La Hija de El Tri
El antro estaba a reventar esa noche en el corazón de la Roma, con el eco de las guitarras rasposas retumbando en las paredes grafiteadas. El humo de los cigarros y el olor a cerveza derramada se mezclaba con el sudor de la gente que brincaba al ritmo de los covers de El Tri. Yo, sentado en la barra con una fría en la mano, observaba el desmadre cuando la vi entrar. Morena, con curvas que desafiaban la gravedad bajo un vestido negro ajustado que dejaba ver el tatuaje de una rosa en su muslo. Su cabello negro largo caía como cascada, y sus ojos cafés brillaban con esa chispa pícara de quien sabe lo que provoca.
Se acercó a pedir un trago, rozando mi brazo sin querer —o queriendo—. Qué chingona, pensé, sintiendo un cosquilleo en la piel. "Órale, güey, ¿vienes seguido por acá?", me dijo con esa voz ronca, como si hubiera cantado toda la noche. Le sonreí, oliendo su perfume mezclado con el aroma terroso de su piel. "Cuando hay rola de El Tri, no me pierdo ni madres". Ella rio, una carcajada que vibró en mi pecho. "Entonces somos carnales. Mi jefazo era cuate de Alex Lora, roadie de El Tri en los ochenta. Me dicen la hija de El Tri por eso".
Su nombre era Karla, veintiocho pirulos bien puestos, y platicamos de rolas que nos ponían la piel chinita: "Abuso", "Triste canción de amor". El calor del lugar nos pegaba, su rodilla rozaba la mía bajo la barra, y cada roce era como electricidad.
¿Y si la invito a bailar? Neta se ve que quiere desmadre, me dije, el pulso acelerándome. La banda tocó "Piedras contra el vidrio", y la jalé a la pista. Sus caderas se movían contra las mías, el sudor nos unía, su aliento cálido en mi cuello olía a tequila y menta. Sentí su concha apretada contra mi verga que ya se paraba dura como fierro.
La noche avanzaba, y la tensión crecía como la marea. Salimos del antro, el aire fresco de la calle nos golpeó, pero el fuego adentro no se apagaba. Caminamos hasta mi depa en la Condesa, riendo de pendejadas, sus dedos entrelazados con los míos. En el elevador, no aguanté: la besé. Sus labios suaves y calientes sabían a sal y deseo, su lengua jugaba con la mía, chupando como si quisiera devorarme. Gemí bajito, mis manos bajaron a su culo firme, apretándolo mientras ella se pegaba más, su pezón duro rozando mi pecho a través de la tela.
Adentro, la luz tenue de una lámpara iluminaba su silueta. Se quitó el vestido despacio, revelando tetas perfectas, redondas, con pezones cafés erectos que pedían atención. Chin güey, esta morra es un sueño, pensé, el corazón latiéndome en la garganta. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. La cargué hasta la cama, sus uñas arañándome la espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. "Quiero chuparte toda, Karla, la hija de El Tri", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Ella arqueó la espalda, gimiendo: "¡Hazlo, cabrón! No mames, métemela ya".
Empecé despacio, besando su cuello salado, bajando por su clavícula hasta esas tetas gloriosas. Las lamí, succioné los pezones, sintiendo cómo se endurecían más en mi boca, su sabor dulce como miel. Sus manos enredadas en mi pelo, jalándome más fuerte. Bajé por su vientre plano, oliendo su panocha húmeda, los labios hinchados brillando de jugos. La abrí con los dedos, suave, y metí la lengua. Sabe a paraíso, neta. Lamí su clítoris hinchado, chupando lento, círculos con la lengua mientras ella se retorcía, sus muslos temblando contra mis orejas. "¡Ay, wey! ¡Sí, así! ¡No pares, pendejo!", gritaba, su voz entrecortada por gemidos que llenaban la habitación.
La tensión subía, su cuerpo sudado brillaba bajo la luz, el olor a sexo nos envolvía como niebla espesa. Me quitó la ropa de un jalón, su mano agarró mi verga palpitante, masturbándome firme, el prepucio subiendo y bajando con un sonido chapoteante.
Si sigue así, me vengo ya, pero aguanta, carnal. La volteé, poniéndola a cuatro patas, su culo redondo alzado como ofrenda. Escupí en mi mano, lubricando mi pija dura, y la froté contra su raja mojada. "Métela, amor, rómpeme", suplicó ella, empujando hacia atrás.
Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su concha apretada envolviéndome como guante caliente, jugos chorreando por mis huevos. Gemí fuerte, el placer quemándome las entrañas. Empecé a bombear, lento al principio, cada embestida haciendo que sus tetas rebotaran, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Aceleré, agarrando sus caderas, mis dedos hundiéndose en su carne suave. Ella volteaba, ojos vidriosos de placer: "¡Más duro, la hija de El Tri quiere que la chingues como rockera!". Sudor nos caía, el cuarto olía a semen y sudor, su clítoris lo frotaba con la mano, gimiendo más alto.
La puse boca arriba, piernas en mis hombros, penetrándola profundo, tocando su fondo. Sus uñas en mi espalda, arañazos que dolían rico. Besé su boca mientras la taladraba, lenguas enredadas, saboreando su saliva. Sentí su concha contrayéndose, ordeñándome. "¡Me vengo, cabrón! ¡Ay, Dios!", chilló, su cuerpo convulsionando, jugos salpicando mis muslos. Eso me llevó al límite: embestí una última vez, profundo, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi verga pulsando mientras gemía en su cuello.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aroma de nuestro sexo flotaba, mezclado con su perfume. "Neta, wey, eso estuvo chingón", murmuró ella, besándome el pecho. Yo la abracé, acariciando su cabello húmedo. La hija de El Tri, quién lo diría, me dejó temblando. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí, en el afterglow, solo existíamos nosotros, satisfechos, con promesas de más noches de rolas y pasión.