Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pasiones Ocultas en Trier University Pasiones Ocultas en Trier University

Pasiones Ocultas en Trier University

7247 palabras

Pasiones Ocultas en Trier University

Estaba en el campus de Trier University, ese lugar en Alemania donde el frío del Rin se colaba por todos lados, pero el calor de mis recuerdos mexicanos me mantenía vivo. Yo, Javier, un morro de Guadalajara exchange student en la carrera de literatura, caminaba por los pasillos empedrados de la facultad de humanidades. El viento traía olor a pan recién horneado de las panaderías cercanas y a hojas húmedas del otoño. Ahí la vi por primera vez: Sofia, otra mexicana de Monterrey, con su piel morena brillando bajo el sol tímido, el cabello negro suelto como cascada y unos ojos cafés que prometían travesuras.

Órale, güey, qué mamacita, pensé mientras la veía salir de la biblioteca, cargando un montón de libros sobre poesía romántica. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes unos tacos al pastor bien picantes. Ella sonrió, coqueta, y yo me acerqué como si nada.

Qué onda, carnala —le dije, con mi acento tapatío puro—. ¿De Monterrey? Yo soy de GDL, aquí en Trier University sufriendo el frío gringo... digo, alemán.

Ella rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. —Sí, neta, soy Sofia. Y tú pareces perdido, pendejo. ¿Quieres ayuda con los libros o nomás estás coqueteando?

Ahí empezó todo. Caminamos juntos hacia el dormitorio estudiantil, platicando de México, de lo que extrañábamos: el sol que quema, el olor a tortilla en la comal, las fiestas con cumbia rebajada. El aire olía a su perfume, algo dulce como vainilla mezclada con jazmín, y su roce accidental al pasar por la puerta estrecha me dejó el brazo ardiendo.

En los días siguientes, nos volvimos inseparables. Estudiábamos en la cafetería de Trier University, donde el aroma del café fuerte competía con el de sus croissants. Sus risas llenaban el espacio, y cada vez que se inclinaba para explicarme un verso de Octavio Paz, su aliento cálido rozaba mi oreja. Pinche Sofia, me estás volviendo loco, me decía en la cabeza mientras luchaba por concentrarme. Ella me contaba de su novio en Monterrey que la había dejado, y yo de mis desamores en Guadalajara. Había una tensión, un fuego latente, como el que sientes antes de que estalle un chubasco.

Una noche de viernes, después de una clase magistral sobre erotismo en la literatura medieval, nos quedamos solos en el aula vacía. La luz de las farolas entraba por las ventanas altas, tiñendo todo de ámbar. El silencio era roto solo por el tictac de un reloj lejano y nuestras respiraciones cada vez más pesadas.

—Javier, neta, ¿por qué me miras así? —preguntó ella, mordiéndose el labio inferior, sus ojos brillando con picardía.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. —Porque eres un chingo de tentación, Sofia. Desde el primer día quiero probar ese fuego que traes.

Ella no se apartó. Al contrario, su mano subió a mi pecho, sintiendo los latidos desbocados. —Entonces hazlo, cabrón. Aquí no hay nadie.

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, suave al principio como el roce de plumas, luego feroz como un beso de reconciliación después de una bronca. Sabía a menta de su chicle y a algo más profundo, a deseo puro mexicano. Mis manos exploraron su espalda, sintiendo la curva de su cintura bajo la blusa de algodón suave. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi boca y me endureció al instante.

La llevé contra la mesa del profesor, apartando libros con un barrido. Su falda se subió revelando muslos firmes, piel tibia que olía a loción de coco. La besé el cuello, lamiendo la sal de su sudor fresco, mientras ella metía las manos en mi chamarra, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Qué rico se siente esto, como si estuviéramos en una recámara de motel en la Zona Divertida, pensé, perdido en el olor almizclado que subía de su entrepierna.

Quítame la ropa, Javier —susurró, voz ronca como si fumara tabaco negro.

Desabotoné su blusa despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Sus tetas perfectas, redondas como tamales de elote, se liberaron del brasier de encaje negro. Las besé, chupando los pezones oscuros que se endurecieron en mi lengua, salados y dulces a la vez. Ella arqueó la espalda, gimiendo más fuerte, el sonido rebotando en las paredes de piedra fría.

Yo me quité la camisa, y ella bajó mi zipper con manos temblorosas de anticipación. Mi verga saltó libre, dura como fierro, palpitando al aire fresco. Sofia la tomó, masturbándola lento, su palma cálida y suave enviando chispas por mi espina. —Qué vergota, güey, me vas a partir —dijo riendo, pero con ojos de loba en celo.

La senté en la mesa, abrí sus piernas. Su panocha depilada brillaba húmeda, el olor a excitación femenina invadiendo el aire, espeso y embriagador como tequila reposado. Lamí despacio, saboreando su jugo dulce y ácido, lengua danzando en su clítoris hinchado. Ella jadeaba, manos en mi pelo, empujándome más adentro. —Ay, sí, cabrón, chúpame así. Sus muslos temblaban contra mis mejillas, piel de gallina por el placer.

No aguanté más. Me puse de pie, ella guio mi verga a su entrada resbalosa. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes me apretaban como guante de terciopelo. Pinche paraíso, grité en mi mente mientras empezaba a bombear, lento al principio, building el ritmo como una cumbia que sube de volumen.

Sus uñas en mi culo me urgían más rápido. El aula se llenó de slap-slap de carne contra carne, gemidos entremezclados, olor a sexo crudo y sudor. La mesa crujía bajo nosotros, libros cayendo al suelo con thuds sordos. La volteé, la puse en cuatro, admirando su nalgona perfecta, morena y firme. Le di palmadas suaves, rojas marcas que la hicieron gemir más. Entré de nuevo, profundo, tocando su fondo, sus paredes convulsionando.

Métemela duro, Javier, hazme tuya —rogaba, voz quebrada.

Aceleré, bolas golpeando su clítoris, sudor chorreando por mi pecho al suyo. Sentí el orgasmo construyéndose, un volcán listo para erupcionar. Ella llegó primero, gritando ¡Sí, cabrón, me vengo!, su panocha apretándome como prensa, jugos calientes bajando por mis muslos.

No pude más. Me corrí dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Colapsamos juntos, respiraciones jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a nosotros, a victoria compartida.

Nos vestimos riendo bajito, besos tiernos en la penumbra. Caminamos de regreso al dormitorio tomados de la mano, el frío nocturno ahora placentero contra nuestra piel aún caliente.

Desde esa noche en Trier University, todo cambió. Sofia y yo nos volvimos amantes inseparables, follando en rincones escondidos del campus, explorando cuerpos como si fuéramos poetas descifrando versos prohibidos. Pero más que sexo, era conexión: dos mexicanos lejos de casa, encontrando calor en el otro. Neta, qué chido es esto, pienso cada vez que la veo sonreír. Y sé que esto apenas empieza.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.