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Tri Card Poker en Carne Viva

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Tri Card Poker en Carne Viva

Entraste al casino de Monterrey con el pulso acelerado, el aire cargado de humo de cigarros y ese olor a dinero fresco mezclado con perfume caro. Las luces neón parpadeaban como promesas rotas, y el sonido de las fichas chocando era como un latido constante. Órale, carnal, pensaste, esta noche va a ser chida. Te sentaste en la mesa de tri card poker, ese juego rápido que te ponía la adrenalina a tope, con sus reglas simples: tres cartas, apuesta alta o fold. Al otro lado, ella. Una morra de curvas que quitaban el hipo, cabello negro largo cayéndole por la espalda como cascada de medianoche, labios rojos pintados para pecar y un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación.

¿Listo para jugar, guapo? —te dijo con voz ronca, esa sonrisa pícara que olía a tequila y deseo. Se llamaba Karla, lo supiste porque el dealer lo mencionó al servir las cartas. Sus ojos cafés te clavaban como dagas calientes, y sentiste el primer cosquilleo en la entrepierna. El dealer repartió: tú tenías un par de ases, ella una cara de póker impenetrable. Apostaste fuerte, fichas apiladas como torres de tentación. El olor de su perfume floral te llegaba en oleadas, dulce y embriagador, mezclándose con el sudor ligero que ya perlaba tu nuca.

Esta chava me va a matar, wey. Mira cómo mueve las fichas, como si las acariciara. Neta, ya se me para nomás de verla.

El juego fluyó, mano tras mano. Perdiste la primera por poco, ella rio bajito, un sonido como terciopelo raspando tu piel. —¡Ja! Mala suerte, pero apuesto a que tienes más cartas guardadas —dijo, ladeando la cabeza. Su aliento cálido rozó tu oreja cuando se inclinó para ver tu apuesta. Tocaste su mano al empujar las fichas, piel suave como seda, uñas largas pintadas de negro que prometían arañazos placenteros. El casino bullía alrededor: risas, gritos de victoria, el zumbido de las tragamonedas. Pero para ti, solo existía ella y el tri card poker.

En la tercera mano, empataron. Ella propuso lo impensable, voz baja solo para tus oídos: —¿Y si subimos la apuesta? Algo más... personal. Si gano, me das un beso. Si pierdes tú, te quitas la camisa. Su mirada era fuego puro, pechos subiendo y bajando con cada respiración. Consensual, mutuo, puro fuego, pensaste. Asentiste, el corazón retumbando como tambores aztecas. Repartieron. Tú tenías reina alta, ella... flush. Ganó. Se levantó un poco, te jaló por la nuca y te plantó un beso que sabía a cerezas y victoria. Lengua danzando, húmeda y caliente, manos en tu pecho palpando músculos. El mundo se desvaneció en ese roce.

Acto uno cerrado, la tensión crepitaba. Te fuiste a la barra por unos tequilas, ella te siguió, cadera balanceándose como hipnosis. —Me gustas, wey. Eres de los que no se rinden fácil —murmuró, dedo trazando tu brazo. El alcohol quemaba la garganta, calentando la sangre. Volvieron a la mesa, pero ahora las apuestas eran mentiras veladas. Cada carta volteada era una caricia invisible: el áspero roce del fieltro verde bajo tus dedos, el clic de las fichas como promesas de cuerpos chocando.

La noche avanzaba, el casino se llenaba de sombras largas. Perdiste otra, camisa fuera. Ella jadeó al ver tu torso definido, sudor brillando bajo las luces. —¡Chingón! —susurró, mordiéndose el labio. Tocó tu pecho, uñas raspando pezones, enviando descargas directas a tu verga endurecida. Tú ganaste la siguiente: ella se quitó los tacones, pies perfectos arqueados, pintados de rojo. El juego escalaba, corazones latiendo al unísono. En una mano clave, propusiste: —Todo o nada. Mi habitación arriba, o nos vamos cada quien por su lado.

No mames, esta morra es puro fuego. Siento su calor desde aquí, huele a panocha mojada ya. ¿Y si gano? La voy a comer entera.

Ella aceptó, ojos brillando. Repartieron el tri card poker final. Tú tenías full house, ella... nada. Victoria. La tomaste de la mano, piel contra piel electrificada, subieron al elevador. El ding del piso fue como un suspiro. Su habitación era lujo: sábanas de satén, vista a la ciudad iluminada. La puerta se cerró con clic suave, y el mundo exterior murió.

Acto dos explotó en besos voraces. La presionaste contra la pared, vestido rojo subiendo por muslos firmos. Sus manos en tu pantalón, desabrochando con urgencia. —Te quiero adentro, ya —gimió, voz entrecortada. Olía a jazmín y excitación almizclada, esa esencia íntima que endurece cualquier verga. La cargaste a la cama, cuerpos chocando con sonidos húmedos. Le quitaste el vestido: sostén de encaje negro, tanga minúscula empapada. Besaste su cuello, salado sudor, bajando a pechos llenos, pezones duros como balas entre tus labios. Ella arqueó la espalda, gimiendo ¡ay, cabrón!, uñas clavándose en tu espalda.

La tensión crecía como tormenta. Lamiste su ombligo, bajando lento, torturándola. Sus muslos temblaban, piel de gallina bajo tu aliento caliente. Llegaste a su panocha, labios hinchados, jugos brillando. Probaste: dulce salado, como néctar prohibido. Lengua danzando en clítoris, ella gritaba ¡sí, wey, no pares!, caderas empujando contra tu boca. Dedos dentro, calientes y apretados, paredes contrayéndose. Tú palpitabas, verga goteando pre-semen, rozando sábanas ásperas.

La volteaste, de rodillas, culo perfecto alzado como ofrenda. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sensación de fundirte en lava. —¡Qué rico, chingada madre! —rugió ella, empujando atrás. Ritmo building: lento primero, piel palmoteando, sudor volando. Olores mezclados: sexo crudo, perfume, tequila residual. Sus gemidos subían, pared vibrando con thrusts profundos. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando, pelo azotando tu cara. Manos en sus caderas, guiando, pulgares en hueso saliente.

Esta es la mejor noche de mi pinche vida. Se siente como terciopelo apretado, me aprieta la verga como no mames. Va a venir, lo siento en sus temblores.

Intensidad pico: la volteaste misionero, ojos en ojos, almas conectando. Besos desordenados, lenguas batallando. Aceleraste, bolas golpeando, ella clavando uñas, gritando ¡me vengo, cabrón!. Su orgasmo explotó: paredes ordeñando tu verga, jugos inundando. No aguantaste, rugiste liberándote dentro, chorros calientes llenándola, pulsos eternos. Colapsaron, jadeos sincronizados, piel pegajosa de sudor.

Acto tres: afterglow suave. Yacían enredados, sábanas revueltas oliendo a sexo satisfecho. Ella trazaba círculos en tu pecho, risa ronca. —El mejor tri card poker de mi vida, amor —susurró, besando tu hombro. Tú sonreíste, corazón calmado, cuerpo laxo. La ciudad brillaba afuera, pero el verdadero premio era este calor compartido. Se durmieron así, promesa de más noches, más apuestas, más carne viva.

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