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El Encuentro Di Tri

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El Encuentro Di Tri

La noche en Playa del Carmen estaba cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como una promesa. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas en la playa y el dulce aroma de las flores tropicales que rodeaban la villa de mi carnala Lupe. Tenía veintiocho años, soltera después de un desmadre con mi ex, y Lupe me había arrastrado a esta fiesta privada de puros cuates adinerados. Órale, Ana, relájate y déjate llevar, me dijo mientras me pasaba un shot de tequila reposado. El líquido quemaba la garganta, despertando un cosquilleo en mi vientre que no era solo del alcohol.

La música reggaetón retumbaba, cuerpos moviéndose al ritmo bajo las luces tenues de las guirnaldas. Bailaba sola al principio, sintiendo el sudor perlar mi escote en ese vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa. Entonces los vi: Di y Tri. Di era un moreno alto, de hombros anchos y brazos tatuados que brillaban con aceite bajo las luces, sonrisa pícara que prometía pecados. Tri, su pareja, una morena chaparrita con curvas de infarto, tetas firmes apretadas en un top negro y caderas que se meneaban como si el mundo fuera suyo. Estaban bailando pegaditos, sus manos explorando sin pudor, y de pronto sus ojos se clavaron en mí.

Neta, ¿qué pedo? Me están comiendo con la mirada. Mi concha ya palpita nomás de verlos.

Di se acercó primero, con un trago en la mano. Qué chula, ¿bailamos? dijo con voz grave, ese acento norteño que me eriza la piel. Tri vino detrás, rozando mi brazo con sus uñas pintadas de rojo. Simón, únete al di tri, mami, susurró ella, y el término di tri sonó como un código secreto, como si prometiera un juego prohibido pero chido. Acepté, el tequila me soltó las riendas. Bailamos los tres, sus cuerpos presionando el mío. Sentía el bulto duro de Di contra mi nalga, el calor de los pechos de Tri en mi espalda. Sus manos: ásperas las de él en mi cintura, suaves las de ella subiendo por mi muslo. El olor de su colonia mezclada con sudor me mareaba, y el sabor salado de sus cuellos cuando los besé de casualidad.

La tensión crecía con cada roce. Di me mordisqueó la oreja, Me late tu vibra, Ana. ¿Quieres más? Tri rio bajito, su aliento caliente en mi cuello. Ven con nosotros, no muerde... mucho. Mi cabeza daba vueltas: Soy una fresa de ciudad, pero neta, los deseo. ¿Y si es el mejor desmadre de mi vida? Subimos a una habitación en la parte alta de la villa, el sonido de las olas rompiendo abajo como un latido compartido. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros tres.

Adentro, el aire era más espeso, olía a sábanas frescas y a ese aroma almizclado de excitación que ya flotaba. Tri me besó primero, sus labios carnosos saboreando a tequila y menta, lengua juguetona que me robó el aliento. Di nos miraba, desabotonándose la camisa despacio, revelando un pecho velludo y definido. Quítate el vestido, preciosa, ordenó con esa voz que vibraba en mi clítoris. Obedecí, temblando de anticipación, mis pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

Chingado, sus ojos me desnudan más que sus manos. Mi panocha está empapada, lista para ellos.

Tri se arrodilló, besando mi ombligo mientras bajaba mis calzones de encaje. Su lengua trazó un camino ardiente hasta mi entrepierna, lamiendo despacio, saboreando mis jugos. Qué rica estás, nena. Tan dulce y salada, murmuró, y el sonido húmedo de su boca chupando mi clítoris me hizo gemir alto. Di se acercó, su verga ya libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, piel caliente y suave sobre el acero duro. La masturbé lento, oliendo su esencia masculina, ese olor terroso que me volvía loca. Él gruñó, Ay wey, qué buena mano tienes, y me besó con furia, su barba raspando mi barbilla.

La intensidad subía como la marea. Me tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio rozando mi espalda desnuda. Tri se quitó la ropa, sus chichis rebotando libres, pezones oscuros erectos. Se montó en mi cara, su concha depilada goteando sobre mi boca. La lamí con ganas, saboreando su néctar ácido y dulce, mientras ella se mecía gimiendo ¡Sí, así, cabrona! Lame mi cuca. Di se posicionó entre mis piernas, frotando la cabeza de su pollón contra mi entrada resbalosa. ¿Lista para el di tri completo? preguntó, y asentí, arqueando la cadera.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer me hizo jadear contra la panocha de Tri. Sentía cada vena pulsando dentro, su pelvis chocando contra mi clítoris con cada embestida. El sonido era obsceno: carne contra carne, chapoteos húmedos, nuestros gemidos mezclándose con el rugido del mar. Tri se corrió primero, temblando sobre mi lengua, inundándome con su squirt salado. ¡Me vengo, pinche diosa! gritó, y eso me empujó al borde.

Di aceleró, sus bolas golpeando mi culo, sudor goteando de su frente a mi pecho. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Tri debajo lamiendo mis tetas, Di follándome por atrás como un animal. Sus manos en mis caderas, marcándome, me hacen sentir viva, poderosa. El clímax me golpeó como un tsunami, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Di rugió, llenándome con su leche caliente, pulso tras pulso, mientras Tri nos besaba a ambos, su lengua uniendo nuestros sabores.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el cuarto oliendo a sexo puro: semen, jugos, sudor. Respirábamos agitados, el corazón latiendo al unísono. Di me acarició el pelo, Fue chingón, ¿verdad? El mejor di tri. Tri rio, acurrucándose en mi otro lado, su piel suave contra la mía. Vuelve cuando quieras, chula. Esto apenas empieza.

Neta, nunca imaginé que un encuentro así me cambiaría. Me siento empoderada, deseada, completa. Mañana, ¿quién sabe? Pero esta noche, soy suya... suyos.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa y el mar susurrando promesas. Bajamos a la playa, desnudos bajo las toallas, compartiendo un cigarro y risas. No hubo promesas, solo esa conexión cruda y honesta. Me fui con el cuerpo dolorido pero el alma en llamas, sabiendo que el di tri había despertado algo salvaje en mí. Y qué padre se siente.

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