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Proyecto Alan Parsons Prueba Todo Una Vez

6954 palabras

Proyecto Alan Parsons Prueba Todo Una Vez

Estábamos en mi depa en la Condesa, con las luces bajas y el aire cargado de ese olor a jazmín que entra por la ventana abierta. Yo, Karla, sentada en el sillón de piel sintética que cruje un poquito cada vez que me muevo, y él, mi carnal Alex, recargado en el barandal del balcón, fumando un Lucky Strike que le da un toque de misterio a su cara morena. La noche de México City bullía allá abajo: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle y el zumbido eterno de la urbe que nunca duerme. Pero adentro, solo existíamos nosotros dos, con una botella de tequila reposado a medio acabar y el estéreo escupiendo rolas antiguas.

¿Por qué no probamos algo nuevo wey? pensé mientras lo veía exhalar el humo que se enredaba en el aire como una caricia invisible. Alex era de esos tipos que te miran y ya te hacen sentir el calor entre las piernas. Alto, con tatuajes que asoman por la camisa desabotonada, y una sonrisa pícara que dice neta, contigo me la paso chido. Llevábamos meses en esto de la pasión intermitente, pero esa noche algo flotaba diferente. El Alan Parsons Project empezó a sonar en la playlist que armé de puro desmadre retro. "Try Anything Once", esa rola instrumental que te envuelve como niebla, con sus sintetizadores suaves y ese ritmo que te acelera el pulso sin que te des cuenta.

—Órale, Karla, esta rola del Alan Parsons Project está cañona —dijo él apagando el cigarro y acercándose con ese paso felino que me eriza la piel. Se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y el calor de su cuerpo se coló por mi falda corta. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me hace agua la boca.

Le conté de la letra que imaginé para "Try Anything Once": algo sobre arriesgarse, probar lo prohibido una vez nomás. Sus ojos se iluminaron, y su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. Proyecto Alan Parsons: prueba todo una vez, murmuró riendo bajito, y yo sentí un cosquilleo que me subió hasta el ombligo.

El principio fue puro fuego lento. Sus labios rozaron mi cuello, saboreando el salado de mi piel con la lengua tibia. Yo arqueé la espalda, oliendo su pelo húmedo por el vapor de la regadera de hace rato.

Neta, Alex, hagámoslo: probemos todo una vez esta noche
, le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Caminamos al cuarto, la música del Alan Parsons Project siguiéndonos como un fantasma sensual, con esos teclados que parecen caricias electrónicas.

En la cama king size con sábanas de algodón egipcio que compré en el tianguis de San Ángel, me tiró suave pero firme. Su peso sobre mí era delicioso, aplastante, y el roce de su pecho peludo contra mis tetas desnudas me sacó un jadeo. Le quité la camisa de un jalón, lamiendo sus pezones duros como piedras, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Él bajó mis panties de encaje negro, lento, besando cada centímetro de mis muslos. Estás chingona, Karla, masculló, y su aliento caliente me rozó la concha, haciendo que mis caderas se alzaran solas.

La tensión crecía como tormenta en el DF: truenos lejanos afuera, y adentro, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos y resbalosos. Empezamos con lo clásico, pero el lema del Proyecto Alan Parsons prueba todo una vez nos impulsaba. Él me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas redondas, y metió la lengua ahí atrás, probando lo nuevo. ¡Pendejo, qué rico! grité, enterrando la cara en la almohada que olía a lavanda y a sexo viejo. El placer era eléctrico, punzante, como si me corriera corriente desde el ano hasta el clítoris hinchado.

Yo tomé el control después, cabalgándolo con furia. Su verga gruesa, venosa, entraba y salía de mí con un chap chap rítmico que ahogaba la música. Sentía cada vena pulsando contra mis paredes internas, calientes y empapadas. Sudábamos a chorros, el olor a almizcle y fluidos corporales llenando la habitación como incienso pagano.

Esto es lo que quería el Alan Parsons Project: try anything once, carajo
, pensé mientras lo montaba, mis uñas clavándose en su pecho, dejando surcos rojos que él gemía de placer.

La intensidad subía. Probamos el 69, mutuo y voraz: yo chupando su pito hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más, el sabor salado-precum en mi lengua; él devorando mi chochito con labios carnosos, lamiendo el clítoris como si fuera un dulce de tamarindo. Nuestros gemidos se mezclaban con la rola que repetía en loop, los vientos sintetizados imitando nuestros alientos agitados. El corazón me latía en las sienes, el pulso retumbando en mis oídos como tambores aztecas.

Pero queríamos más. Prueba todo una vez, nos repetíamos como mantra. Sacó el aceite de coco del cajón —ese que compramos en Polanco pensando en masajes– y me untó por todos lados, sus dedos resbalosos explorando mi culo virgen para esto. Yo temblaba, no de miedo, sino de anticipación pura. Sí, wey, métemela despacito, le rogué, y él obedeció, lubricado y paciente. La presión inicial fue ardiente, estirándome como nunca, pero pronto se volvió éxtasis puro: ondas de placer irradiando desde mi centro hacia las puntas de los dedos. Él empujaba rítmico, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, el olor a coco mezclado con nuestro sudor creando un perfume afrodisíaco.

El clímax nos alcanzó como avalancha. Yo primero, convulsionando alrededor de su verga, un grito ronco escapando de mi garganta mientras el orgasmo me partía en dos: luces explotando detrás de mis párpados cerrados, el mundo reduciéndose a pulsos y contracciones. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar adentro. Nos quedamos pegados, jadeantes, la piel brillante de sudor y aceites, el cuarto oliendo a sexo crudo y victoria.

En el afterglow, recostados con las piernas enredadas, la música del Alan Parsons Project bajando de volumen como un suspiro. Su mano acariciaba mi pelo revuelto, y yo trazaba círculos en su abdomen marcado. Proyecto completado, carnal, le dije riendo suave, besando su hombro salado. Él me apretó contra su pecho, el latido de su corazón calmándose contra mi oreja.

Fuera, la ciudad seguía su desmadre: sirenas lejanas, vendedores ambulantes gritando elotes. Pero nosotros, en esa burbuja de sábanas revueltas, habíamos probado todo una vez y salido más unidos.

Try anything once, y la vida sabe más dulce
, pensé mientras el sueño nos vencía, con la promesa de más noches así en el horizonte mexicano.

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