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La Pasión del Tri Cantante

6507 palabras

La Pasión del Tri Cantante

El grito de la multitud retumbaba en el Palacio de los Deportes como un trueno que me erizaba la piel. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que había crecido escuchando las rolas de El Tri, estaba ahí, pegada a la reja, sudando bajo las luces estroboscópicas. El olor a cerveza derramada, cigarro y sudor macho impregnaba el aire, un perfume crudo que me aceleraba el pulso. Y entonces lo vi: el Tri cantante, Alex Lora, con su voz rasposa escupiendo letras que me calaban hasta los huesos. "Triste canción de amor", cantaba, y yo sentía que me hablaba directo a mí, como si supiera lo cachonda que me ponía su energía rockera.

Después del concierto, el caos de la salida me arrastró hacia un pasillo lateral. No sé cómo, terminé en una zona VIP improvisada, rodeada de carnales con chelas en la mano. Ahí estaba él, el Tri cantante, riendo con su crew, la barba canosa brillando bajo las luces tenues, el cuero de su chamarra crujiendo al moverse. Nuestras miradas se cruzaron. Órale, ¿y este pedo? pensé, mientras un calor subía por mi entrepierna. Me acerqué, fingiendo casualidad, y le dije: "¡Qué chingón estuvo el show, carnal! Me voló la cabeza esa de 'Abuso de autoridad'."

Él me miró de arriba abajo, sus ojos cafés clavándose en mis jeans ajustados y la blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de mis tetas. "Gracias, güerita. ¿Vienes seguido a estos desmadres?" Su voz, esa misma que tronaba en los speakers, ahora ronca y cercana, me hizo temblar las rodillas. Charlamos un rato, neta, como si fuéramos compas de toda la vida. Hablamos de rolas, de la escena rockera en el DF, de cómo la vida te da vueltas cabronas. El tequila fluía, su aliento cálido con sabor a agave rozando mi oreja cuando se inclinaba para decirme un chiste sucio.

Este pendejo me está coqueteando, ¿o nomás es mi calentura imaginando cosas?
Mi piel picaba por su cercanía, el roce accidental de su brazo contra el mío enviando chispas eléctricas.

La noche avanzaba, y él me invitó a un antro cercano, un lugar chido con mesas de pool y música en vivo. "Vamos a seguir la fiesta, ¿no?" dijo, su mano grande posándose un segundo en mi cintura. Sí, cabrón, vamos a seguirla hasta que explote todo, pensé. En el antro, el humo de los porros flotaba dulce, mezclándose con el aroma de su colonia barata y sudor fresco. Jugamos pool, él me enseñó a darle al taco, su cuerpo pegándose al mío desde atrás. Sentí su verga semi-dura contra mi culo, dura como piedra, y me mordí el labio para no gemir ahí mismo. "Eres buena en esto, Ana", murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Yo reí, juguetona: "Tú tampoco estás tan pendejo con el taco, rockero."

La tensión crecía como una tormenta. Cada mirada era un fuego, cada roce un preludio. Salimos del antro tambaleándonos un poco por el tequila, el aire fresco de la noche madrileña –no, del DF, con su smog ligero y el bullicio de taxis– calmando apenas mi piel ardiente. "Ven a mi hotel, güerita. No muerdo... mucho", dijo con esa sonrisa pícara. No lo pensé dos veces. En el taxi, su mano subió por mi muslo, dedos ásperos de tanto tocar guitarra explorando la costura de mis jeans. Yo jadeaba bajito, el chofer ajeno a nuestro desmadre.

La verga del Tri cantante va a ser mía esta noche, carajo. Lo quiero dentro, ya
.

En la habitación del hotel, un lugar decente con vista a la Reforma, todo explotó. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Él me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso salvaje, lengua invadiendo mi boca con gusto a tequila y humo. Sus manos, callosas, arrancaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. "Qué chingonas estás, Ana", gruñó, chupando un pezón mientras yo arqueaba la espalda. El sonido de su zipper bajando fue música pura, su verga saltando libre, gruesa, venosa, con ese olor almizclado de macho en celo que me hizo salivar.

Lo empujé a la cama, king size con sábanas blancas que pronto se arrugarían. Me quité los jeans despacio, provocándolo, mi coño ya chorreando, labios hinchados de anticipación. "Ven, rockero, canta para mí con esa lengua tuya", le dije, montándome en su cara. Su barba raspando mis muslos internos fue delicioso dolor, su lengua lamiendo mi clítoris como si fuera su micrófono favorito. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos empapando su boca. Él gruñía de placer, manos amasando mi culo, dedos hundiéndose en mis nalgas. Neta, este cabrón sabe comer verga... digo, coño, pensé entre jadeos.

La intensidad subía. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga frotando mi entrada húmeda. "Dime si quieres que te chupe, güerita", dijo juguetón. "¡Chíngame ya, pendejo!", exigí, empoderada, dueña de mi deseo. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, el olor de sexo crudo –sudor, fluidos, pasión– nos envolvía. Él me jalaba el pelo suave, no violento, solo para arquearme más, sus embestidas profundas tocando mi punto G. "¡Más fuerte, Alex! ¡Cántame con tu verga!", gritaba yo, el placer construyéndose como un solo de guitarra interminable.

Cambié posiciones, cabalgándolo ahora, mis tetas botando al ritmo de mis caderas. Sus manos en mi cintura guiándome, ojos fijos en los míos, conexión más allá de lo físico. Sentía su pulso acelerado bajo mis palmas, el sabor salado de su cuello cuando lo besé. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija. "Me vengo, cabrón... ¡ahí viene!", aullé, el orgasmo explotando en oleadas, jugos chorreados cubriendo su pubis. Él no tardó, gruñendo "¡Me corro, Ana!", su leche caliente llenándome, chorros potentes que prolongaron mi éxtasis.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el olor de nuestro sexo persistiendo como un recuerdo olfativo. Me acarició el cabello, besó mi frente. "Eres increíble, güerita. Neta, un desmadre chido". Yo sonreí, satisfecha, el afterglow envolviéndonos en paz.

El Tri cantante no solo canta rolas cabronas, también las hace realidad en la cama. Qué noche, pinche suerte la mía
. Nos quedamos así, hablando bajito de la vida, hasta que el sueño nos venció, con la promesa de más rock y más pasión al amanecer.

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