Secretos Calientes de TriBe Kpop
Estaba en el Palacio de los Deportes, el pinche lugar rebosante de luces neón y gritos ensordecedores. El concierto de TriBe Kpop había sido una chingonería total, con esas morras bailando como diosas del pecado, sus cuerpos sudados brillando bajo los reflectores. Yo, un wey de veintiocho tacos de aquí de la CDMX, había sacado boleto VIP por pura suerte en un sorteo de la radio. Neta, mi verga se paraba cada vez que Kelly, la líder del grupo, meneaba esas caderas perfectas en el escenario. Su piel morena, el cabello negro azabache volando, y esa voz que te erizaba la piel. Olía a perfume dulce mezclado con sudor fresco desde las primeras filas.
Cuando terminó el show, me avisaron que había ganado el meet and greet. ¡No mames! Mi corazón latía como tambor de banda sinaloense. Subí al backstage, el aire cargado de humo de máquinas y el eco de la música aún retumbando en mis oídos. Ahí estaban ellas, las de TriBe Kpop, firmando posters y posando para fotos. Kelly me vio de inmediato, sus ojos cafés clavándose en los míos con una sonrisa pícara que me dejó tieso.
Esta morra me va a matar, wey. ¿Será que nota lo duro que estoy?
—Hola, guapo —me dijo en un inglés mezclado con algo de español que sonaba sexy a morir—. ¿Cómo te llamas?
—Alex, de México —balbuceé, sintiendo el calor de su mano al estrecharla. Su piel era suave como seda, cálida, con un toque de sal por el sudor del baile. Olía a vainilla y algo más, como deseo puro.
Charlamos un rato, ella riendo de mis chistes tontos sobre tacos y K-pop. Las otras chicas del grupo se despidieron poco a poco, pero Kelly se quedó. —Oye, Alex, ¿quieres venir a una fiesta privada después? Solo nosotros.
Mi pulso se aceleró. Sí, carnal, esto va para largo.
La fiesta era en un hotel chido en Polanco, suite presidencial con vista a la Reforma iluminada. Entramos riendo, con botellas de champagne francés que burbujeaban como mi excitación. Vestía un mini vestido negro que apenas cubría sus muslos firmes, moldeados por horas de baile. Me senté en el sofá de piel, ella a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo irradiando hacia mí.
—Sabes, en TriBe Kpop practicamos mucho —susurró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y alcohol dulce—. Pero esta noche, quiero practicar algo diferente.
Su mano rozó mi muslo, subiendo despacio. El roce era eléctrico, como chispas en mi piel. La besé entonces, sin pensarlo. Sus labios carnosos, suaves y húmedos, sabían a frambuesa del gloss. Su lengua danzó con la mía, juguetona, mientras sus dedos se clavaban en mi nuca. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.
Pinche paraíso. Su boca es mejor que cualquier coreografía de TriBe.
La cargué en brazos, sus piernas envolviéndome la cintura como en uno de sus videos. La tiré en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Le quité el vestido de un tirón, revelando lencería roja que contrastaba con su piel canela. Sus tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros ya duros como piedritas. Bajé la boca a ellas, lamiendo, chupando, oyendo sus jadeos agudos que me ponían más caliente.
—¡Ay, wey, qué rico! —gimió en mi oído, su acento coreano mezclado con español aprendido de fans latinos—. No pares, cabrón.
Mis manos exploraban su cuerpo, bajando por la curva de su cintura, hasta su panocha depilada, ya mojada como río en tormenta. El olor era embriagador, almizcle femenino puro, dulce y salado. Metí un dedo, luego dos, sintiendo sus paredes calientes apretándome. Ella arqueó la espalda, sus uñas arañándome la espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.
Me quitó la camisa, besando mi pecho, lamiendo mis pezones hasta que gruñí. Bajó al cinturón, lo abrió con dientes, sacando mi verga tiesa como fierro. —¡Qué chingona! —rió, acariciándola despacio, su mano suave subiendo y bajando. La miró con hambre, luego la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Su boca caliente la envolvió, chupando con maestría, la lengua girando alrededor del glande. El sonido húmedo, los gemidos vibrando en mi carne, me tenían al borde.
—No aún, mi amor —jadeé, jalándola arriba. La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. Le di una nalgada juguetona, el choque resonando, su piel enrojeciéndose. —Estás cañón, Kelly de TriBe Kpop.
Entré en ella de un empujón lento, sintiendo cada centímetro de su coño apretado, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Ella gritó de placer, empujando contra mí. Empecé a bombear, despacio al principio, sintiendo el slap-slap de piel contra piel, el sudor chorreando por mi espalda. Sus gemidos subían de tono, el cuarto lleno de nuestro olor a sexo crudo.
Esto es mejor que cualquier sueño con TriBe. Su chocha me aprieta como si no quisiera soltarme nunca.
Aceleré, agarrando sus caderas, follando más duro. Ella se volteó, queriendo verme. Nos pusimos en misionero, sus piernas en mis hombros, penetrándola profundo. Sus ojos en los míos, llenos de lujuria pura. —Córrete conmigo, Alex, ¡chinga más fuerte!
El clímax llegó como avalancha. Sentí sus paredes contrayéndose, ordeñándome, mientras ella temblaba, gritando mi nombre. Mi verga palpitó, soltando chorros calientes dentro de ella, el placer cegador, olas y olas hasta vaciarme. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, el aire pesado con nuestro aroma.
Nos quedamos así un rato, ella acurrucada en mi pecho, su cabello tickleando mi piel. Besé su frente, sintiendo su corazón latiendo contra el mío.
—Esto fue lo mejor de México —murmuró, riendo bajito—. Volveré por más, wey.
La abracé fuerte, sabiendo que esta noche con la estrella de TriBe Kpop cambiaría todo. El amanecer pintaba la ventana, pero en mi mente, el fuego seguía ardiendo.