El Deseo Insaciable de Eugenio Trias
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio elegante que solo México City sabe armar en sus mejores roof tops. El aire traía olor a mezcal ahumado y jazmines frescos, y las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas coquetas. Yo, Sofia, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana. Quería soltarme el pelo, olvidar el estrés y perderme en algo chido.
Ahí lo vi por primera vez. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de intelectual cabrón, y ojos oscuros que te clavaban como si ya supieran todos tus secretos. Se llamaba Eugenio Trias, me dijo al acercárseme con una cerveza en la mano. "Qué onda, Sofia, ¿vienes a conquistar la noche o nomás a refrescarte?", me soltó con una sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor bajo. Neta, su presencia era magnética, olía a colonia cara mezclada con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
Charlamos de todo y nada: de la pinche vida en la CDMX, de tacos al pastor que extrañaba de Guadalajara, de cómo el arte lo volvía loco. Eugenio Trias era arquitecto, explicaba con pasión sus proyectos en la Roma, edificios que curvan como cuerpos en éxtasis. Sentí un cosquilleo en la piel cada vez que su mano rozaba mi brazo accidentalmente. ¿Por qué carajos me afecta tanto este wey?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba y el calor subía por mis muslos.
La tensión crecía con cada trago. Él me miró fijo, sus labios carnosos entreabiertos. "Sofia, neta que me traes loco desde que te vi entrar. ¿Bailamos?". Su mano en mi cintura fue fuego puro, piel contra piel a través de la tela fina. Bailamos pegaditos, su aliento cálido en mi cuello, el roce de su pecho duro contra mis tetas. Olía a deseo, a hombre listo para devorar. Mi cuerpo respondía solo, mis caderas moviéndose al ritmo de la cumbia rebajada que sonaba, frotándome contra su verga que ya se notaba tiesa y gruesa bajo el pantalón.
No aguanto más, quiero sentirlo todo, su lengua en mi boca, sus manos explorando cada curva.
Acto seguido, salimos de ahí como posesos. Su coche, un Mustang negro reluciente, rugió por Insurgentes hasta su penthouse en Lomas. Adentro, el lugar era un sueño: ventanales con vista al skyline, muebles de piel suave y una cama king size que gritaba promesas. Eugenio Trias me besó apenas cruzamos la puerta, sus labios hambrientos devorando los míos, lengua juguetona saboreando mi gloss de fresa. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo oscuro mientras él me apretaba contra la pared.
"Eres una chingona, Sofia, tan suave, tan rica", murmuró contra mi oreja, mordisqueándola suave. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido que cayó como cascada al piso. Quedé en lencería de encaje rojo, mis pezones duros asomando, mi panocha ya húmeda palpitando. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado, vello oscuro bajando hasta su abdomen en V perfecta. Olía a sudor limpio, a macho en celo. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas, frotando mi entrepierna contra su bulto.
La cosa escaló chido. Le bajé el zipper, liberando su verga enorme, venosa, con la cabeza rosada brillando de precum. "Mírala, Sofia, es toda tuya", dijo con voz ronca. La tomé en mi mano, piel caliente y sedosa, latiendo como un corazón salvaje. Lamí la punta, salada y adictiva, mientras él gemía "¡Órale, qué chido!". Chupé despacio, lengua girando alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta, sus caderas embistiéndome suave. El sabor era puro vicio, mezclado con mi saliva.
Pero quería más. Eugenio Trias me levantó como pluma, llevándome a la cama. Me quitó el brasier, mamando mis tetas con hambre, dientes rozando pezones sensibles que me hacían arquear la espalda. "Estás mojada, pinche deliciosa", gruñó, dedos hundiéndose en mi tanga, encontrando mi clítoris hinchado. Jadeé cuando metió dos dedos en mi cuca empapada, curvándolos para darme en el punto G, jugos chorreando por sus nudillos. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo, mi olor a excitación llenando la habitación.
¡Ya, cabrón, fóllame ya! Mi cuerpo arde, necesito esa verga dentro.
Él se puso un condón –siempre responsable, qué padre–, y me abrió las piernas. Su mirada era fuego puro. "Voy a hacerte mía, Sofia". Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, uñas clavándose en su espalda, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Cuando estuvo todo adentro, se quedó quieto, besándome profundo, nuestras lenguas bailando mientras mi coño se acostumbraba a su grosor.
Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo hondo, golpeando mi cervix con precisión. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas pesadas chocando mi culo, me volvía loca. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. "¡Más, Eugenio, dame verga sin parar!", grité, piernas envolviéndolo. Él gruñía "¡Eres mi reina, tan apretada, tan caliente!". Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis caderas girando, clítoris frotándose en su pubis. El placer subía como ola, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija.
La intensidad psicológica era brutal. En su mente, yo lo leía en sus ojos: me deseaba como a nadie, no solo cuerpo, sino alma. Yo pensaba este wey me entiende, me hace sentir viva, poderosa. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Olía a sexo puro, almizcle y perfume mezclado. Sus manos en mis nalgas, azotando suave, "¡Qué rico tu culo, Sofia!". Me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. El orgasmo me pegó como rayo: grité su nombre, "¡Eugenio Trias, sí!", coño convulsionando, chorros de placer empapando las sábanas.
Él no paró, follándome a través de mi clímax hasta que rugió, corriéndose dentro del condón, cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y caliente. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse, su mano acariciando mi pelo.
Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, vista a la ciudad dormida. "Sofia, esto no es un rato, neta que quiero más de ti", dijo Eugenio Trias, besándome la frente. Sonreí, saboreando el eco de su semen en mi boca, el ardor placentero entre mis piernas. Qué chingón, este hombre me cambió la noche para siempre. La luna nos guiñaba, prometiendo más noches de fuego.