus dedos, y yo abrí las piernas apenas, invitándolo. Sí, justo ahí, supliqué en silencio. Tocó el borde de mis bragas, el calor de su palma haciendo que mi piel ardiera.
En escena, los amantes se besaban apasionadamente, pero nosotros íbamos más allá. Introdujo un dedo bajo la tela, encontrando mi humedad. Estoy chorreando por él, pensé, ahogando un gemido cuando rozó mi clítoris hinchado. Movía círculos suaves, luego rápidos, sincronizados con el ritmo de la música. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma masculino. Mi mano bajó a su entrepierna, sintiendo su verga palpitante bajo la tela. La apreté, y él gruñó bajito,
"Pinche rica..."
La intensidad crecía con la obra. Sus dedos entraron en mí, dos, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Jadeaba contra su hombro, mordiendo su camisa para no gritar. El terciopelo del asiento se pegaba a mi piel sudorosa, el aire cargado de nuestro calor. No aguanto más, lo necesito dentro. Le susurré al oído:
"Rodrigo, fóllame ya."Él retiró la mano, lamiendo sus dedos con una mirada lobuna que me derritió.
Se desabrochó el pantalón con prisa, liberando su miembro grueso, venoso, listo. Me levantó el vestido, apartando mis bragas a un lado. El roce de su glande contra mi entrada fue exquisito, un preview de lo que vendría. Empujó lento, llenándome centímetro a centímetro. ¡Qué chingón se siente! Grité internamente, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a moverse, embestidas profundas pero controladas, el palco meciéndose apenas con nosotros.
El sonido de la obra —gemidos actorales, aplausos lejanos— enmascaraba nuestros jadeos. Su piel chocaba contra la mía con palmadas suaves, sudor perlando su frente. Lamí su cuello, saboreando sal y hombre. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido.
"Más duro, wey, dame todo."Supliqué, y él obedeció, follándome con fuerza, su verga golpeando mi fondo una y otra vez.
Mi clímax se acercaba como una ola imparable. Sentí el cosquilleo en mis pies subiendo, mi clítoris frotándose contra su pubis. Él gruñía,
"Me vengo, Ana, neta que te aprietas delicioso."Explosé primero, un orgasmo que me sacudió entera, estrellas estallando detrás de mis párpados. Mis jugos lo empaparon, y él se hundió profundo, llenándome con chorros calientes de su semen.
Quedamos jadeantes, unidos aún, el telón final bajando como aplauso a nuestra pasión. Se retiró despacio, un hilo de nuestros fluides conectándonos. Me acomodó el vestido con ternura, besándome la frente. Esto fue más que sexo, fue conexión pura, pensé, mi corazón latiendo en paz.
Salimos del Teatro Octavio Trias tomados de la mano, la noche ahora oliendo a nosotros. En la calle, bajo las luces de Polanco, me abrazó:
"¿Repetimos pronto, mi reina?"Sonreí, sabiendo que sí. Esa noche en el teatro no solo había visto una obra, sino que había protagonizado la mía propia, ardiente y eterna.