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También Prueba Mi Fuego

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También Prueba Mi Fuego

La brisa salada de la costa de Puerto Vallarta te acaricia la piel mientras caminas por la playa al atardecer. El sol se hunde en el Pacífico tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos, y el aroma a mariscos asados flota desde los palaperos cercanos. Tú, un chavo de treinta y tantos, con el torso marcado por horas en el gym y una sonrisa que ha conquistado más de una noche loca, has venido a desconectar de la rutina de la ciudad. Llevas una camisa guayabera floja y shorts que dejan ver tus piernas fuertes, y sientes esa electricidad en el aire, como si la noche prometiera algo chingón.

Ahí la ves, recostada en una hamaca entre las palmeras, con un bikini rojo que abraza sus curvas generosas como un guante de terciopelo. Sofia, veintiocho años, dueña de un pequeño café orgánico en la zona hotelera, tiene la piel morena brillando con aceite de coco, el cabello negro ondulado cayendo en cascada sobre sus hombros, y unos labios carnosos pintados de rojo que invitan a pecar. Sus ojos cafés te atrapan cuando levantas la vista, y te dedica una sonrisa pícara, de esas que dicen órale, wey, ¿qué pedo?

Te acercas con una chela en la mano, y el sonido de las olas rompiendo suave marca el ritmo de tu corazón acelerado. —Hola, guapo. ¿Vienes a mojar los pies o a quemarte con el sol? —te dice con esa voz ronca, juguetona, acento tapatío que te eriza la piel. Charlan, ríen; hablas de tu viaje, ella de las locuras de la temporada alta. Su risa es como campanitas, fresca y contagiosa, y sientes su perfume, una mezcla de vainilla y jazmín que te envuelve como una niebla dulce.

La tensión crece con cada mirada. Su mano roza tu brazo casualmente, y un cosquilleo sube por tu espina.

Neta, este wey me prende como nadie. Quiero sentirlo ya, sudado y jadeante contra mí
, piensa ella mientras te mira fijo. La invitas a caminar, y sus caderas se balancean al ritmo del mar, hipnóticas. Terminan en su cabaña de playa, una choza de madera con techo de palapa, luces tenues y una cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. El aire huele a sal y a ella.

Acto primero cerrado: la puerta se cierra con un clic suave, y Sofia se gira hacia ti, sus pechos subiendo y bajando con anticipación. —Ven, pendejo, no te quedes ahí parado —te dice riendo, tirando de tu camisa. Sus labios chocan con los tuyos, suaves al principio, luego hambrientos. Saben a tequila con limón, fresco y picante. Tus manos recorren su espalda desnuda, la piel caliente como arena al mediodía, suave como seda bajo tus palmas ásperas.

La desatas del bikini con dedos temblorosos de deseo. Sus tetas perfectas saltan libres, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Los chupas, succionando suave, y ella gime bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho. —Ay, wey, qué rico... así, no pares —. La cargas hasta la cama, su peso delicioso contra ti, y caes sobre las sábanas oliendo a lavanda fresca. Le quitas el bottom, revelando su concha depilada, labios hinchados brillando de humedad. El olor a su excitación te golpea, almizclado y dulce, como miel caliente.

Te arrodillas entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, la piel temblando bajo tu lengua. Lamés despacio, saboreando su sal, su jugo que gotea como néctar. Ella arquea la espalda, uñas clavándose en tus hombros, —¡Chingao, sí! Come mi panocha, amor —. Su clítoris pulsa contra tu lengua, y la chupas con hambre, sintiendo sus caderas grinding contra tu cara, el sudor mezclándose con su esencia.

Este hombre me va a volver loca. Su boca es fuego puro, pero quiero más, quiero que me rompa entera

La tensión sube como marea alta. Te incorporas, tu verga dura como piedra presionando contra tus boxers. Ella te la saca, ojos brillantes de lujuria. —Mira qué chula, gruesa y venosa. Quiero sentirla adentro —. La acaricia, masturbándote lento, su mano cálida y firme, pulgar rozando el prepucio sensible. Gimes, el placer punzante en tu vientre. La volteas boca abajo, besando su nuca, bajando por la espina hasta sus nalgas redondas. Las separas, lamiendo su ano rosado, y ella tiembla.

—También prueba por aquí, wey. Neta, me encanta —susurra, empujando contra tu lengua. El sabor terroso y salado te enciende más, lubricándola con saliva mientras tus dedos juegan en su concha empapada. Metes un dedo en su culo apretado, luego dos, y ella jadea, —Sí, prepárame, cabrón. Quiero que me cojas el culo —. El cuarto se llena de sonidos húmedos, gemidos roncos, el slap de piel contra piel preliminar.

Escalada máxima: te pones de rodillas detrás, verga lubricada con su jugo. La punta presiona su entrada trasera, y entra despacio, centímetro a centímetro, su calor apretándote como un puño de terciopelo. —Ay, qué rico... despacio al principio, luego dámela dura —. Empujas, llenándola, y ella grita de placer, paredes contrayéndose. La coges rítmico, bolas golpeando su concha, sudor chorreando por tu pecho al suyo. Sus tetas rebotan, cabello pegado a la cara, olor a sexo crudo impregnando el aire.

Cambian posiciones: ella encima, cowgirl reverso, montándote el culo con furia. Sus nalgas aplastándose contra tu pubis, verga desapareciendo en su profundidad. Tus manos aprietan sus caderas, guiándola, sintiendo cada contracción.

No aguanto más, este wey me hace explotar. Su verga en mi culo es puro éxtasis
. La volteas misionero anal, piernas sobre tus hombros, penetrando profundo. Sus ojos se clavan en los tuyos, —Córrete adentro, amor. Lléname —.

El clímax llega como ola gigante. Tu polla palpita, chorros calientes inundándola, y ella convulsiona, concha squirteando jugo sobre tu vientre, grito ahogado en tu cuello. Cuerpos temblando, pulsos latiendo al unísono, el mundo reduce a jadeos y temblores. Caes a su lado, exhausto, su cabeza en tu pecho, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Después, el afterglow: la brisa entra por la ventana abierta, enfriando vuestros cuerpos febriles. Ella traza círculos en tu pecho con uña pintada. —Neta, wey, eso fue de otro mundo. También prueba quedarte la noche, ¿va? —ríe suave. Besas su frente, oliendo su cabello salado. Sientes paz profunda, conexión más allá de lo físico. La noche envuelve la cabaña, olas susurrando promesas de más fuegos por venir.

Duermes abrazado a su calor, soñando con su fuego eterno.

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