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La Tentación de Maria Tri

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La Tentación de Maria Tri

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín floreciendo bajo las luces de neón. El aire cálido acariciaba la piel como una promesa susurrada, y el ritmo de la cumbia retumbaba en el pecho de Alejandro, que se recargaba en la barra del bar playero. Llevaba un rato ahí, bebiendo una cerveza helada que condensaba gotas frías en el vidrio, cuando la vio entrar. Maria Tri. Neta, qué chingona. Su nombre corría de boca en boca entre los cuates del pueblo: María Trinidad, la morra que volteaba cabezas con solo caminar. Vestía un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como manos ansiosas, el escote dejando ver el brillo de su piel morena bajo el sol poniente que aún teñía el cielo.

Alejandro sintió un cosquilleo en la nuca, como si el viento del mar le hubiera lamido el cuello. Ella se movía con esa gracia mexicana, caderas ondulando al compás invisible de la música, el cabello negro suelto cayendo en ondas salvajes hasta la cintura. Sus ojos, oscuros y juguetones, barrieron el lugar hasta clavarse en él.

¿Será que me está viendo a mí, wey? No mames, qué rica
, pensó, el pulso acelerándose mientras daba un trago largo a su chela. Maria Tri se acercó a la barra, pidiendo un paloma con voz ronca que erizaba la piel.

—Órale, ¿qué onda? —dijo ella, girándose hacia él con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos perfectos.

—Pura vida, preciosa. Soy Alejandro. ¿Y tú eres...?

—Maria Tri, pa' los cuates. ¿Vienes mucho por acá?

La conversación fluyó como tequila suave: risas sobre las olas que rompían a lo lejos, anécdotas de fiestas locas en la playa, el olor a coco de su perfume mezclándose con el humo de las parrillas cercanas. Cada vez que ella reía, su mano rozaba el brazo de él, un toque eléctrico que mandaba chispas directo a su entrepierna. Alejandro notaba cómo sus pezones se marcaban sutilmente bajo la tela delgada cuando el viento soplaba, y juraba que podía oler su arousal sutil, ese almizcle femenino que volvía loco a cualquier pendejo.

La tensión crecía con cada mirada.

Pinche Maria Tri, me estás volviendo loco con esa boca carnosa. Quiero probarla, ya
. Bailaron bajo las estrellas, cuerpos pegándose en el calor húmedo de la noche. Sus caderas chocaban al ritmo de la banda, sudor perlando su frente, el sabor salado de la piel cuando él le besó el hombro accidentalmente —o no tan accidental—. Ella jadeó bajito, un sonido que vibró en el pecho de Alejandro como un tambor.

—Vamos a mi cabaña, ¿no? —susurró Maria Tri al oído, su aliento caliente oliendo a limón y tequila—. Quiero sentirte de cerca, carnal.

El camino fue un borrón de arena bajo los pies descalzos, risas ahogadas y besos robados. La cabaña de ella estaba enclavada entre palmeras, iluminada por velas que parpadeaban como ojos hambrientos. Al entrar, el aroma a vainilla y mar inundó sus sentidos. Maria Tri cerró la puerta con un clic suave, girándose para empujarlo contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con urgencia, el sabor dulce de su saliva mezclándose con el suyo. Manos explorando: las de él amasando sus nalgas firmes bajo el vestido, las de ella arañando su espalda, quitándole la camisa con impaciencia.

Qué chulo estás, Alejandro —murmuró ella, mordisqueando su labio inferior mientras bajaba la cremallera del vestido. La tela cayó como una cascada roja, revelando senos plenos coronados por pezones oscuros endurecidos por el deseo. Él gimió, inclinándose para lamer uno, succionando con hambre mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo ronco: —¡Sí, así, pinche rico!

La llevaron a la cama king size, sábanas de algodón crujiendo bajo sus cuerpos. Alejandro besó su camino bajando: cuello perfumado, vientre suave temblando bajo su lengua, hasta llegar al triángulo de vello negro entre sus muslos. Maria Tri abrió las piernas con confianza, exponiéndose sin pudor.

Qué sabor tan de ella, salado y dulce como el mar al amanecer
, pensó él mientras lamía su clítoris hinchado, introduciendo dos dedos en su calor húmedo que lo chupaba ansioso. Ella se retorcía, uñas clavándose en su cuero cabelludo, jadeos convirtiéndose en gritos ahogados: —¡No pares, cabrón! ¡Me vas a hacer venir!

La tensión escalaba como una ola gigante. Él se incorporó, quitándose los pantalones, su verga dura saltando libre, venosa y palpitante. Maria Tri la miró con ojos lujuriosos, lamiéndose los labios. —Ven, métemela ya —exigió, guiándolo con la mano. Se hundió en ella despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su coño apretado envolviéndolo como terciopelo caliente mojado. El sonido de carne contra carne empezó suave, slap-slap rítmico, acelerando con sus embestidas profundas.

Se movían en sincronía perfecta, sudando bajo el ventilador que zumbaba perezoso. Ella clavaba talones en su culo, urgiéndolo más hondo: —¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo! —Él obedecía, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con su perfume y el salitre del mar que entraba por la ventana abierta. Sus pechos rebotaban con cada thrust, él los chupaba, mordía, mientras ella arañaba su espalda dejando surcos rojos de placer.

Esto es el paraíso, Maria Tri. Tu coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca
. La rotación de posiciones avivó el fuego: ella encima, cabalgándolo como amazona salvaje, caderas girando en círculos que lo volvían loco; de lado, cucharita, su mano entre sus piernas frotando su clítoris mientras la penetraba lento y profundo; contra la pared, piernas de ella alrededor de su cintura, follada con furia animal hasta que ambos temblaban al borde.

El clímax llegó como tormenta tropical. Maria Tri gritó primero, su cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñando su verga en espasmos calientes: —¡Me vengo, Alejandro! ¡Ay, Dios! —Él no aguantó más, embistiendo una última vez profundo, eyaculando chorros calientes dentro de ella, gruñendo su nombre contra su cuello sudoroso. Ondas de placer los sacudieron juntos, pulsos latiendo en unisono, el mundo reduciéndose a jadeos y temblores compartidos.

Se derrumbaron en la cama, cuerpos entrelazados en un enredo pegajoso de sudor y fluidos. El afterglow era puro éxtasis: su cabeza en el pecho de ella, oyendo el latido acelerado calmarse, el aroma de su piel ahora mezclado con el almizcle post-orgasmo. Maria Tri trazaba círculos perezosos en su abdomen con las uñas, sonriendo satisfecha.

Qué chido estuvo eso, carnal. Eres un animal en la cama.

—Tú ni se diga, Maria Tri. Pinche diosa.

Rieron bajito, besos suaves sellando la conexión. Afuera, las olas susurraban secretos al mar, y en esa cabaña, el deseo había encontrado su hogar temporal. Alejandro pensó que ojalá amaneciera juntos, explorando más de esa mujer que lo había atrapado con solo una mirada. Pero por ahora, el sueño los vencía, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas de noches futuras.

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