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A Talonear el Tri con Ansia Carnal

5985 palabras

A Talonear el Tri con Ansia Carnal

La noche estaba cargada de ese calor pegajoso que solo se siente en el DF durante un partido del Tri. Me recosté en el sillón de mi depa en la Condesa, con las luces bajas y el olor a taquitos de suadero flotando desde la cocina. Diego, mi carnalito del alma, acababa de llegar de la oficina, todavía con la camisa desabotonada y ese sudor que lo hacía oler a hombre puro, a deseo crudo. Órale, qué chido que llegó justo para el clásico, pensé mientras le pasaba una chela bien fría.

Encendí la tele y el estadio Azteca rugía como un volcán. El Tri jugaba contra los gringos, y la tensión se palpaba en el aire. Diego se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y sentí ese cosquilleo que sube desde la piel hasta el pecho. ¡Vamos México! gritamos al unísono cuando Chicharito tocó el balón. Sus manos grandes se posaron en mis rodillas, masajeando despacio, y el sonido de sus dedos contra mi piel lisa era como un susurro prohibido.

Yo llevaba una playera floja del Tri, sin bra, y unos shorts que apenas cubrían mis nalgas. Cada vez que me movía, la tela rozaba mis pezones endurecidos por la emoción. Diego lo notó, porque su mirada se clavó ahí, hambrienta.

¿Ya estás mojadita por el partido, mi reina?
me dijo al oído, su aliento caliente oliendo a menta y cerveza. Reí bajito, pendejo, pero neta que sí. El juego apenas empezaba, y mi cuerpo ya respondía como si el balón fuera entre mis piernas.

El primer tiempo avanzaba con patadas furiosas y el público bramando. De repente, un jugador del Tri hizo un movimiento maestro: a talonear el Tri, un pase de talón perfecto que dejó al defensa tirado. ¡A talonear el Tri, cabrones! chillé, saltando del sillón. Diego me jaló de la cintura y me sentó en su regazo. Sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas, dura como poste de luz. Mierda, esto va a estar bueno, pensé mientras su mano subía por mi muslo, rozando el borde de mis shorts.

Nos besamos con furia, lenguas enredadas como piernas en un quite. Su boca sabía a sal y pasión, y yo mordí su labio inferior, tirando suave para que gimiera. El televisor seguía con el rugido del estadio, pero ya no importaba; nuestro propio estadio era este sillón, sudado y vibrante. Deslicé mi mano bajo su camisa, sintiendo los músculos de su pecho contraerse bajo mis uñas. Olía a su colonia mezclada con el aroma de mi excitación, ese almizcle dulce que sale cuando la panocha palpita.

Desnúdate, güey, le ordené, y él obedeció quitándose la camisa de un jalón. Sus tetas firmes, pectorales marcados por el gym, me invitaban a lamerlos. Bajé la cabeza y tracé círculos con la lengua alrededor de un pezón, saboreando el sudor salado. Diego gruñó, sus manos apretando mis chichis por encima de la playera. Sácatela, Karla, déjame verte. Levanté los brazos y la playera voló, mis senos libres rebotando con el movimiento. El aire fresco los erizó, y él los tomó como trofeos, chupando uno mientras pellizcaba el otro.

El medio tiempo llegó con el marcador empatado, pero nuestra intensidad subía. Me puse de pie y me quité los shorts despacio, contoneándome como striper en tianguis. Mis bragas de encaje negro ya estaban empapadas, el olor a miel y deseo flotando. Diego se desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un misil.

Ven, mi amor, siéntate aquí
, dijo, y yo me acerqué, rozando la punta con mis labios. La probé, salada y caliente, lamiendo desde la base hasta la cabeza como si fuera un elote enchilado.

Pero no quería acabar ahí. El segundo tiempo arrancó con el Tri presionando. Me monté en él, guiando su verga hacia mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué rica se siente! gemí, sintiendo cada vena pulsar dentro. Empecé a moverme, arriba abajo, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, mezclado con los gritos del announcer: ¡Gol del Tri!

Nos follamos al ritmo del partido. Cada avance del balón era un empujón más profundo. Diego me agarraba la cintura, embistiéndome desde abajo, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado. Sudábamos como marranos, piel resbalosa, olores mezclados en una nube espesa de sexo. A talonear el Tri, murmuró él entre jadeos, recordando ese pase magistral, y yo reí porque neta, su verga me talonaba por dentro, tocando spots que me hacían ver estrellas.

La tensión crecía. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras yo clavaba las uñas en su pecho. Más rápido, Diego, fóllame como el Tri ataca. Él aceleró, sus caderas chocando con fuerza brutal pero consentida, placentera. Sentía mi orgasmo venir, como un gol en el minuto 90. El televisor explotaba: ¡Otro talón perfecto, a talonear el Tri! Y eso me lanzó. Grité, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos. Él me siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándome con su leche caliente, espesa.

Colapsamos juntos, jadeantes, el partido terminando en victoria. Su verga aún dentro, palpitando suave. Besos lentos ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. El olor a semen y sudor impregnaba todo, pero era nuestro perfume de victoria. Te amo, pendejo, le susurré, trazando círculos en su pecho con el dedo. Él sonrió, besando mi frente.

Yo más, mi campeona. A talonear el Tri siempre contigo
.

Nos quedamos así, enredados, el estadio en la tele aplaudiendo mientras nosotros celebrábamos nuestro propio triunfo. La piel pegajosa, pulsos calmándose, un calorcito de satisfacción que duraría hasta el próximo partido. Neta, qué chingón es el fut con él, pensé, cerrando los ojos en esa paz post-sexo que sabe a eternidad.

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