Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pero Intento Intento Pero Intento Intento

Pero Intento Intento

7010 palabras

Pero Intento Intento

La noche en la Condesa estaba viva, con ese rebote de luces neón que se colaban por las ventanas del bar. El aire olía a tequila reposado mezclado con el perfume dulce de las flores de los puestos callejeros y un toque ahumado de tacos al pastor que vendían afuera. Yo, Ana, de veintiocho, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa mexicana, pedí un paloma para calmar los nervios. Hacía meses que no salía así, soltera por fin después de ese wey aburrido que no sabía ni cómo besarme bien.

Entonces lo vi. Diego, alto como un basquetbolista, con tatuajes asomando por las mangas de su camisa blanca arremangada, ojos café oscuro que brillaban bajo las luces. Estaba con unos cuates riendo, pero su mirada se clavó en mí como si ya supiera mi secreto. Órale, pensé, este morro está cañón. Me sonrió, esa sonrisa pícara con dientes perfectos, y se acercó al bar. "Qué onda, morra, ¿me invitas a un trago o qué?", dijo con voz grave, ronca como el sonido de un bajo en reggaetón.

Nos pusimos a platicar. Hablaba de su chamba en una agencia de diseño, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo le gustaba el pozole de su jefa. Su risa era contagiosa, vibraba en mi pecho. Bailamos pegaditos cuando sonó "Despacito". Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, enviaban chispas por mi espina. Sentí su aliento cálido en mi cuello, olía a mentitas y a hombre, ese aroma terroso que me hacía mojada de solo imaginarlo. Pero algo en mí se resistía.

But I try, I try
, repetí en mi cabeza como un mantra gringo que me había quedado de una serie que vi, intentando no caer tan rápido. Neta, Ana, contrólate, no seas fácil.

La música subía de volumen, cuerpos sudados rozándose, el piso pegajoso de derrames de chela. Diego me jaló más cerca, su pecho duro contra mis tetas. "Estás rica, ¿sabes?", murmuró, su mano bajando un poquito a mi nalga. El calor de su palma me quemaba a través del vestido. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, rápido, desbocado. Quería empujarlo, pero en cambio me pegué más, sintiendo su verga endureciéndose contra mi muslo. Qué chido se siente. Pero intenté alejarme un segundo, fingiendo buscar mi drink. Él rio bajito. "No huyas, preciosa. Neta me prendes."

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche rozando mi piel arrepiada. Su departamento estaba a dos cuadras, en un edificio chido con vista al Parque México. Subimos en el elevador, solos, y ahí no pude más. Lo besé primero, mis labios devorando los suyos, lengua danzando con sabor a limón y sal. Sus manos everywhere, apretando mis nalgas, subiendo mi vestido. Puta madre, qué beso. Llegamos al depa, luces tenues, olor a sándalo de un difusor. Me aventó suave contra la pared, besándome el cuello mientras sus dedos jugaban con mis pezones endurecidos bajo el bra.

But I try, I try... no, ya valió
, pensé, riendo por dentro mientras le quitaba la camisa. Su piel morena, músculos definidos por gym, tatuajes de águilas y calaveras mexicanas. Lo empujé al sofá, me senté a horcajadas, frotándome contra su bulto. "Quítamelo todo, pendejo", le dije juguetona, usando ese tono mandón que me encanta. Él obedeció, rasgando mi tanga con un dedo, exponiendo mi panocha empapada. El aire fresco la hizo palpitar, y él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. Gemí fuerte, ¡ay, wey!, el sonido ecoando en la habitación. Olía a mi excitación, dulce y salada, mezclada con su sudor.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Yo lo masturbo a través del bóxer, sintiendo su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. "Estás enorme, cabrón", susurré, lamiéndole el lóbulo de la oreja. Él gruñó, un sonido animal que me vibró en el vientre. Me volteó, de rodillas en el sofá, y me comió como experto. Su lengua plana lamiendo mi clítoris, chupando suave luego fuerte, dedos entrando y saliendo con slurp húmedo. Mis muslos temblaban, jugos corriéndome por las piernas. Qué rico, no pares. Intenté aguantar, apretando las nalgas, pero las olas de placer me ahogaban. "¡Me vengo, Diego, no mames!", grité, explotando en su boca, el cuerpo convulsionando, visión borrosa de estrellas.

Pero no paró. Me levantó como pluma, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suavecitas. Me puso boca arriba, abriéndome las piernas anchas. Su verga, libre ahora, apuntándome como cañón: veinte centímetros de puro placer, cabeza rosada brillando de pre-semen. Se puso condón rápido, chido, responsable, y rozó mi entrada. "Dime si quieres, morra", dijo, ojos fijos en los míos, respetuoso. "¡Sí, métemela toda, hazme tuya!", rogué, arqueando la espalda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor-placer me hizo arañarle la espalda, oliendo su piel salada. Lleno por completo, empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo hondo. Cada thrust hacía plaf de piel contra piel, mis tetas rebotando, pezones rozando su pecho velludo. Aceleró, mis gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Más duro, cabrón! ¡Fóllame como puta!". Sudor goteando de su frente a mi boca, salado y adictivo. Sentía cada vena de su verga masajeando mis paredes, su pubis moliendo mi clítoris.

La intensidad subía, como cumbia en fiesta patronal. Cambiamos: yo arriba, cabalgándolo como amazona, manos en su pecho, uñas clavadas. Sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón. ¡Virgen de Guadalupe, qué feeling!. Rotamos a perrito, él jalándome el pelo suave, azotando mi culo con palmadas que ardían rico. "Estás apretada, Ana, me vas a ordeñar", jadeó. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. El cuarto apestaba a sexo crudo, gemidos y ay ay ays mezclados con el zumbido del aire acondicionado.

Pero ya no intento, ya me rindo... I try no more
, pensé fugaz, perdida en el éxtasis.

El clímax nos golpeó juntos. Él se hinchó dentro, gruñendo "¡Me vengo!", y yo exploté segunda vez, panocha contrayéndose como puño, chorros de squirt mojando las sábanas. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos acelerados latiendo al unísono. Su verga aún twitchando dentro, semen caliente en el condón. Besos lentos ahora, lenguas perezosas, sabor a nosotros mismos.

Después, en la afterglow, recostados con la ventana abierta dejando entrar brisa nocturna y ladridos lejanos de perros callejeros, fumamos un cigarro compartido –el vicio post-sexo–. "Neta fue chingón, Ana", dijo acariciándome el pelo. Yo sonreí, sintiéndome poderosa, mujer plena. Al diablo los intentos de resistir. Mañana quién sabe, pero esta noche fui suya y me sentí reina. El sol empezaba a asomarse, tiñendo el cielo de rosa, prometiendo más aventuras en esta pinche ciudad que nunca duerme.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.