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Los Mens Tri Shorts que Desatan el Fuego

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Los Mens Tri Shorts que Desatan el Fuego

El sol de Cancún pegaba como plomo derretido sobre la playa de Playa Delfines, y el aire cargado de sal y yodo me hacía jadear mientras pedaleaba mi bici en la arena compacta. Yo, Ana, llevaba meses entrenando para mi primer triatlón, y hoy tocaba sesión con Marco, mi entrenador personal. Ese pendejo chingón sabía cómo sacarme el jugo, pero lo que no esperaba era que sus mens tri shorts me volvieran loca de remate.

Los vi desde que llegó, ajustados como segunda piel sobre sus muslos musculosos, delineando cada curva de sus glúteos firmes y esa protuberancia que se marcaba sin piedad cuando corría. Negro mate con detalles reflectantes, empapados ya de sudor, pegándose a su piel morena. Órale, carnal, ¿por qué tan rico? pensé, mientras mi corazón latía más fuerte que mis pedales. El olor a esfuerzo masculino, mezclado con el mar, me invadió las fosas nasales, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¡Ándale, Ana, acelera esa madre! —gritó Marco, su voz ronca cortando el rumor de las olas—. No te quedes atrás, neta que puedes más.

Su aliento cálido rozó mi oreja cuando se acercó en su bici, y el roce de su pierna contra la mía fue eléctrico. Sudor goteaba de su frente, salado, tentador. Yo solo atiné a asentir, mordiéndome el labio, imaginando cómo se sentiría esa tela elástica bajo mis dedos.

La sesión siguió brutal: natación en el mar turquesa, donde el agua fría lamía mi cuerpo como una lengua ansiosa, y carrera por la orilla, con la arena caliente quemándome las plantas de los pies. Marco iba delante, sus mens tri shorts moldeando su paquete con cada zancada, el sudor haciendo que brillaran bajo el sol. Cada vez que me rebasaba, su aroma —hombre puro, testosterona y sal— me golpeaba como un puñetazo al vientre.

¿Por qué carajos me pongo así? Es mi entrenador, no un pinche modelo de calendario. Pero esos shorts... ay, wey, me tienen mojadita desde la mañana.

En el descanso, nos tiramos en la arena, botellas de Gatorade en mano. Él se estiró, y la tela se tensó aún más, revelando el contorno perfecto de su verga semierecta. ¿Me lo imaginaba o de verdad se le paraba un poco? Mis pezones se endurecieron bajo el top deportivo, traicionándome.

Estás on fire hoy, Ana —dijo, mirándome con ojos cafés intensos, su sonrisa pícara—. Esos shorts te quedan de poca madre también.

Reí nerviosa, el pulso acelerado. Nuestras manos se rozaron al pasar la botella, piel contra piel, cálida y resbaladiza. El silencio se cargó de electricidad, el sonido de las gaviotas y el chapoteo lejano como fondo a nuestra tensión. Sentí mi panocha palpitar, húmeda, rogando atención.

Marco, neta... esos mens tri shorts tuyos son un arma letal —solté de repente, el calor subiéndome a las mejillas—. Me distraen cañón.

Él arqueó una ceja, su risa grave vibrando en mi pecho. —¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, preciosa?

El sol bajaba tiñendo el cielo de naranja cuando decidimos rematar con una carrera ligera. Pero en vez de competir, terminamos corriendo lado a lado, hombros chocando, risas mezcladas con jadeos. En un tropiezo fingido —o no tan fingido—, caí contra él, mi mano aterrizando directo en su entrepierna. La tela elástica cedió bajo mis dedos, sintiendo la dureza creciente, caliente como hierro forjado.

Perdón, wey —murmuré, pero no retiré la mano. Él gimió bajito, agarrándome la cintura con fuerza.

No mames, Ana... no te atrevas a parar —susurró, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a sudor dulce.

Nos miramos, el deseo crudo en sus ojos reflejando el mío. Sin palabras, nos escabullimos hacia las dunas, un rincón semioculto por palmeras y maleza. El viento traía el aroma de coco y mar, pero lo que dominaba era nuestro olor: excitación pura, almizcle y piel ardiente.

Ahí, bajo la luz crepuscular, Marco me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, saboreando a sal y pasión. Sus manos bajaron mis shorts deportivos, dedos gruesos explorando mi humedad resbaladiza. ¡Qué chingón se siente! gemí contra su boca, mientras yo tiraba de sus mens tri shorts, bajándolos lo justo para liberar su verga gruesa, venosa, palpitante.

La piel suave contrastaba con la tela elástica aún enganchada en sus muslos. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo cada vena latir. Él gruñó, mordiéndome el hombro, mientras sus dedos me penetraban, curvándose justo en mi punto G. El sonido húmedo de mi coño chupando sus dedos era obsceno, delicioso, mezclado con nuestros jadeos y el romper de olas lejanas.

Esto es lo que necesitaba, carajo. No solo entrenar el cuerpo, sino follar como animales, pensé, mientras él me volteaba contra la arena tibia, mi culo en pompa.

Marco escupió en su mano, lubricando su verga, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí el estiramiento glorioso, su grosor llenándome hasta el fondo. —¡Sí, cabrón, así! —grité, clavando uñas en la arena. Él embistió con ritmo, sus caderas chocando contra mis nalgas, piel palmoteando piel, sudor goteando entre nosotros.

El olor de sexo impregnaba el aire, su verga oliendo a mí, a nosotos. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras. La tela de sus shorts rozaba mis muslos internos, un recordatorio erótico de cómo empezó todo.

El clímax nos alcanzó como una ola gigante. Marco se tensó, gruñendo mi nombre —¡Ana, me vengo! —, su verga hinchándose, chorros calientes inundándome. Yo exploté segundos después, mi coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus bolas, un grito ahogado escapando mi garganta mientras el mundo se volvía blanco.

Colapsamos en la arena, jadeantes, cuerpos entrelazados, el sudor enfriándose al viento nocturno. Su mano acariciaba mi espalda, suave, tierna. Besé su pecho, saboreando sal y paz.

Neta, Ana, esto fue de la verga —murmuró, riendo bajito—. Pero no termina aquí. Mañana, más entrenamiento... y más de esto.

Yo sonreí, el corazón lleno, el cuerpo saciado. Los mens tri shorts tirados a un lado, testigos mudos de nuestra locura. El mar susurraba aprobación, y yo supe que este triatlón apenas empezaba. El deseo, como el océano, siempre volvía más fuerte.

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