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Trio Interracial Inolvidable

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Trio Interracial Inolvidable

Ana sentía el ritmo de la música reggaetón retumbando en su pecho mientras bailaba en la terraza del resort en Playa del Carmen. El aire salado del mar Caribe se mezclaba con el aroma dulce de los cocteles de piña colada, y las luces neón parpadeaban sobre su piel morena, haciendo que su vestido rojo ajustado brillara como fuego. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los hombres, y esa noche buscaba aventura. ¿Por qué no? pensó, moviendo las caderas al son del dembow. Llevaba semanas estresada con el trabajo en la ciudad, y este fin de semana era para soltarse.

De repente, dos figuras altas se acercaron al borde de la pista. Jamal, un negro estadounidense de hombros anchos y sonrisa blanca como perlas, con dreads cortos y una camisa abierta que dejaba ver su pecho musculoso. A su lado, Lucas, un español blanco de ojos verdes penetrantes, cabello ondulado y un tatuaje tribal en el brazo. Ambos turistas, amigos de viaje, con ese acento exótico que la hacía mojar las bragas.

Chingado, qué par de galanes. Uno moreno como chocolate, el otro pálido pero con pinta de semental. ¿Y si...?
Ana sonrió coqueta, girando para que vieran su culo redondo.

¡Hola, mamacita! —dijo Jamal con voz grave, acercándose con un trago en la mano—. ¿Bailas sola o nos dejas unirnos al trio interracial esta noche?

Ana rio, el corazón latiéndole fuerte. —¿Trio interracial? Suena tentador, carnal. Pero vean si aguantan mi flow mexicano.

Lucas se pegó por detrás, sus manos rozando apenas sus caderas. —Tranquila, preciosa, somos pros. El olor de su colonia amaderada la invadió, mezclado con el sudor fresco de la noche tropical.

Bailaron así media hora, cuerpos rozándose, risas mezcladas con miradas cargadas de promesas. Jamal la tomó de la cintura, su piel oscura contrastando deliciosamente con la de ella, mientras Lucas le susurraba al oído palabras calientes en español peninsular. La tensión crecía: el roce de sus erecciones contra sus muslos, el calor de sus alientos en su cuello. Ana sentía su clítoris hinchado, palpitando bajo la tanga empapada. Estos pendejos me traen loca. Quiero probarlos ya.

Vámonos a mi suite —propuso ella al fin, jadeante—. Allá nadie nos interrumpe.

Subieron en el elevador, las manos ya explorando. Jamal besó su boca con hambre, lengua gruesa y jugosa saboreando a ron y menta. Lucas mordisqueaba su oreja, manos subiendo por sus muslos. El ding del elevador fue como un disparo de salida.

En la suite lujosa, con vista al mar rugiente, Ana encendió luces tenues. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando el calor de sus cuerpos. Se quitó el vestido despacio, revelando tetas firmes con pezones duros como piedras, y un coñito depilado brillando de jugos. —Vengan, mis reyecitos. Muéstrenme qué traen.

Jamal se desvistió primero, su verga negra saltando libre: gruesa, venosa, como un mazo de veinte centímetros. Madre santa, eso me va a partir en dos, pensó Ana, lamiéndose los labios. Lucas sacó la suya, rosada y curva, no tan larga pero gorda, perfecta para chupar. Se arrodillaron ante ella, besando sus muslos internos, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo.

Qué rico hueles, puta mexicana —gruñó Jamal, lengua lamiendo su entrada—. Dulce como tamarindo.

Ana gimió, piernas temblando. Lucas mamó un pezón, succionando fuerte mientras su mano masajeaba el otro. El sonido de lenguas chapoteando, gemidos ahogados y el slap de piel contra piel llenaba la habitación. Ella los jaló del pelo, guiándolos. Chúpame más duro, cabrón.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo. Ana cabalgó a Jamal primero, su coño tragándose esa polla monstruosa centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, paredes vaginales apretando como guante. ¡Ay, wey, qué chingón! Nunca sentí algo tan lleno. Subía y bajaba, tetas rebotando, sudor perlando su piel canela. Jamal gruñía, manos amasando su culo, dedos hundiéndose en carne suave.

Lucas se puso de rodillas frente a ella, verga en su boca. Ana la devoró, saboreando el precum salado, lengua girando en la cabeza sensible. El trio interracial fluía natural: ritmos sincronizados, cuerpos entrelazados en éxtasis multirracial. Olores se mezclaban —sudor masculino salado, su esencia femenina floral, lubricante natural chorreando.

Cambiaron posiciones. Lucas la penetró por detrás en doggy, su polla curvada rozando su punto G con cada embestida. ¡Sí, así, pendejito español! Fóllame como a tu puta. Jamal debajo, mamando su clítoris hinchado, barba raspando tiernamente. El placer era eléctrico: pulsos acelerados, venas hinchadas latiendo, jugos salpicando muslos. Ana gritaba, voz ronca, Me vengo, chingados, me vengo...

El primer orgasmo la sacudió como tsunami, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando la cara de Jamal. Él rio, lamiendo todo. —Buena chica, moja todo.

Escalaron más. Ana en el medio, Jamal en su culo virgen —lubricado generosamente, entrada lenta y consensual—.

Duele rico, carnal. Lléname toda.
Lucas en su coño, doble penetración que la hacía sentir reina del mundo. Se movían coordinados, vergas frotándose separadas por una delgada membrana. Sensaciones abrumadoras: roce interno ardiente, testículos slap-slap contra su piel, alientos jadeantes en su cuello.

¡Estás apretada como virgen! —jadeó Lucas, pellizcando pezones.

Y húmeda como el mar —agregó Jamal, mordiendo su hombro.

La tensión psicológica explotó: Ana dudaba un segundo, ¿Soy una zorra por disfrutar esto? No, soy libre, poderosa, dueña de mi placer. Luego se rindió total, arañando espaldas, pidiendo más. El clímax grupal llegó rugiendo: Jamal eyaculó primero, semen caliente inundando su recto, olor almizclado intenso. Lucas siguió, pintando su útero de leche espesa. Ana colapsó en oleadas múltiples, visión borrosa, cuerpo convulsionando, gusto metálico en la boca de tanto morder labios.

Se derrumbaron en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas calmándose. El mar susurraba fuera, brisa fresca secando pieles pegajosas. Jamal besó su frente, Lucas acarició su cabello. —Eres increíble, Ana. El mejor trio interracial de mi vida.

Ella sonrió, saciada, poderosa. Me siento renacida. Dos vergas exóticas, pero mi fuego mexicano los domó. Charlaron bajito, riendo de tonterías, compartiendo tragos de la minibar. Mañana cada quien su camino, pero esta noche era eterna.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo rosa, Ana los despidió con besos jugosos. Se miró al espejo: ojos brillantes, labios hinchados, marcas rojas como trofeos. ¡Qué pedo tan chido! Volveré por más.

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