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El Boogie del Tri en Mis Caderas (1)

6486 palabras

El Boogie del Tri en Mis Caderas

La noche en el antro de la Condesa estaba que ardía. El Tri acababa de golear a esos gringos en el Azteca y la raza andaba enfiestada como nunca. Yo, Luisa, con mi falda corta negra que se pegaba a mis muslos como segunda piel, bailaba pegadita a Alex, mi carnal desde la prepa. El sudor nos chorreaba por la espalda, mezclándose con el olor a tequila y tabaco que flotaba en el aire cargado de luces neón. Sus manos grandes, callosas de tanto patear el balón en la liga amateur, me apretaban la cintura mientras movíamos las caderas al ritmo de esa rola nueva que todos gritaban: el boogie del Tri.

—¿Neta, Lu? ¿Ya te prendiste con el boogie del Tri? —me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza Pacifico y a deseo puro.

Yo reí, volteando para morderle juguetona el lóbulo de la oreja. Pinche Alex, siempre tan directo, pero con esa sonrisa que me deshace las rodillas. El boogie del Tri no era cualquier bailongo; era esa onda que se había armado después del partido, un meneo salvaje que imitaba los dribles de Chicharito, con las nalgas apretadas y las pelvis chocando como si fuera el último gol del mundial. La gente lo bailaba en las calles, en las cantinas, y ahora nosotros lo hacíamos en la pista, sintiendo cómo mi clítoris se rozaba contra su paquete endurecido a través de la tela delgada de sus jeans.

El bombo retumbaba en mi pecho, sincronizado con mi pulso acelerado. Olía a su colonia barata mezclada con el almizcle de su sudor, y yo ya estaba mojadita, imaginando cómo sería sentirlo dentro sin barreras. Sus dedos se colaron por debajo de mi blusa, rozando la curva de mis tetas, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

¡Qué chido sería arrastrarlo al baño y montarlo ahí mismo!
Pero no, quería saborear la tensión, dejar que el boogie del Tri nos fuera calentando poquito a poquito.

Salimos del antro tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con el calor que nos salía por los poros. Caminamos por Ámsterdam, riendo como pendejos, hasta su depa en la Roma. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared del pasillo, besándome con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un delantero en el área chica. Sabía a sal y a victoria, a todo lo que me volvía loca de él.

—Quítate eso, mamacita —gruñó, jalándome la falda con urgencia.

Me quedé en tanga y brasier, mi piel erizada por el roce de sus palmas ásperas. Lo empujé al sillón y empecé a bailarle el boogie del Tri en privado. Movía las caderas en círculos lentos, bajando hasta que mi culo rozaba su erección tiesa como poste. Él jadeaba, sus ojos clavados en mis chichis que rebotaban al ritmo. Siento su calor a través de la tela, tan cerca, tan pinche tentador. El olor a sexo ya impregnaba el aire, ese aroma dulce y salado de mi excitación mezclándose con el suyo.

Me arrodillé entre sus piernas, desabrochándole el cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi mejilla. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba como rocío. —¡Ay, wey, qué rica estás! —gimió, enredando sus dedos en mi pelo negro largo.

Lo chupé despacio, girando la lengua alrededor del glande, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Sus muslos temblaban bajo mis manos, el vello púbico rizado rozándome la nariz. Pero no lo dejé acabar; quería más. Me levanté, quitándome la tanga empapada, y me senté a horcajadas sobre él. Nuestros sexos se frotaron, resbalosos, el clítoris hinchado enviando chispas de placer por todo mi cuerpo.

—Baila conmigo el boogie del Tri, Lu —me pidió con voz ronca, guiando mis caderas.

Empezamos a menearnos juntos, un vaivén hipnótico que imitaba el baile del antro pero ahora desnudos, piel contra piel. Sus tetillas duras rozaban las mías, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. Olía a nosotros, a sudor fresco y lubricante natural. ¡Pinche delicia, siento su punta abriéndose paso! Poco a poco, lo fui bajando sobre su pija, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. Un gemido gutural escapó de mi garganta; era grueso, caliente, estirándome justo como me gustaba.

El ritmo del boogie del Tri nos guiaba: adelante, atrás, giros salvajes. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas para hundirse más profundo. Cada embestida hacía un chapoteo húmedo, sincronizado con nuestros jadeos. Sudábamos como en el Azteca bajo el sol, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo.

¡Más fuerte, cabrón, dame todo!
Le clavé las uñas en los hombros, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido.

La tensión subía como la afición en el minuto 90. Cambiamos de posición; me puso en cuatro sobre el sillón, el cuero pegajoso contra mis rodillas. Entró de nuevo, esta vez con furia, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sonido era obsceno, plaf plaf plaf, mezclado con mis gritos: —¡Sí, así, no pares, wey!

Sentía su verga palpitar dentro, rozando ese punto que me volvía loca. El olor a sexo era intenso, almizclado, adictivo. Mis tetas se mecían colgando, y él las pellizcaba, tirando de los pezones hasta que dolió placero. Estoy al borde, pinche Alex, vas a hacer que me corra como nunca. La presión crecía en mi vientre, un nudo apretado listo para explotar.

—Me vengo, Lu, ¡joder! —rugió, acelerando.

Yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, contrayendo mis paredes alrededor de él en espasmos. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco, el placer derramándose por mis muslos en chorros calientes. Él se hundió una última vez, llenándome con su leche espesa, caliente, que se desbordaba mezclándose con mis jugos.

Colapsamos juntos, respirando agitados, sus brazos envolviéndome protector. El boogie del Tri había terminado, pero el eco de sus movimientos aún vibraba en nuestros cuerpos exhaustos. Besé su cuello salado, sintiendo su corazón latir contra mi pecho.

—Qué chingón fue eso, ¿verdad? —murmuró, acariciando mi espalda húmeda.

Yo sonreí, satisfecha, con el cuerpo lánguido y el alma plena. El Tri nos unió esta noche, pero nosotros nos unimos para siempre con este boogie nuestro. Afuera, la ciudad seguía festejando, pero en ese depa, solo existíamos nosotros, en el afterglow perfecto de una noche mexicana inolvidable.

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