La Armonía Prohibida de Tríada Grupo Musical
El escenario aún vibraba con el eco de los aplausos cuando bajamos del templete en ese antro de la Condesa, todo lleno de luces neón y olor a tequila y sudor fresco. Yo, Ana, la voz principal de Tríada grupo musical, sentía el pulso acelerado, como si el ritmo de nuestra última rola todavía me corriera por las venas. Lupe, la bajista con esas curvas que volvían locos a los fans, y Carla, la baterista de ojos fieros y brazos tatuados, nos seguían de cerca, riendo y sudadas bajo las playeras pegadas al cuerpo.
Neta, qué noche chida, pensé mientras entrábamos al camerino improvisado, un cuartito atrás del bar con espejos empañados y un sofá viejo que olía a cigarro y perfume barato. El aire estaba cargado, espeso, con ese aroma a piel caliente y adrenalina que siempre nos deja después de tocar. Lupe se dejó caer en el sofá, abanicándose con la mano, su escote brillando de sudor.
"Órale, Ana, hoy la armamos en grande. Sentí al público comiéndonos con los ojos", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.
Carla, siempre la más directa, se quitó la playera de un jalón, quedando en bra deportivo negro que apenas contenía sus tetas firmes. Pinche Carla, siempre tan sin pelos en la lengua, me dije, mientras yo me sacaba la chamarra de cuero, sintiendo el fresco del ventilador en mi espalda húmeda. Habíamos formado Tríada grupo musical hace dos años, tres morras de la CDMX soñando con romperla en la escena indie, pero últimamente las miradas entre nosotras se habían vuelto... intensas. Como si la música nos uniera más allá de las notas.
Empecé a masajearme los hombros, tensos del microfono todo el show. Lupe se levantó y se acercó por detrás, sus manos cálidas y suaves aterrizando en mi cuello.
"Déjame ayudarte, carnala. Estás dura como piedra". Su aliento olía a chicle de fresa y un toque de ron, y el roce de sus dedos me mandó un escalofrío directo al estómago. Carla nos vio y sonrió pícara, sacando unas chelas del refri portátil. Esto se va a poner bueno, pensé, mientras el deseo empezaba a bullir bajito, como el bajo de Lupe en nuestra rola más ardiente.
El masaje de Lupe se volvió lento, sus pulgares presionando nudos que se deshacían en gemidos suaves míos. Su cuerpo se pegó al mío, sus tetas rozando mi espalda, y olía a vainilla y sudor dulce. Carla se acercó con las cervezas, entregándome una fría que chifló contra mis labios sedientos.
"Brindemos por Tríada, el grupo que hace vibrar cuerpos", dijo, y su mirada se clavó en mis labios húmedos. Bebí un trago largo, el líquido helado bajando por mi garganta, contrastando con el calor que subía entre mis piernas.
La tensión creció como un solo de guitarra extendido. Lupe deslizó las manos por mis brazos, bajando hasta mi cintura, y yo giré la cabeza para rozar sus labios con los míos. Fue un beso tentativo al principio, suave como el inicio de una balada, pero pronto sus lenguas se enredaron, saboreando cerveza y deseo. Carla dejó su chela y se unió, su boca reclamando mi cuello, mordisqueando suave mientras sus manos subían por mis muslos. Qué rico se siente esto, neta, como si la música nos poseyera.
Nos movimos al sofá en un enredo de cuerpos, quitándonos la ropa con urgencia juguetona. Mi playera voló, mis tetas libres saltando al aire fresco, pezones endurecidos por el roce. Lupe se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento mientras Carla me devoraba la boca, su lengua danzando como un redoble frenético. Olía a su perfume ahumado mezclado con el almizcle de nuestra excitación, ese olor terroso y dulce que inunda el aire cuando las pendejas como nosotras se sueltan.
El medio acto se encendió. Lupe separó mis piernas, sus dedos trazando la tela de mis calzones ya empapados.
"Estás chorreando, Ana. Pinche mojada deliciosa", murmuró, y su aliento caliente sobre mi clítoris me hizo arquear la espalda. Carla se quitó todo, su cuerpo atlético brillando, y se sentó a horcajadas en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo lamí despacio, saboreando su salinidad dulce, como mango maduro con un toque salado del sudor del concierto. Ella gimió, un sonido gutural que vibró en mi pecho, mientras sus caderas se movían al ritmo de nuestra canción estrella.
Mis manos exploraban a Lupe, bajista curvilínea con nalgas redondas que apreté fuerte, sintiendo su carne suave ceder bajo mis uñas. Ella metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, jadeos entrecortados, el ventilador zumbando de fondo como un platillo lejano. No puedo más, esto es puro fuego, pensé mientras mi lengua se hundía más en Carla, chupando su clítoris hinchado, haciendo que sus muslos temblaran contra mis mejillas.
Cambiaron posiciones, un trío perfecto como nuestras armonías vocales. Carla se acostó, yo encima en 69, devorándonos mutuamente mientras Lupe nos lamía a las dos, su lengua alternando entre nuestros coños goteantes. Sentí sus dedos en mi culo, presionando suave, y grité de placer cuando entró uno lubricado con mi propio jugo. El olor era intenso: sexo puro, sudor, un leve almizcle de piel morena. Mis pulsos latían en las sienes, el corazón retumbando como el bombo de Carla.
La intensidad subió, gemidos convirtiéndose en gritos ahogados.
"¡Sí, Lupe, más duro, cabrona!", le pedí, y ella obedeció, follándome con la lengua y dedos en tándem. Carla se corrió primero, su coño contrayéndose contra mi boca, inundándome de su squirt salado que tragué ansiosa. Eso me empujó al borde, mi orgasmo explotando en oleadas, piernas temblando, visión nublada por el placer cegador. Lupe no paró, lamiendo hasta que yo chillé, y luego Carla y yo la volteamos para darle lo suyo.
La pusimos en el centro, nosotras dos atacándola como groupies enloquecidas. Yo chupé sus tetas grandes, mordiendo pezones oscuros que se endurecían en mi boca como caramelos duros, mientras Carla le comía el coño con avidez, dedos tres adentro sacando chorros. Lupe se retorcía,
"¡Pinches diosas, me van a matar de gusto!", gritaba, su voz rompiéndose en un orgasmo que la dejó jadeante, cuerpo convulsionando entre nosotras.
El final fue puro afterglow. Nos derrumbamos en el sofá, enredadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones calmándose lento. El aire olía a sexo satisfecho, dulce y pesado, con el eco distante de la música del antro filtrándose por la puerta. Acaricié el cabello de Lupe, besé el hombro de Carla, sintiendo sus pulsos aún rápidos contra mi piel.
Esto es Tríada, más que un grupo musical, pensé, una conexión que trasciende el escenario. Mañana tocaríamos en Guadalajara, pero esta noche nos habíamos compuesto una sinfonía propia, de gemidos y toques que nadie olvidaría. Lupe murmuró
"Neta, qué chingón. Somos imparables", y nos reímos bajito, saboreando el regusto salado en los labios, el cuerpo lánguido y pleno. El deseo se había liberado, dejando solo paz y un anhelo sutil por la próxima tocada... y lo que vendría después.