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El Tri Chilango Incomprendido Desata Mi Pasión

7579 palabras

El Tri Chilango Incomprendido Desata Mi Pasión

La noche en el bar de rock en la colonia Roma bullía con el eco de guitarras rasposas y baterías que retumbaban en el pecho como un corazón acelerado. El humo de los cigarros se mezclaba con el olor a cerveza fría y sudor fresco, creando esa atmósfera espesa que te envuelve como un abrazo prohibido. Yo, Ana, acababa de llegar de Guadalajara, harta de la rutina provinciana, buscando algo que me hiciera vibrar de verdad. Me senté en la barra, con mi falda corta negra que rozaba mis muslos contra el taburete de cuero gastado, y pedí un chela bien helada.

Entonces lo vi. Ahí estaba él, en una esquina oscura, solo con su chamarra de mezclilla llena de parches de bandas antiguas, garabateando en una servilleta mientras sonaba Abuso de Autoridad de El Tri. Un chilango puro, de esos que parecen sacados de una película de los noventa: pelo negro revuelto, barba de tres días que le daba un aire rudo pero tierno, ojos cafés profundos que miraban al vacío como si el mundo no lo entendiera. El Tri chilango incomprendido, pensé, riéndome por dentro. Parecía un tipo que cargaba el peso de la ciudad en los hombros, pero con un fuego que se notaba en cómo tamborileaba los dedos al ritmo de la rola.

¿Qué hace un wey así solo? Neta, se ve chido, pero como si nadie lo cachara. Me dan ganas de acercarme y decirle que su vibe es lo que esta noche necesita.

Me armé de valor, tomé mi chela y caminé hacia él. El piso pegajoso bajo mis tacones hacía clic-clac suave, y el aire cálido me erizaba la piel de los brazos. "Órale, carnal, ¿qué onda con esa cara de funeral? ¿No te late la rola?", le dije, sentándome a su lado sin pedir permiso. Él levantó la vista, sorprendido, y una sonrisa ladeada se le escapó, mostrando dientes blancos perfectos.

"Nah, morra, es que la neta esta ciudad te chinga. Todos piensan que soy un pendejo por andar de rockero viejo, escuchando El Tri como si fuera ayer. Pero ¿tú qué? ¿De dónde sales con esa falda que me está distrayendo?" Su voz era grave, con ese acento chilango arrastrado que me ponía la piel de gallina. Olía a jabón barato mezclado con tabaco, un aroma que me hacía inhalar hondo sin darme cuenta.

Hablamos un rato, riéndonos de la vida. Se llamaba Marco, 32 años, mecánico de día y músico frustrado de noche. "Soy el Tri chilango incomprendido, wey. La gente quiere reggaetón y yo con mis baladas de amor y bronca social", dijo, guiñándome un ojo. Pedimos otra ronda, y el alcohol nos soltó la lengua. Sus manos grandes, callosas por el trabajo, rozaban las mías al pasar la sal para los cacahuates, enviando chispas directas a mi entrepierna.

La tensión crecía con cada rola que sonaba. Cuando pusieron Triste Canción de Amor, me jaló a la pista improvisada. Sus caderas contra las mías, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina de mi blusa. Sentía su aliento en mi cuello, cálido y con sabor a chela, mientras bailábamos pegaditos. "Estás rica, Ana. Neta, no sé qué traes, pero me estás poniendo como loco", murmuró, y su mano bajó un poco por mi espalda, deteniéndose justo en la curva de mi nalga. No lo detuve; al contrario, me arqueé contra él, sintiendo su dureza crecer contra mi vientre.

Acto dos: La escalada

Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como pendejos bajo las luces neón de la calle. El aire fresco de la medianoche en la Roma nos golpeó, cargado del olor a taquería cercana y gasolina. Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, tomados de la mano. En el elevador viejo, el silencio era pesado, solo roto por nuestra respiración agitada. Lo miré, y él me besó por primera vez: labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a limón y cerveza. Mis pezones se endurecieron contra su pecho, y gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones húmedos.

Adentro de su cuarto, todo era caos creativo: posters de El Tri pegados con cinta en las paredes, una guitarra eléctrica en la esquina, ropa tirada que olía a él. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. "Chingón, qué tetas tan perfectas", gruñó, lamiendo mis pezones rosados hasta que dolían de placer. Yo le arranqué la chamarra y la playera, revelando un torso marcado por tatuajes tribales y músculos tensos del trabajo diario. Pasé las uñas por su abdomen, bajando hasta el bulto en sus jeans.

Este wey me tiene empapada. Su piel sabe a sal y aventura, y esa mirada de incomprendido me hace querer sanar todas sus broncas con mi cuerpo.

Nos tumbamos en su cama deshecha, sábanas frescas contra mi espalda desnuda. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma de mujer excitada. "Déjame probarte, rey na", susurró, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, arqueándome, mientras él lamía con hambre, chupando mis labios vaginales como si fuera el postre más chido del mundo. Mis manos enredadas en su pelo, tirando suave, el sonido de mis jugos y su boca haciendo slurp obsceno en la habitación. El orgasmo me vino rápido, un estallido que me dejó temblando, gritando su nombre.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo mientras se quitaba los pantalones. Sentí su verga dura, gruesa, rozando mi entrada, caliente como hierro forjado. "¿Quieres que te coja, morra? Dime que sí", pidió, voz ronca. "¡Sí, cabrón, métemela ya!", respondí, empujando mis caderas contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, su pubis contra mi culo haciendo plaf rítmico. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida profunda.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo su punta golpear mi cervix. "¡Eres una diosa, Ana! Me vengo si sigues así", jadeó. Yo aceleré, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla palpitante, hasta que explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, mis jugos chorreando por sus muslos. Gritamos, nos mordimos, el placer tan intenso que el mundo se volvió blanco.

Acto tres: El afterglow

Quedamos tirados, enredados en las sábanas húmedas, respiraciones calmándose poco a poco. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente. "Neta, morra, eras lo que necesitaba. Este chilango incomprendido ya no se siente tan solo". Reí suave, acurrucándome en su pecho, escuchando el tum-tum de su corazón volviendo a la normalidad. El cuarto olía a nosotros, a semen y sudor dulce, y afuera la ciudad seguía su ritmo eterno.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de sueños rotos y pasiones nuevas. Él tocó la guitarra bajito, una versión acústica de Niño Sin Amor, y yo canté con él, voces roncas entrelazadas. No fue solo sexo; fue conexión, ese momento donde dos almas incomprendidas se encuentran en la oscuridad de la noche chilanga.

Al salir, con el sol picando en las venas, supe que volvería. El Tri chilango incomprendido había despertado algo en mí que no se apaga fácil. Y mientras caminaba por Insurgentes, con el cuerpo aún vibrando, sonreí pensando en la próxima rola que sonaríamos juntos.

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