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El Trio de Bisexuales que Despierta Pasiones

7053 palabras

El Trio de Bisexuales que Despierta Pasiones

La noche en la playa de Cancún estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, con el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena blanca y el olor a salitre mezclado con coco de las bebidas que nos servían en el chiringuito. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, y mis carnales de toda la vida, Luis y Marco, me habían invitado a su casa de playa para desconectar. Éramos un trio de bisexuales desde la uni, cuando una peda épica nos llevó a experimentar por primera vez. Neta, esa química entre nosotros nunca se apagó, solo que la vida nos había separado un rato.

Luis, con su piel morena y tatuajes que serpenteaban por sus brazos fuertes, me abrazó primero, su olor a loción de bergamota invadiéndome las fosas nasales. Chingón, qué bien hueles, wey, pensé mientras me apretaba contra su pecho ancho. Marco, más delgado pero con ojos verdes que te desnudan con la mirada, me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su barba incipiente rozándome la piel como una promesa. Llevábamos shorts y camisetas sueltas por el bochorno, y ya sentía ese cosquilleo en el estómago, esa tensión que se arma cuando sabes que la noche va pa'l lado salvaje.

Nos sentamos en la terraza con chelas frías, el sudor perlándonos la frente bajo las luces tenues de faroles. Hablamos de pendejadas, de cómo la vida en Monterrey los tenía estresados con sus chambas en la industria petrolera, y yo les conté de mis closings en marketing. Pero entre risas, las miradas se cruzaban cargadas. Luis rozó mi muslo con su pie descalzo, y Marco soltó un "¿Se acuerdan de aquella vez en la casa de la playa de Puerto Vallarta?". Nos reímos, pero el aire se espesó, como si el trópico conspirara para avivarnos el fuego.

¿Y si esta noche revivimos eso? ¿Será que todavía queman como antes?

El primer acto de la seducción fue sutil. Luis se levantó a traer más chelas, y al volver, se sentó pegadito a mí, su mano grande posándose en mi rodilla. Sentí el calor de su palma filtrándose por la tela ligera de mi falda corta. Marco, del otro lado, me quitó un mechón de pelo de la cara, sus dedos oliendo a limón de la fruta que había pelado antes. Neta, qué rico se siente esto, pensé, mientras mi pulso se aceleraba y un calor húmedo empezaba a formarse entre mis piernas.

—Órale, Ana, estás más guapa que nunca —dijo Luis, su voz ronca como el rugido lejano del mar—. ¿Listos pa' un trio de bisexuales como en los viejos tiempos?

Yo asentí, mordiéndome el labio, y Marco nos jaló adentro de la casa, donde el aire acondicionado nos dio un respiro fresco contrastando con nuestra piel ardiente. La recámara principal era un paraíso: cama king size con sábanas de algodón egipcio blancas como la arena, velas de vainilla encendidas que llenaban el cuarto con un aroma dulce y embriagador. Nos desvestimos despacio, sin prisa, disfrutando la vista del otro. Luis se quitó la camiseta, revelando su pecho velludo y definido; Marco, más liso, con abdominales marcados que invitaban a lamerlos.

Yo me quedé en brasier y tanga, sintiendo sus ojos devorándome. Me acerqué a Luis primero, besándolo con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y deseo puro. Marco se pegó por detrás, besándome el cuello, sus manos amasando mis tetas con gentileza experta. ¡Ay, cabrones, me van a volver loca! El roce de sus cuerpos contra el mío era eléctrico: piel contra piel, sudor mezclándose, respiraciones agitadas llenando el silencio.

La escalada fue gradual, como una ola que crece. Luis me recostó en la cama, sus labios bajando por mi cuello hasta mis pezones endurecidos, chupándolos con succión suave que me hacía arquear la espalda. Marco se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su aliento caliente rozando mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, ese musk almizclado que enloquece. Esto es puro vicio, un trio de bisexuales perfecto.

Yo gemí bajito, "Sí, así, weyes, no paren", mientras Marco lamía mi concha con la lengua plana, saboreándome como si fuera el mejor postre. Luis se movió para besar a Marco, sus lenguas enredándose frente a mí, un espectáculo que me mojaba más. Eran bisexuales de hueso colorado, y verlos así, con las vergas duras rozándose, me ponía al borde. Tomé la de Luis en mi mano, gruesa y venosa, palpitando caliente; la de Marco, más larga y curva, la masturbé despacio, sintiendo la piel sedosa sobre el acero debajo.

El conflicto interno surgió un ratito: ¿Y si después todo cambia? ¿Y si no somos los mismos? Pero lo ahuyenté con un beso profundo a Marco, mientras Luis me penetraba con dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, haciendo que chorros de placer me recorrieran la espina. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos roncos, la cama crujiendo bajo nosotros. Sudor goteaba de sus frentes a mi vientre, salado al gusto cuando lo lamí.

Cambié posiciones, montándome en Marco, su verga llenándome hasta el fondo con una estocada lenta que nos sacó jadeos sincronizados. Luis se posicionó atrás, untando lubricante con aroma a coco en mi ano, preparándome con dedos pacientes. Confío en ellos, neta, esto es consensual y chingón. Entró despacio, el estiramiento ardiente pero placentero, como ser partida en dos mitades de éxtasis. Me moví entre ellos, sus caderas chocando contra mí en ritmo perfecto: slap-slap-slap de carne contra carne, olores a sexo crudo impregnando el aire.

Marco besaba mi boca, Luis mordisqueaba mi hombro, y de pronto, se besaron sobre mí, sus lenguas danzando mientras me follaban. Yo me tocaba el clítoris, el placer acumulándose como tormenta. ¡Ya mero, cabrones! Grité cuando el orgasmo me golpeó, contracciones violentas ordeñando sus vergas, mi concha chorreando jugos que empapaban las sábanas.

Ellos no tardaron: Marco se corrió primero, su leche caliente inundándome adentro con un gruñido gutural, olor a semen fresco flotando. Luis salió y eyaculó en mi espalda, chorros espesos y calientes que Marco lamió juguetón, besándome luego para compartir el sabor salado. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones calmándose al unísono con el vaivén del mar afuera.

En el afterglow, nos quedamos así, acariciándonos perezosos. Luis trazaba círculos en mi panza, Marco jugaba con mi pelo. Esto fue más que sexo; fue reconectar almas.

—Qué trio de bisexuales tan épico, ¿no? —dijo Marco, riendo suave.

—Neta, wey, hagámoslo tradición —respondí, besándolos a ambos.

La noche terminó con nosotros durmiendo pegados, el amanecer tiñendo la habitación de rosas y dorados, dejando un impacto que sabía duraría. Habíamos avivado la llama, más fuertes, más unidos. En México, el amor no tiene reglas, solo pasión pura.

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