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Seducida por los Acordes del Tri

6050 palabras

Seducida por los Acordes del Tri

La noche en la terraza del rooftop en Polanco olía a mezcal ahumado y jazmines frescos. El viento jugaba con mi falda ligera, rozando mis muslos como una caricia prometedora. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, buscando desconectar con unas copas y buena música. La ciudad brillaba abajo, un mar de luces que hipnotizaba, pero lo que realmente me atrapó fue el sonido de una guitarra acústica flotando en el aire.

Me acerqué al rincón donde un tipo alto, de cabello revuelto y barba de tres días, rasgueaba con maestría. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, sacando acordes del Tri que me erizaron la piel. Era "Triste canción de amor", pero en su versión cruda, como si Alex Lora estuviera ahí mismo, gritando verdades al oído. El pulso de la guitarra vibraba en mi pecho, bajando hasta mi vientre, despertando un calor que no esperaba.

¿Qué chingados me pasa? Solo es un pinche músico en una fiesta. Pero joder, esos acordes... me hacen sentir viva, deseada.

Él levantó la vista, ojos cafés intensos que me clavaron en el sitio. Sonrió de lado, pendejo pero chido, y siguió tocando sin perder el ritmo. Me serví un trago y me quedé ahí, hipnotizada por el movimiento de sus manos. Sudor brillaba en su frente bajo las luces tenues, y el aroma de su colonia mezclada con el humo de su cigarro me llegó como una invitación.

—Qué buena onda esa rola —le dije, acercándome cuando terminó el acorde final.

—Gracias, carnala. ¿Fan del Tri? —Su voz era ronca, como gravel de tequila.

Charlamos un rato. Se llamaba Marco, tocaba en bares de la Condesa, y los acordes del Tri eran su vicio. "Me prenden el alma", dijo, y yo sentí que me prendían algo más. La tensión crecía con cada risa, cada roce accidental de brazos. El mezcal aflojaba mis inhibiciones, y su mirada bajaba a mis labios, a mi escote, sin disimulo pero con respeto.

La fiesta avanzaba, cuerpos bailando al ritmo de cumbia rebajada, pero nosotros éramos un mundo aparte. Me invitó a sentarme a su lado en una banca apartada. Tomó la guitarra de nuevo, y mientras rasgueaba "Piedras contra el vidrio", su rodilla tocó la mía. Calor. Electricidad. Mi piel se erizó, pezones endureciéndose bajo la blusa delgada.

No pares, cabrón. Toca más cerca.

Acto seguido, la música se coló en mi sangre. Sus dedos, callosos por las cuerdas, rozaron mi mano al cambiar un acorde. No fue casual. Lo miré, y él dejó la guitarra a un lado. Nuestras bocas se encontraron en un beso lento, saboreando mezcal y deseo. Lenguas danzando como acordes prohibidos, manos explorando espaldas, cinturas. El mundo se desvaneció; solo existía el latido de su corazón contra mi pecho.

—Ven conmigo —susurró, jalándome hacia el elevador privado.

En su depa en la Roma, todo era minimalista: madera oscura, posters de rock mexicano en las paredes. Olía a incienso y café recién hecho. Me sirvió un shot de reposado, y nos besamos de pie en la sala, ropa cayendo como notas sueltas. Su camisa al piso, revelando torso marcado por horas de guitarra y gimnasio. Yo desabotoné mi blusa, dejando que mis senos libres lo tentaran.

Nos movimos al sofá, él encima, besando mi cuello. Mordiscos suaves que me arrancaron gemidos. Qué rico, pinche hombre. Sabe lo que hace. Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola, dedos trazando mis bragas húmedas. Yo arqueé la espalda, sintiendo su verga dura presionando mi muslo. Dura como las cuerdas que tocaba.

—Quiero sentirte —le dije, voz temblorosa de anticipación.

Me quitó las bragas con delicadeza, inhalando mi aroma. Mujer en celo, pensé, excitada por su hambre. Su lengua exploró mi concha, lamiendo clítoris con la misma precisión de un solo de guitarra. Gemí fuerte, uñas en su cabello, caderas moviéndose al ritmo que él marcaba. Jugos míos en su boca, salados y dulces. El placer subía como un crescendo, acordes del Tri resonando en mi mente: "¡Abriendo las puertas del corazón!"

Lo jalé arriba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero. Él gruñó, ojos cerrados. La chupé despacio, saboreando su esencia salada, lengua girando en la cabeza. Marco jadeaba, manos en mis senos, pellizcando pezones.

—No aguanto más, Ana. Te necesito adentro.

Me recostó en el sofá, piernas abiertas. Entró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Chingado, qué grande! Me parte en dos de placer. Nuestros cuerpos se unieron en un vaivén hipnótico, piel contra piel sudorosa. Sonidos de carne chocando, gemidos entrecortados, olores de sexo crudo: sudor, fluidos, deseo puro.

Él aceleró, embistiéndome profundo, mis paredes apretándolo. Tocó mi clítoris mientras follaba, y el orgasmo me explotó como un riff salvaje. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, jugos empapando el sofá. Marco siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes pintando mi interior.

Colapsamos, jadeantes, abrazados. Su semen goteaba de mí, cálido recordatorio. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Afuera, la ciudad susurraba, pero dentro, paz.

—Eres increíble —dijo, trazando círculos en mi vientre.

—Tus acordes del Tri me sedujeron primero —reí, besándolo.

Nos quedamos así, hablando de música, de la vida en la CDMX, de sueños locos. Él tomó la guitarra de nuevo, desnudo, tocando suave "Todo me sale mal" con un twist erótico. Yo lo miré, sintiendo renacer el fuego, pero esta vez, lento, saboreando el afterglow.

Al amanecer, con su cabeza en mi pecho, pensé: Los acordes del Tri no solo prenden el alma, también el cuerpo. Y qué chido prende. Me fui con una sonrisa, piernas flojas, prometiendo volver por más rolas... y más él.

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