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Triada Serie Deseos Entrelazados

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Triada Serie Deseos Entrelazados

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los antros. Yo, Ana, caminaba del brazo de Diego, mi novio de dos años, sintiendo su mano firme en mi cintura. Qué chido es esto, pensé, mientras el aroma a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire. Habíamos hablado mil veces de abrirnos a algo nuevo, una triada serie de aventuras que nos uniera más, no que nos separara. Diego, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derriten, me había propuesto buscar a alguien esa noche. Neta, mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Entramos al bar, un lugar fancy con sofás de terciopelo rojo y música electrónica suave que vibraba en el pecho. Pedimos unos tequilas reposados, el líquido ámbar bajando ardiente por mi garganta, despertando un cosquilleo en el estómago. Ahí la vi: Luna, sentada sola en la barra, con un vestido negro ceñido que marcaba sus curvas como escultura prehispánica. Su cabello negro largo caía en ondas, y cuando volteó, sus labios rojos se curvaron en una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Diego me apretó la mano.

Es ella, mi amor. Vamos a hablarle
, susurró en mi oído, su aliento cálido oliendo a menta y deseo.

Nos acercamos, y la plática fluyó como río en temporada de lluvias. Luna era de Guadalajara, pero vivía en la CDMX por trabajo en una galería de arte. Hablamos de todo: de la vida loca, de cómo el amor no tiene reglas, de esa triada serie que Diego y yo soñábamos. Ella se rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. Órale, qué weyes tan calientes, dijo, guiñándome el ojo. Su perfume, jazmín mezclado con vainilla, me envolvió como niebla sensual. Sentí un pulso entre mis piernas, húmedo y ansioso. Diego la invitó a bailar, y yo los seguí, nuestros cuerpos rozándose en la pista. Sus caderas contra las mías, su mano en mi espalda baja... la tensión crecía como tormenta en el Popo.

Esto es lo que quiero, me dije mientras regresábamos a la mesa, sudados y riendo. Luna propuso ir a mi depa en la Roma, cerca de ahí. , contestamos al unísono. En el Uber, el silencio era eléctrico. Diego besaba mi cuello, su barba raspando delicioso, mientras Luna me tomaba la mano, sus dedos entrelazados con los míos, suaves pero firmes. Olía a sexo inminente, a piel caliente y anticipación. Mi blusa se pegaba al cuerpo por el sudor, pezones duros como piedras de obsidiana.

Llegamos al depa, un lugar chulo con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Prendí unas velas de coco que llenaron el aire con dulzor tropical. Nos serví mezcales en vasos de cristal, el hielo tintineando como promesas. Nos sentamos en el sofá, yo en medio, flanqueada por ellos. Diego me besó primero, lento, su lengua explorando mi boca con sabor a tequila y hambre. Luna observaba, mordiéndose el labio, sus ojos brillando.

Quiero unirnos a los tres, hacer de esto nuestra triada serie perfecta
, pensé, mientras mi mano subía por el muslo de Luna, sintiendo la seda de su piel bajo el vestido.

La escalada fue gradual, como el ascenso a una pirámide. Diego desabrochó mi blusa, sus labios bajando por mi clavícula, chupando suave hasta que gemí bajito. Qué rico, cabrón, murmuré. Luna se acercó, besándome el hombro, su aliento fresco contrastando con el calor de Diego. Nuestras lenguas se encontraron en un beso húmedo, salado por el sudor, mientras Diego lamía mis pechos, succionando un pezón con esa presión perfecta que me hace arquear la espalda. El sonido de respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.

Me puse de pie, quitándome la falda con un movimiento lento, provocador. Ellos me miraban, ojos devoradores. Mírenme, soy suya esta noche. Luna se levantó, dejando caer su vestido, revelando un cuerpo atlético, tetas firmes con areolas oscuras, y un triángulo negro de vello que me hipnotizó. Diego se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya de pre-semen. El olor a excitación masculina me golpeó, almizclado y adictivo.

Nos movimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Yo me recosté, abriendo las piernas, invitándolos. Luna se arrodilló entre ellas primero, su lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado. ¡Ay, Diosito! Qué chingona eres, grité, mis caderas moviéndose solas. Sabía a sal y miel, su boca succionando con maestría, dedos hundiéndose en mi coño empapado, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Diego se acercó a mi rostro, su pija rozando mis labios. La chupé ansiosa, el sabor salado explotando en mi lengua, venas pulsando contra mi paladar mientras la tragaba hasta la garganta.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: yo encima de Diego, su verga llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Te sientes tan lleno, amor, jadeé, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada roce en mis paredes internas, jugos chorreando por sus bolas. Luna se sentó en su cara, él lamiéndola con gruñidos ahogados, su lengua hurgando en ella mientras sus manos amasaban mi culo. El slap de piel contra piel, los gemidos de Luna –¡Más, wey, más!– y mi respiración entrecortada creaban una sinfonía erótica. Sudor nos unía, resbaloso y caliente, olores mezclados: su coño dulce, su sudor salado, mi arousal almizclado.

Internamente luchaba un poco:

¿Y si esto cambia todo? ¿Y si no volvemos a ser solo nosotros?
Pero el placer lo ahogaba. Diego aceleró embestidas desde abajo, golpeando profundo, mi G-spot cantando. Luna se inclinó para besarme, nuestras tetas rozándose, pezones endurecidos frotándose. Somos perfectos así, una triada serie imparable, me dijo al oído, su voz ronca. Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto en Oaxaca, paredes convulsionando alrededor de Diego, chillidos escapando de mi garganta. Él gruñó, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, semen goteando fuera.

Luna no paró. Me volteé, poniéndome a cuatro, ella detrás lamiendo mi culo y coño rebosante de Diego. Su lengua experta, dedos en mi ano juguetón, me llevó a un segundo clímax rápido. Luego, Diego la penetró mientras yo la besaba, chupando sus tetas, mordisqueando suave. Ella gritaba: ¡Qué rico, pendejos, no paren! Su orgasmo fue explosivo, cuerpo temblando, squirt salpicando las sábanas.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones calmándose. El aire olía a sexo crudo, satisfecho. Diego me abrazó por un lado, Luna por el otro, sus pieles cálidas contra la mía. Esto es solo el principio de nuestra triada serie, murmuró él, besando mi frente. Luna rio bajito, su mano acariciando mi vientre. Sentí paz, empoderada, amada en triplicate. La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestro fuego. Mañana seguiría la vida, pero esta noche, éramos eternos.

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